Nuevamente dedico esto a mi esposa Lucila, sin cuyos cuidados, generosidad y amor sin límites, yo no podría disfrutar de la lectura.

 

Luis Muñoz Fernández.

 

Los críticos religiosos alzaron la mano horrorizados. Todo eso sólo era una licencia para la perversión y el libertinaje. Sin la ley de Dios no había bondad en el mundo; sin la razón divina no había razón de existir. Pero los radicales de la Ilustración tenían una respuesta clara a esas acusaciones. Su moral no era una moral de orgías salvajes, de codicia sin freno e indulgencia irresponsable, sino una sociedad basada en el respeto mutuo, sin amos ni esclavos, sin opresores ni oprimidos…

…En esa visión no había lugar para la aristocracia, para el derecho de nacimiento o para la jerarquía social. En la Francia del Antiguo Régimen -una monarquía absoluta-, esas ideas equivalían a traición, pero también consiguieron atraer al salón de D’Holbach a un nutrido grupo de personas valientes y excepcionales.

Y esa visión no ha perdido, ni tan siquiera hoy, un ápice de su atractivo y de su poder de persuasión.

Philipp Blom. Gente peligrosa. El radicalismo olvidado de la Ilustración europea, 2012.

La frase del título me parece extraordinaria, por condensar en apenas tres palabras una actitud que puede observarse con cierta frecuencia. La encontré en la última novela de Arturo Pérez-Reverte, Hombres buenos (Alfaguara, 2015), a cuya lectura inicial le dediqué algunas líneas hace tres semanas (Mesa de autopsias. Ayer como hoy).

Como se recordará, la novela trata de la misión de dos miembros de la Real Academia Española, don Hermógenes Molina y don Pedro Zárate, que a finales del siglo XVIII y poco antes de la Revolución Francesa, fueron enviados a París para adquirir y llevar a España los 28 volúmenes de la primera edición de la famosa Encyclopédie de D’Alembert y Diderot:

… la obra emblemática de la Ilustración, cuyo contenido era considerado sumamente peligroso por la Iglesia Católica de la época, que había prohibido su lectura en varios países de Europa y muy particularmente España, donde el dominio eclesiástico sobre las conciencias era prácticamente absoluto y el desacato a sus dogmas y dictados entrañaba graves riesgos, incluso la muerte.

Cuando escribí esas líneas había leído las 160 primeras páginas de la novela de Pérez-Reverte y al final, tras una pregunta a medio responder (¿Lograrán don Hermógenes Molina y don Pedro Zárate introducir subrepticiamente en España la Encyclopédie?), dejaba abierta la posibilidad de retomar el tema de la novela una vez terminada su lectura. En esas me encuentro.

Volviendo a la frase “desprecian cuanto ignora” que puse como título, en la novela la pronuncia el Abate Bringas, un personaje ficticio inspirado en el Abate Marchena, que asiste a los académicos en su misión. Cuando éstos le preguntan su opinión sobre el pueblo español, Bringas responde lo siguiente:

-¿El español?… De ése no me hable. Envuelto en su capa y sus quimeras, despreciando cuanto ignora (las negritas son mías), que es casi todo, duerme la siesta bajo la sombra de cualquier árbol, esperando que la Providencia le procure sustento y le saque de apuros.

La descarnada descripción de aquel pueblo español que hace el Abate Bringas no corresponde al actual, sin embargo, esa actitud la seguimos encontrando hoy aquí y allá. El desprecio por lo que se ignora, en especial si por soberbia y falta de curiosidad se ignora mucho, no es algo raro en nuestro medio.

Aquí es necesario señalar que la ignorancia es una carencia en muchos casos justificada -la pobreza, por ejemplo, o un sistema educativo harto deficiente, como nos es de sobra conocido-, pero es imperdonable entre aquellos que, pudiendo haberse cultivado con el estudio al disponer de medios económicos suficientes, no lo hicieron por pereza, confiando vivir de la fortuna de unos antepasados que tal vez la reunieron con esfuerzo y honradez.

Los dos académicos tienen la oportunidad de conocer y tratar en París a personajes notabilísimos, hombres cultos de ideas avanzadas -incluso hoy- en el momento crepuscular del Antiguo Régimen, poco antes de que se abran las puertas del infierno y empiece la Revolución Francesa. En la tertulia de Madame Dancenis, por ejemplo, pudieron conversar con Georges Louis Leclerc, conde de Buffon (1707-1788), afamado naturalista, botánico, cosmólogo y escritor, autor de la Historia Natural.

En un momento de aquella reunión, el dueño de la casa, el señor Dancenis, invita a los académicos españoles a conocer su espléndida biblioteca. Don Pedro Zárate, hojeando con admiración algunos de los libros de su anfitrión, le dice lo siguiente:

-Es usted un bibliófilo admirable.

-El término es excesivo -protestó Dancenis-. Sólo soy de los que procuran amueblarse el mundo con libros… Una biblioteca no es algo por leer, sino una compañía -dijo, tras dar unos pasos más-. Un remedio y un consuelo (las negritas vuelven a ser mías).

La novela contiene una mezcla equilibrada de situaciones, incluso escenas románticas. Hay también momentos de acción y peligro, como el duelo con espadas entre Don Pedro Zárate y el señor Coëtlegon, el amante de Madame Dancenis. Además, está Pascual Raposo, un sicario contratado por Manuel Higueruela y Justo Sánchez Terrón, dos compañeros académicos de los protagonistas que quieren impedir a toda costa y por opuestas razones que la Encyclopédie llegue a España. Raposo (zorro, hombre taimado y astuto, dice el Diccionario de la Real Academia), es un antiguo soldado de caballería que lleva sobre su conciencia numerosos crímenes y hechos deshonrosos en su carrera militar.

Vuelvo a la pregunta que planteé al final de mi escrito anterior: ¿Lograrán don Hermógenes Molina y don Pedro Zárate introducir subrepticiamente en España la Encyclopédie? Y la respuesta, ya adelantada entonces, es que sí. Esos 28 volúmenes llegaron a bien a su destino y siguen allí, en la biblioteca de la Real Academia Española. En la novela, la escena en donde los académicos asisten a la presentación de la Encyclopédie en el Salón de Plenos es magnífica, hasta emocionante. El tomo primero está abierto, lo que permite leer a los miembros de la Real Academia parte del Discurso Preliminar:

Son los hombres inspirados los que iluminan al pueblo, y los fanáticos quienes lo extravían. Pero el freno que debe oponerse a los excesos de estos últimos no debe, en absoluto, coartar la libertad tan necesaria a la verdadera Filosofía.

Salvadas las distancias del tiempo y del espacio, Hombres buenos contiene muchos conceptos que no han pasado de moda. La lucha entre la razón y el fanatismo, entre la libertad y la esclavitud, entre el inmovilismo y el progreso, sigue vigente y ocurre en muchos frentes. En la novela son dos hombres mayores, casi ancianos para los estándares de la época, quienes empuñan la antorcha de la libertad y el progreso. De esos quisiéramos ver muchos por aquí. Sin embargo, tal parece que estamos condenados a padecer el imperio de mentes escleróticas, codiciosas, incapaces ya de imaginar el mundo nuevo cuya llegada tanto nos importa e ilusiona.

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