Por Jesús Álvarez Gutiérrez

ciudad-vivaAnte el mediocre crecimiento económico que padece nuestro país de manera crónica, hay quienes caen en la negación y otros en la desesperanza. Ninguna de estas posturas contribuye a promover un futuro escenario mejor. Salir del atolladero requiere reconocer que lo que hemos hecho –incluyendo las famosas once reformas estructurales– no ha sido suficiente. ¿Por qué?

Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía 2001, advirtió en México hace poco que el mayor freno a nuestra economía proviene de un fenómeno grave y creciente de desigualdad de ingresos, producto de que el salario no se ha incrementado a la par de la productividad en las últimas décadas.

Recientemente, también la OCDE en su informe “Todos Juntos: ¿Por qué reducir la desigualdad nos beneficia a todos?” revela que México es, después de Chile, el país con mayor nivel de desigualdad entre sus integrantes.

En 2012 el ingreso promedio de la población mexicana del 10 por ciento superior en la escala de ingresos fue 30 veces más alto que el del 10 por ciento inferior, arriba de la proporción de 22 a 1 existente a mediados de los años ochenta.

La desigualdad media en los países pertenecientes a la OCDE también empeoró de una proporción de 7 a 1 hace tres décadas a casi 10 a 1 en la actualidad.

La desigualdad se ha incrementado en casi todos los países y de manera ininterrumpida, independientemente del ciclo: no importa si a la economía le va bien o mal, a los ricos siempre les va mejor; la brecha se va ampliando desde que se impuso la doctrina de que lo importante era favorecer a los pudientes, con el argumento de que “ellos son los que crean empleo y riqueza; si a ellos les va bien, a todos nos irá mejor”.

El modelo neoliberal implicó exigir sacrificios a la clase trabajadora en aras de un mayor progreso futuro, bajo el supuesto de que una vez que la economía fuera más libre y competitiva, la riqueza se desbordaría de las cúpulas y se derramaría sobre el resto de la sociedad.

Ahora la OCDE nos viene a decir que ese modelo ha fracasado, y que la riqueza no se filtra como el agua de lluvia a la tierra. Por primera vez, esta destacada organización acepta que la desigualdad no sólo tiene una connotación negativa social y moralmente, sino que también provoca un menor crecimiento económico. El análisis sobre esta relación inversa es ahora contundente.

Para medir la desigualdad de ingresos dentro de cada país, se utiliza el coeficiente de Gini. Es un número entre 0 y 1, en donde 0 se corresponde con la perfecta igualdad (todos ganan lo mismo) y donde el valor 1 se corresponde con la perfecta desigualdad (una persona concentra todos los ingresos, y las demás personas ninguno).

A la OCDE le preocupa que el último dato del coeficiente de Gini para el promedio de países de esa organización es de 0.32. Sólo los países nórdicos se acercan a cero.

La desigualdad en los ingresos ha agravado todavía más la tradicional concentración de la riqueza. Dentro de los países de la OCDE, el 10 por ciento de la población más privilegiada acumula el 50 por ciento de la riqueza global, mientras que el 40 por ciento de la población más pobre apenas dispone del 3 por ciento.

En México, la situación es todavía peor. En términos de ingresos, el coeficiente de Gini es de 0.48, y, en términos de patrimonio, el 1 por ciento de la población más acaudalada concentra la mitad de la riqueza nacional.

De poco sirvió que el gasto social del gobierno federal mexicano se multiplicara por cinco veces en los últimos treinta años. No se logró compensar el terrible deterioro en los ingresos laborales de las familias, resultado de la contención salarial. Coneval informa que, actualmente, el 43 por ciento de las familias no puede adquirir la canasta básica alimentaria con el producto del trabajo de sus miembros.

De acuerdo al Secretariado Técnico de la Cruzada Nacional contra el Hambre, fueron infructuosos los 2.2 billones (millones de millones) de pesos dedicados, entre los años 2000 a 2012, a cientos de programas sociales asistenciales que descuidaron la inversión productiva y en infraestructura. Esta estratosférica cifra, posible gracias a la bonanza petrolera, se derrochó en burocracias y clientelismo estéril, no sólo en el orden social, sino también política y electoralmente. ¿Qué tanto habremos mejorado en los últimos dos años?

En el contexto de un mundo cada vez más desigual, y dado que la desigualdad es mala para el crecimiento, la OCDE recomienda, especialmente a los países emergentes, un verdadero cambio de paradigma.

Propone que los gobiernos orienten su quehacer a crear condiciones favorables para la generación de empleos suficientes y de calidad, es decir, bien remunerados, a través de la implementación de políticas fiscales de gasto productivo en infraestructura básica y tributación favorable a la inversión privada; estrategias de desarrollo económico para apoyar a pequeñas y medianas empresas locales con financiamiento oportuno y suficiente, tecnología y apertura de monopolios y cuellos de botella; y medidas integrales de desarrollo humano a partir de dotación de infraestructura en salud, educación y capacitación para la innovación y creatividad. El reto es lograr todo esto sin poner en riesgo tanto la estabilidad macroeconómica como la consolidación democrática.

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