Por Daniel Amézquita

Hace 166 años se celebró la primera Exposición Universal en Londres (1851), también se les conoce como Ferias Mundiales, fue en 1878 que tuvieron repercusión como una de las muestras de ciencia, artes, tecnología y arquitectura vanguardista, cuyo valor histórico es invaluable y su legado cambió radicalmente el mundo y a las sociedades.

Estas exposiciones que alentaron el progreso tanto científico como humanístico, también dieron cuenta de innumerables avances y personajes ilustres, figuraba el prestigio del país anfitrión y de los invitados como una muestra del impulso de las naciones para participar en los eventos históricos que estaban sucediendo en aquellos momentos. Corría la era industrial y permeaba la esperanza de que la humanidad alcanzara la prosperidad que utópicamente representaba esta revolución económica.

En 1878 Francia se está recuperando de una desastrosa guerra contra Alemania y una forma de expresar ese renacimiento fue invitando a realizar una exposición en la que participaran múltiples naciones y cuyo lema era “Agricultura, artes e industria”, y así demostrar que su derrota bélica no había afectado a la enorme nación de las ideas y su recién inaugurada Tercera República, por aquel entonces París era la capital del mundo y se avocó a realizar el mayor evento expositor que se había visto jamás. Era el tiempo en que México entraba en la modernidad con las políticas de Porfirio Díaz, una década atrás fue fusilado el Emperador Maximiliano y derrocado así el Segundo Imperio Mexicano; Estados Unidos de América se encontraba en el fracaso de la llamada Reconstrucción que pretendía integrar social, política y económicamente a las poblaciones afrodescendientes después de la salvaje Guerra Civil; en ese momento Rusia está en guerra con Turquía y libera a los Balcanes del Imperio Turco-Otomano; en China la sequía propició uno de los cambios climáticos más grandes desde la Era del Hielo; y en el lejano Japón se exterminaban a los últimos samuráis.

Bajo este contexto se celebró la Exposición Universal de 1878 en París, en el Campo Marte, dentro de este complejo se construyó el Palacio de Trocadero para albergar la sección de las artes, también había una ejemplificación de la arquitectura de las ciudades más famosas de Europa y una Galería de la Maquinaria que exhibía los avances tecnológicos en boga: la máquina de helado, el generador de electricidad solar, la máquina de escribir, el gramófono y una versión del teléfono de Graham Bell llevada por Thomas Alva Edison; algunas avenidas de París fueron iluminadas por primera vez con las velas eléctricas de Pável Yáblochkov, cabe destacar que se exponía la cabeza de la Estatua de la Libertad que más tarde sería regalada por Francia a Estados Unidos para conmemorar el centenario de su independencia, que el célebre escritor Víctor Hugo abogó por los derechos de propiedad intelectual y se instauró el Braille como método escrito táctil para personas con discapacidad audiovisual. Quizás una de las propuestas más deleznables y sujetas a crítica dentro de esta exposición fue un zoológico humano con cientos de nativos de diferentes partes del mundo con el fin prepotente de demostrar la supremacía racial blanca.

Posteriormente se realizaron dos exposiciones o ferias mundiales, en Melbourne (1880) y Barcelona (1888), respectivamente, hasta que en 1889 regresó a París para celebrar el centenario de la Revolución Francesa. A este evento se le considera el momento cultural y artístico definitivo del siglo XIX, donde el crecimiento agigantado de la industria y los procesos tecno-científicos le dotaron de un renombre, inusitado en otras versiones anteriores de la Exposición Universal. Era el año en que nacía Gabriela Mistral, Charles Chaplin, Adolf Hitler y Martin Heidegger. El poderío francés tuvo dos expresiones, la humanística y la bélica, representados por un lado en la educación y los derechos de los trabajadores y, por el otro, en la fuerza militar y económica de las colonias, en África: Marruecos, Túnez y Madagascar; en Asia: Indochina; en América: las islas caribeñas de Martinica y Guadalupe, entre otras. La ambientación en las instalaciones de la feria mundial estaba soportada en infraestructura de acero, que en esos momentos estaba constituyendo un avance en la arquitectura europea, para prueba de ello se inauguró uno de los monumentos más representativos de todos los tiempos: la Torre Eiffel. En el Palacio de las Máquinas se exponían nuevos inventos como los contadores de tabulador, que más adelante constituirían el principio de las computadoras; la maquinaria hidráulica, el elevador y el fonógrafo. Cabe destacar que es donde México tiene una participación relevante con su pabellón que simbolizaba la grandeza de nuestro país contemplada desde un proyecto de modernidad europeizada, su construcción, por parte de Antonio Peñafiel y Antonio M. Anza, quienes plasmaron su visión de la arqueología nativa en una estructura palaciega, se vio coronada con la participación del joven Jesús F. Contreras quien realizó unos relieves de algunas figuras históricas del México prehispánico; dentro del palacio azteca se incluían obras del paisajista mexicano José María Velasco, así como diversos materiales agrícolas y textiles. El pabellón resultó merecedor de un reconocimiento de la Exposición Universal que sería visitada por alrededor de 33 millones de personas.

