Jesús Orozco Castellanos

A finales de la semana pasada, una sobrina mía regresó de Alemania después de un semestre de intercambio académico promovido por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Estuvo en una pequeña ciudad llamada Regensburg, que en español se traduce como Ratisbona. Allí se llevó a cabo en el siglo XVI la famosa “dieta” (asamblea), convocada por el emperador Carlos V con el fin de convencer a los príncipes alemanes de que se alejaran de la reforma protestante emprendida por Lutero y de que se mantuvieran fieles a la Iglesia católica y al Papa. La ciudad está cerca de Munich, la capital de Baviera, principado que, finalmente, se mantuvo fiel al catolicismo.

Desde el principio de su estancia, mi sobrina me comentó lo difícil que es vivir en un país en el que la rigidez es la forma usual de convivencia. Los alemanes tienen una solución para cada problema, una sola. En México tenemos generalmente cuatro o cinco opciones. Por ejemplo, si a las dos de la tarde no hemos comido y estamos lejos de la casa, nos basta con un “vikingo” y un refresco que podemos comprar en cualquier tienda de conveniencia. El “vikingo” es una salchicha asada que colocamos en medio de un pan especial al que le untamos mayonesa y mostaza y le agregamossalsa cátsup o jitomate, cebolla y chile jalapeño. Si sobra apetito, se puede repetir la dosis. Me comentaba mi sobrina que cuando llegó, tuvo que recorrer más de un kilómetro a pie para llegar a la residencia universitaria, cargando sus maletas, por supuesto. Iba muerta de hambre. Cuando por fin llegó, se había terminado la comida. Tuvo que esperar hasta el desayuno del día siguiente. Por si fuera poco, la comida era mala. Lo básico son chuletas ahumadas (sin sal) y puré de papa. La noche del 15 de septiembre intentaron preparar una cena mexicana y fracasaron. Era imposible conseguir maíz pozolero y chile colorado.

La cultura de las influencias y los privilegios es impensable en Alemania. Ya Carlos Marx hablaba de la probidad y eficiencia del funcionariado alemán. Era una de las pocas ideas que compartía con Hegel. Por eso hablaba Max Weber de la ética protestante, en contraposición con la laxitud que se observa en los países latinos. En teoría puede uno estar de acuerdo con eso, pero vaya que tiene sus ventajas el hecho de contar con una red de contactos para resolver los problemas en las oficinas públicas, en los bancos, en los restaurantes, etc. De hecho en Estados Unidos es cada vez más frecuente el uso del soborno en algunos lugares públicos. Se hizo un experimento en un restaurante de Los Ángeles. Había tres personas, vestidas de manera informal, esperando mesa. Llegó un señor muy bien trajeado y les preguntó cuánto habría que esperar para que asignaran mesa. Le dijeron que de 40 a 45 minutos. El señor le preguntó a la recepcionista y le dijo lo mismo. Pidió hablar con el capitán de meseros al que le dio 30 dólares. De inmediato le dieron mesa, una de las mejores. Enseguida le pidió al mesero que llamara al “chef” y a éste le preguntó qué le recomendaba para comer y le dio también 30 dólares. Al final les dejó buena propina a los meseros. Total que con cerca de 100 dólares de propinas comió a su entera satisfacción. Cuando salió, los tres señores que estaban esperando mesa seguían allí. En México pasa igual, sólo que acá se arregla el asunto con unos 500 ó 600 pesos de propinas en total. Me refiero especialmente a la Ciudad de México. En Aguascalientes no hace falta eso porque generalmente los tiempos de espera son mucho menores.

Mi sobrina se sintió feliz al regresar a su casa y no es para menos. Aquí se tiene todo a la mano. Salvo los lunes y viernes, casi todas las oficinas de los bancos tienen poca gente. Las farmacias suelen estar semivacías. Muchos de los pagos bancarios se pueden hacer en tiendas de conveniencia (pagando una pequeña comisión) o en farmacias. Si no se quiere preparar comida, hay varias cocinas económicas aceptables o incluso algunos centros comerciales. En las fruterías hay de todo, con la ventaja de que se puede escoger al gusto. En los servicios médicos hay buenos y malos. Lamentablemente hay fallas en la higiene. A finales del año pasado se murió un amigo mío que fue atendido en una clínica de cierto prestigio. Estaba saliendo de la enfermedad cuando fue atacado por una bacteria que, según me dijeron, pertenece al grupo de las que se han vuelto completamente resistentes porque soportan las desinfecciones que periódicamente se llevan a cabo en los nosocomios. Son letales.

Hay otros servicios en Aguascalientes que dejan mucho qué desear. Es el caso del transporte público. Los taxis son más o menos baratos pero están muy sucios. Y que no se nos ocurra protestar por la tarifa o por el mal servicio. Quién sabe qué código tendrán los conductores porque de repente se presentan en el lugar diez o doce de sus compañeros taxistas en plan solidario y amenazante. Los camiones urbanos son una calamidad. El tránsito vehicular en las avenidas es lento y la gente se ha vuelto muy irritable. Hay de aquél que se atreva a tocar el claxon porque invariablemente le hacen la señal de que se pase por arriba. Eso en el mejor de los casos. Es cada vez más frecuente que nos recuerden a la autora de nuestros días que, por cierto, de Dios goce. El servicio de internet es fatal. No merece ni el 10% que pagamos por él. Al momento de escribir estas líneas estoy desconectado. La semana pasada mi artículo se tuvo que publicar hasta el martes porque no lo podía enviar.

En Alemania existe también el problema de que la gente es muy aficionada a beber cerveza. Debe ser muy desagradable para una dama compartir el asiento de un autobús urbano con un borracho, sobre todo si se quiere propasar. Las máquinas despachadoras de refrescos y golosinas tienen cerveza. En países como Francia el vino se vende como agua de uso. Es el caso de Alemania con la cerveza. Las coca colas son más caras. A propósito de precios, me decía mi sobrina que allá todo es carísimo. Un aguacate, uno solo, vale el equivalente de 38 pesos mexicanos. Conseguir un cerrajero en fin de semana es casi imposible. Si se logra, abrir una puerta cuesta 200 euros. En México sería más barato comprar otra puerta. Leí una nota sobre un hotel en Berlín. La noche cuesta cinco mil dólares diarios. Tiene todos los servicios imaginables. Si el cliente quiere dormir acompañado, el gerente del hotel le consigue la pareja (hombre o mujer), aunque, en este caso, la tarifa que cobra la pareja corre por cuenta del cliente. Seguramente hay quienes están dispuestos a pagar todo eso. De lo contrario, no existirían esa clase de servicios. Son países ricos.

Me decía mi sobrina que por fortuna ella tenía los ahorros suficientes para visitar varios países de Europa, acompañada de una de sus amigas que decidió conocer el viejo continente. Estuvieron en Locarno (Suiza), Venecia, Verona, Milán, Amsterdam, Colonia, Berlín y Munich. Me imagino que se dieron la gran vida porque no les gustan los hostales. Tienen que ser hoteles de regular hacia arriba. Y eso, en Europa, cuesta mucho. La comida también es cara pero a veces es cuestión de buscarle. Me comentaba un amigo que hace unos meses sus hijos le pagaron un viaje a Europa durante 45 días. En un pueblo al norte de Alemania le sirvieron una comida buena y abundante, acompañada de cerveza (la fábrica estaba en el sótano del local), y pagó por ella diez euros. Al final quedó en doce con la propina. Algo más de 200 pesos. Aquí es más caro.