Jesús Orozco Castellanos

Tengo la impresión de que el gobierno federal está tratando de enfrentar a Andrés Manuel López Obrador (AMLO), como se dice coloquialmente, “a periodicazos”. Hace unos días, el actuario Roy Campos, director de la empresa de encuestas Consulta Mitofsky, declaró que en estos momentos no hay un candidato “Ferrari”, de cara a las elecciones presidenciales del 2018. O sea que no hay un puntero. Después, el periódico “El Universal” publicó una extraña nota en la que mezcla datos de grupos de enfoque (páneles con preguntas directas a integrantes de diferentes grupos sociales) con resultados de diversas encuestas. La conclusión es que AMLO sólo tiene un 8% de intención de voto y está en primer lugar. O sea que el 92% restante, con porcentajes inferiores al 8%, se lo reparten los aspirantes del PRI, PAN, PRD y otras formaciones políticas, además de los independientes. Resulta muy poco creíble, sobre todo si consideramos que en la más reciente encuesta del grupo “Reforma” aparece AMLO en primer lugar con el 42% de la intención de voto y con casi 20 puntos de ventaja sobre su más cercano competidor.

Cabe recordar que el grupo “Reforma” fue uno de los primeros en el país que se dedicó al levantamiento de encuestas. Recuerdo bien a dos de sus pioneros que vinieron a Aguascalientes en 1998: Rafael Ximénez y Alejandro Moreno; este último sigue siendo el responsable de los sondeos de opinión de “Reforma”. Además, la encuesta mencionada se levantó con una metodología profesional: encuestas domiciliarias con una muestra aleatoria en todo el país, con un margen de error de +/- 2.5% y con mecanismos de supervisión. Esto último es muy importante porque después de levantada la muestra se elige una muestra de un 20% del total de los encuestados para preguntarles si efectivamente fueron entrevistados por personal acreditado de la empresa que se hace responsable del sondeo. Hay empresas “patito” cuyos “encuestadores” se llevan el cuestionario a su casa y lo contestan a discreción.

Lo anterior me lleva a pensar que desde el gobierno federal se emprende una campaña solamente mediática en contra de AMLO. Hace algunas semanas el presidente Peña Nieto se refirió a los estragos que ha causado el populismo en varios países del mundo. Sin mencionarlo, el dardo iba dirigido al político tabasqueño. Después vino la campaña que menciono y más recientemente, el líder nacional del PRI Manlio Fabio Beltrones anunció que su partido enviará (muy tarde) al Congreso de la Unión una iniciativa legal para impedir la proliferación de spots en radio y televisión que en la práctica constituyen actos anticipados de campaña. AMLO ha venido haciendo esto desde hace años y en días pasados se le sumó el dirigente nacional del PAN Ricardo Anaya.

Sin quitarle mérito a la campaña de medios porque, como se dice, en política todo se vale, me parece que se están descuidando ángulos de la realidad mucho más importantes. Por ejemplo, hace algunos días, en una gira por Tabasco, donde de hecho inició su tercera campaña presidencial, AMLO llamó a sus seguidores a no pagar a la Comisión Federal de Electricidad (CFE) los adeudos atrasados. Arturo Núñez, gobernador de ese estado, había llegado a un acuerdo con la CFE para que los morosos que deben más de 23,500 pesos se acojan a un programa de descuentos y facilidades. El 60% de la población aceptó el acuerdo. El 40% restante decidió no pagar y los trabajadores de la CFE cortaron el servicio porque así lo establece la ley. Pero AMLO llegó con varias camionetas y brigadas que se dedicaron a la reconexión del servicio. Por supuesto que es una medida muy popular que le significa votos al tabasqueño. El problema es que eso también acarrea problemas. El columnista Raymundo Riva Palacio informó el pasado jueves que fueron asesinados dos trabajadores de la CFE en Tabasco. De confirmarse estos hechos, estaríamos hablando de algo gravísimo, resultado de un llamado a la rebelión y eso constituye un delito penal. Hay quienes dicen que no conviene que encarcelen a AMLO porque eso lo convierte en mártir. Podría ser pero si pisa la cárcel y recibe sentencia condenatoria, automáticamente estaría fuera de la contienda por la Presidencia porque uno de los requisitos para ser candidato es no tener antecedentes penales. Habría mártir pero no candidato. Eso es lo que cuenta.

De hecho, AMLO tuvo que bajarle el tono al radicalismo porque es algo que repudian las clases medias y los grupos empresariales. El problema es que no sólo se trata del discurso o de las ocurrencias como la del aeropuerto internacional de la Ciudad de México en la base militar de Santa Lucía o como el dislate de afirmar que del Instituto Tecnológico Autónomo de México (propiedad de don Alberto Bailleres, a quien se concedió la medalla Belisario Domínguez) han egresado “todos los presidentes que han empobrecido a nuestro país#, cuando en realidad ningún Presidente de la República, desde Miguel Alemán hasta la fecha, ha sido egresado de esa institución.

Lo más grave es que ya volvió a las andadas con la megalomanía de los proyectos. Ahora insiste en que si llega a la Presidencia se van a construir cinco refinerías de PEMEX. Se ha dicho hasta el cansancio que las refinerías no son negocio y que resulta más rentable importar la gasolina de Estados Unidos. Pero él no entiende de razones. Cree que alguien lo trata de engañar como ocurrió en el año 2006 cuando el articulista Jorge Castañeda le hizo ver en una entrevista televisiva que con la reducción a la mitad de los sueldos de los altos funcionarios no se pagaría ni el 1% de la deuda externa. AMLO creía que sí alcanzaba para pagarla y que Castañeda trataba de tomarle el pelo. Es muy desconfiado. Siempre lo ha sido y lo seguirá siendo.

Aún en el caso de que, siendo Presidente, nombre como secretario de Hacienda al economista Rogelio Ramírez de la O (fue el que nombró en su gabinete del “gobierno legítimo”), que es una persona seria y con alta formación académica (tiene un doctorado en economía por la Universidad de Cambridge del Reino Unido), se corre el riesgo de que se empecine. Si le argumentan que no hay dinero, se verá tentado a utilizar parte de las reservas internacionales para el financiamiento de sus grandes proyectos: las refinerías y los trenes bala por todo el país. Y eso no es todo. También ha declarado que se revisará el paquete de reformas del actual gobierno y que, de ser el caso, serán anuladas, sobre todo la energética porque “el petróleo es de los mexicanos”. Para él es un dogma que tiene sustento en los versos de la “Suave Patria” de Ramón López Velarde (al que jamás ha leído): “El Niño Dios te escrituró un establo…veneros de petróleo el diablo”. En efecto, el petróleo es nuestro pero no para tenerlo guardado sino para utilizarlo en beneficio del país. De su venta depende casi la tercera parte del presupuesto federal.

Él insiste en que el actual gobierno nos está llevando al “despeñadero” pero también dice que, a pesar de todo, se siente optimista porque, con el apoyo del voto popular, está preparado para sacar al país adelante. Así lo dice en sus spots. ¿Cómo creerle? Muchos hemos insistido en que, hasta la fecha, AMLO “es un peligro para México”. Como dije, para enfrentarlo hacen falta hechos contundentes, más que discursos, porque las palabras se las lleva el viento.