Después se celebraron las Exposiciones de Chicago y Bruselas, 1893 y 1897, pero nuevamente tuvo que ser París quien diera la nota y organizara la Exposición Universal en 1900, inaugurando el nuevo siglo con una tendencia futurista. Eran tiempos de paz en el mundo, la Belle Époque, de fe y esperanza en el progreso, una atmósfera en la que se creía que lo mejor de la humanidad estaba por venir. En el alguna vez cruento y bárbaro México se gozaba de la llamada Pax Porfiriana, aunque ya se gestaban en algunos rincones del país los primeros indicios de lo que más tarde sería la Revolución Mexicana, la nación quería dar una imagen vanguardista e ilustrada. Mientras tanto se preparaba en la capital francesa una extraordinaria muestra de la idea que las naciones tenían de sí mismas, de su cultura, novedades en su máximo esplendor. La electricidad jugó uno de sus papeles más importantes iluminando la Torre Eiffel y las avenidas principales de la exposición, se diseñó infraestructura para dar un sentido de modernidad y albergar los diferentes pabellones, se crearon estaciones de trenes, puertos turísticos y puentes, se inauguró el Metro de París con su decoración Art Noveau, escaleras y caminos eléctricos jamás vistos, y se construyó el Pequeño Palacio de las Artes y el Gran Palacio de las Bellas Artes, el Palacio de la Electricidad y el Palacio del Agua, para rematar una rueda de la fortuna de más de 100 metros concluía el paisaje, que para su tiempo debió dejar boquiabiertos a las más de 51 millones de personas que se dieron cita a la exposición. La oferta de atracciones era basta, en el Palacio de la Óptica se mostraban los primeros artefactos que creaban las ilusiones ópticas que nos sorprenden hasta hoy en día, había telescopios para acercar las estrellas y la luna a los visitantes, el cine y sus efectos que ya estaban influyendo no sólo en el entretenimiento sino en la ciencia. En los periódicos de la época y los telégrafos se mencionaban los primeros automóviles y el aeroplano. Nuevamente México tuvo una destacada participación con un pabellón que incluía piezas artísticas, productos de la agricultura, artesanales y de mueblería, también vinícolas, textiles y tecnológicos; espectáculos folclóricos y la muestra de los Ejércitos de Tierra y Mar. La construcción donde se albergó en esta ocasión fue un espacio construido nuevamente por Antonio M. Anza con un estilo neo-griego que pretendía dotar a México de un carácter más universal y a la altura de los otros países, contaba con el Salón de Recibimiento y de las Artes, en cuyo espacio se encontraban muebles y obras artísticas que actualmente se exponen en el Castillo de Chapultepec, así como la obra del ya laureado en 1889, Jesús F. Contreras, que justo en esta Exposición Universal de 1900 se hacía acreedor a uno de los premios más importantes de todas las exposiciones: La Cruz de la Legión de Honor de la República de Francia, por su obra “Malgré Tout”.

Así es como el mundo recibía al nuevo siglo, que se esperaba promisorio y en donde la esperanza hacía imaginar un mundo con una vida más confortable, en el que el entendimiento entre las naciones fuera el motor de las economías. La historia demostró que también la tecnología podía usarse para fines punitivos y pronto la esperanza se hundió y la humanidad entró en una de las eras más mortíferas. Sin embargo, algunos de los descubrimientos y las formas de entender nuestro mundo moderno que se expusieron en aquellas Ferias Mundiales siguen siendo vigentes y actuales, son el ejemplo fehaciente de que la curiosidad es una de las facultades del ser humano, el asombro, la voluntad para saber y conocer, para preguntarnos quiénes somos y cómo es el universo en el que vivimos, para reunirnos y celebrarnos, para viajar, para explicarnos a nosotros mismos y como sociedad. Aún siguen llevándose a cabo estas Exposiciones Universales y cada vez son más especializadas, ciertamente, ya no son tan impactantes a causa del mar de informaciones en que vivimos, pero siguen guardando aquellos rasgos nostálgicos que nos recuerdan cuando pensábamos en blanco y negro como en las primeras películas de los hermanos Lumière, de moda en ese lejano tiempo.