Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

“¿Hasta cuándo llegará el día en que se aprecie más al hombre que enseña que al hombre que mata?” Melchor Ocampo.
Fragmentos del discurso que José Vasconcelos pronunció el 15 de mayo de 1923: “En este día del maestro, que es una de las fiestas más puras del calendario oficial, dediquemos un recuerdo de afecto a todos los que, en cualquier época y cualquiera que sea su sangre y origen, hayan dejado una huella benéfica, una obra, un servicio, en este suelo desventurado. Levantaremos así el ánimo público a la contemplación de los valores auténticos, y haremos de la escuela un refugio ideal de la verdad y del bien. Que la escuela deseche las falsas etiquetas de la política militante. Nada importa titularse liberal o conservador, radical o bolchevique; lo que interesa es distinguir al que sabe del que no sabe, al que edifica del que derrumba, al que crea del que destruye. Lo que importa es condenar a los que no hacen y nada intentan. No hacer es ya un principio de destrucción, si se considera que no hay obra humana que no requiera ser conservada con empeño para que se renueve y perdure. La Historia olvida las palabras, pero atiende a la magia de las obras. En esto pienso cuando recorro pueblos de México y veo a hombres construyendo; los cuales ocuparán mejor sitio en la Historia que aquellos que sólo saben ufanarse de revolucionarios. De tanto mirarla prostituida, he llegado a rebelarme contra el nombre de la revolución. Revolucionario debería llamarse el que no se conforma con la lentitud del progreso y lo apresura; el que construye mejor y más de prisa; el que trabaja más bien y con más empeño; el que inventa y crea y se adelanta al destino. Revolucionario es el que sueña y realiza; el que levanta una torre más alta que todas las que había en su pueblo; el que formula una teoría social más generosa que todas las demás anteriores y dedica su vida a lograrla; el que con su obra aumenta el bienestar de las gentes. . . Revolucionarios son los que implantaron entre nosotros la libertad de pensamiento y desamortizaron los bienes de manos muertas; los que introdujeron la máquina de vapor y los ferrocarriles. Los grandes ingenios, los grandes organizadores de gobiernos y de pueblos, esos merecen titularse revolucionarios. Los que nomás destruyen, no pasan de bandoleros. Los que no hacen ni deshacen son sólo ineptos. . . La revolución no es campo de matanza, sino sementera germinadora y abundancia conquistada con el trabajo, y la energía. La revolución es libertad, pese a los que siempre andan en busca de un tirano a quien cantar loas. La revolución pueden prepararla determinadas leyes que reglamentan la riqueza o la organización del trabajo; pero sólo los maestros pueden consumarla, infundiendo en los espíritus la noción clara de los principios, sin alianzas con personalismos, sin transacciones de conveniencia personal, que los corrompen. Sólo los maestros pueden crear esta generación salvadora, esta generación realmente revolucionaria, que ya no va a endiosar a los hombres, sino a exigir que se cumplan las leyes; que ya no jure lealtad a los caudillos, sino lealtad a los principios, aun cuando por guardarlos se tenga que reñir con todos los hombres. Lealtad al deber, no a los hombres, eso es lo que yo grabaría en la puerta de cada escuela mexicana. Alianza con la justicia por encima de los partidos y por encima de las conveniencias. Pero, ¿cómo emprender esta cruzada de la redención moral de todo un pueblo? Yo sólo sé que el milagro del espíritu no reconoce límites. Haced de la educación una cruzada y un misticismo; sin fe en lo trascendental no se realiza obra alguna que merezca el recuerdo. . . Algo hay en el ambiente nacional y en la conciencia de los maestros mismos, una especie de analogía a los instantes de amargura en que el alma de Quetzalcóatl mira que su obra se pierde en los ríos de sangre y desilusionado se ausenta. Hoy la conciencia colectiva sabrá inspirarse en Quetzalcóatl, cuya alma se multiplica en cada uno de los maestros. ¡Quetzalcóatl el príncipe de la civilización, el dios constructor, triunfará sobre la violencia y el mal! ¡Triunfará hoy o mañana, pero es el maestro quien tiene en sus manos la bandera inmortal!”