Por: Jesús Álvarez Gutiérrez

ciudad-vivaLas cifras oficiales de la Encuesta Nacional Ingreso Gasto (ENIGH) 2014, recientemente publicadas por el INEGI, y los estudios de CONEVAL (institución pública) y de OXFAM (organismo de la sociedad civil), muestran que los problemas de pobreza y desigualdad en México se han agravado a lo largo de las tres últimas décadas de manera casi constante. La población en pobreza extrema alcanza el 10% y, en pobreza moderada el 37%; si a éstos, que están debajo de la “línea mínima de bienestar” (pues no alcanzan a cubrir la canasta básica), agregamos otro 13% de población en situación de vulnerabilidad, resulta que 60% de los mexicanos es pobre. Un dato escalofriante: 11 millones de mexicanos ganan menos de 41 pesos al día en las ciudades y 29 en el campo.

Las clases medias, que representan menos de 40% de la población, por su parte, han sido también muy golpeadas; perdieron otro 6% de sus ingresos en los últimos dos años, por lo que su poder adquisitivo, clave para el mercado doméstico, sigue en picada.

Mientras tanto, en el otro extremo un 1% de la población acapara actualmente 21% del Producto Interno Bruto (PIB) anual y el 43% de la riqueza nacional total. Un dato escalofriante: cuatro empresarios mexicanos, al amparo de sus conexiones políticas, concentran por sí solos ya el 9% del PIB del país.

Somos la decimocuarta economía del mundo, pero somos también uno de los países más desiguales del mundo. Vivimos la dicotomía de ser uno de los países con mayor número de millonarios en el mundo y uno de los que cuenta con mayor número de pobres en el planeta. Y esa desigualdad anula el enorme potencial de crecimiento de nuestra economía.

Es por eso que hacemos un llamado a nuestros gobernantes para mostrar sensibilidad e inteligencia en sus políticas para apoyar el mercado doméstico. No somos agoreros del desastre, pero el contexto internacional se prevé bastante incierto: a la debilidad en el crecimiento económico de Estados Unidos, China y la Unión Europea (Grecia), hay que agregar también la previsible subida en las tasas de interés internacionales (Reserva Federal), así como una mayor caída en el precio del petróleo por el reingreso de Irán al mercado.

Con la experiencia adquirida en décadas recientes, debemos atrevernos a reconocer que México no debió apostarle todo a la Inversión Extranjera Directa (IED) y a las exportaciones, sacrificando salarios y mercado nacional. El resultado ha sido un crecimiento mediocre de la economía, apenas superior al aumento demográfico, y un agravamiento de los problemas de pobreza y desigualdad, que terminan, en un círculo vicioso, frenando el propio crecimiento.

Ciertamente el volumen de exportaciones de manufacturas ha crecido exponencialmente, enfocándose en sectores dinámicos como el automotriz, aeroespacial y electrónico (y eso que los flujos de IED han sido decepcionantes con 24 mil millones de dólares al año en promedio). El problema ha sido que las exportaciones desde México cada vez llevan menos contenido nacional; han generado empleo insuficiente y mal remunerado, por lo que la prosperidad no se ha derramado sobre la población en su conjunto.

De poco nos sirve que el monto anual de las exportaciones de vehículos automotores y autopartes rebase los 100 mil millones de dólares. El fracaso en la construcción de una cadena nacional de proveeduría ha quedado demostrado con la reciente de devaluación del peso; contrario a la teoría ortodoxa, no ha aumentado la competitividad del país, pues 80% de los insumos para las exportaciones son importados. Además, varias políticas laborales equivocadas han promovido la contracción del salario mínimo a la mitad, en términos reales, y han permitido a las trasnacionales la apertura de nuevas plantas con salarios por debajo de lo establecido en sus propios contratos colectivos de trabajo (!).

El bajo poder adquisitivo de nuestra población deprime el mercado doméstico. Con el motor interno averiado, no debe sorprendernos que el avión de la economía nacional no alcance velocidad de crucero: apenas despega se ve obligado a regresar a la pista. Las tormentas del entorno mundial nos forzan a ponernos el cinturón de seguridad cada vez más apretado. Se avecinan nuevos recortes al gasto y aumentos de impuestos. Los pasajeros hemos perdido confianza en la habilidad del piloto y su tripulación.

Tan fue erróneo pensar que la IED y las exportaciones resolverían los problemas de fondo, como creer que una ambiciosa política social compensaría a los más pobres, a los excluídos del avión del progreso. De poco ha servido que el gasto social haya pasado de representar 5% del PIB en 1990 a 12% del PIB en 2014. De acuerdo al diagnóstico de la Cruzada Nacional contra el Hambre, de 2000 a 2012 se desperdiciaron casi 200 mil millones al año en programas denominados “sociales”. El gobierno actual no ha logrado tampoco ser más efectivo en su política social.

Es hora de insistir en cambiar el rumbo. Por una parte, es urgente implementar esquemas fiscales e industriales, que fortalezcan la creatividad e innovación de las micro y pequeñas empresas nacionales, como unidades estratégicas para generar empleo suficiente, formal y productivo. Y, por otra parte, incentivar la elevación de las remuneraciones salariales hasta asegurar que todos los mexicanos alcancen la “línea mínima de bienestar” con el producto de sus ingresos laborales. Es una cuestión de justicia y de sobrevivencia para todos.