Jesús Orozco Castellanos

La semana pasada el Papa Francisco estuvo en Estados Unidos. El primer Papa en visitar el continente americano fue Paulo VI, que ya es beato. Estuvo en la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York. El Papa Juan Pablo II (ahora santo) estuvo en América en varias ocasiones. Tan sólo a México realizó cinco viajes. En Estados Unidos hay 70 millones de católicos. Es el 20% de la población total del país. Por tratarse del país más poderoso del mundo, la iglesia católica norteamericana goza de un enorme poder e influencia, además de que es una de las más ricas del planeta. Entre otras actividades, el Papa llevó a cabo la canonización de Fray Junípero Serra, el monje franciscano que evangelizó la Alta California y que fundó San Diego de Alcalá, Nuestra Señora de Los Ángeles, Monterey, San Luis Obispo y San Francisco de Asís. Fue un gran santo. Para efectos del conteo, se le considera norteamericano, pese a que vivió gran parte de su vida en la capital de la Nueva España. Hace algunas semanas comentamos el tema en este espacio.

Francisco dijo que en un principio había pensado ingresar a los Estados Unidos por Ciudad Juárez, pero no lo hizo porque: “hubiera sido una bofetada” visitar México sin acudir al santuario guadalupano. Creo que tiene razón. En Cuba estuvo en la iglesia de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, que es la patrona de ese país. Al llegar a Washington, fue recibido en el aeropuerto nada menos que por el presidente Barack Obama y su esposa. Generalmente la recepción está a cargo de algún alto funcionario del gobierno norteamericano. Se entrevistó en la Casa Blanca con Obama y trataron temas importantes como la migración y el cambio climático. El tema migratorio es algo especialmente relevante, tanto para los Estados Unidos como para otros países, como es el caso de México y de Centroamérica. El Papa declaró de entrada que él es hijo de inmigrantes, como lo son muchísimos de los habitantes de Estados Unidos y a ellos se debe, en muy buena medida, la grandeza y el poderío de Norteamérica, “tierra de bravos y valientes”, como les llamó Francisco ante el Congreso, citando una frase del himno de ese país.

El jueves pronunció un importante discurso ante el Congreso de los Estados Unidos. Es el primer Papa que lo hace en ese recinto. Lo dijo en un inglés a la argentina pero se dio a entender. Se pronunció en contra de la pena de muerte, tema muy sensible para la sociedad norteamericana. En los temas laborales siguió la doctrina social de la Iglesia iniciada por el Papa León XIII. La idea central es que los mercados no pueden estar por encima de los seres humanos.

El discurso dividió las opiniones de los legisladores, incluso entre los que son católicos. Por ejemplo, el Papa condenó la falta de control en el comercio de armas. En Estados Unidos la portación de armas es un derecho consagrado en la Segunda Enmienda de la Constitución. Los padres fundadores de esa nación consideraron ese derecho como un instrumento indispensable para el pueblo, en el caso de que se viera obligado a derrocar a un tirano con las armas en la mano. Hasta la fecha no ha sido necesario pero el derecho se mantiene.

Francisco es un Papa inteligente. Por algo es jesuita. Es el primero en la historia. Al prepósito general de los jesuitas se le conocía como el “Papa negro” (por el color de la sotana). Tenía una gran influencia en el gobierno de la Iglesia. Ahora decidieron ir con todo y Francisco viste la sotana blanca de los papas. Además es un hombre sensible. Está abierto al tema de los derechos de los homosexuales, al otorgamiento de la comunión a los divorciados vueltos a casar, a la agilización de los trámites para las anulaciones de matrimonios religiosos, etc. En temas como el aborto, sostiene con firmeza la doctrina tradicional de la Iglesia: el derecho a la vida es sagrado e inviolable. En su vida personal, Francisco es un hombre sencillo. Vive en la residencia de Santa Marta, destinada a los cardenales que van a Roma, y no en el Palacio Apostólico del Vaticano. Viste de manera muy austera. Nunca ha tenido automóvil. Se toma en serio el voto de pobreza. Eso le da credibilidad.

En Nueva York, como era de esperarse, el Papa estuvo en la Asamblea General de las Naciones Unidas y se refirió con énfasis al tema del narcotráfico, el cual, dijo, ha sido “pobremente combatido”. Criticó también con dureza los sistemas crediticios que “oprimen a los pueblos”. No podía faltar en la “Gran Manzana” la celebración de una misa en la catedral de San Patricio, llamada así por el santo patrono de Irlanda, tierra de uno de los más importantes grupos de inmigrantes que llegaron a Estados Unidos. Por cierto, llama la atención el discurso furibundo en contra de los inmigrantes por parte del señor Donald Trump, aspirante a la candidatura presidencial del Partido Republicano en Estados Unidos. Es nieto de un inmigrante alemán; miles de ellos llegaron a Norteamérica a mediados del siglo XIX. Después arribaron los irlandeses y los italianos. Las últimas oleadas han sido de mexicanos y centroamericanos. De los mexicanos ha dicho Trump que “son de lo peor”, que “les mandamos asesinos y violadores”. La expresión “les mandamos” llevaría a pensar que la llegada de los inmigrantes a Estados Unidos obedece a un plan deliberado por parte de alguna autoridad. Nada más falso. La verdad es que se trata de decisiones individuales, casi siempre difíciles porque eso implica dejar atrás a los seres queridos. Y son de lo mejor, no “de lo peor”.

Francisco no tiene el conocimiento de idiomas ni el carisma de Juan Pablo II, y quizá tampoco la estatura intelectual de Benedicto XVI, pero está mostrando una gran personalidad. El jueves pasado, estando él en la residencia presidencial, se reunieron alrededor de 50 mil personas en la Avenida Pensilvania, la que conecta la Casa Blanca con el Capitolio (sede del Congreso), con el fin de aclamarlo. El Papa salió a uno de los balcones de la residencia para saludarlos y darles la bendición. Recibió una ovación impresionante. Inspira confianza y genera admiración. Francisco terminó su gira en Filadelfia celebrando una misa (en latín) con motivo del Día Mundial de la Familia. Fue una gira redonda, muy bien lograda.

Estoy seguro de que si Francisco viene a México (seguramente muchos esperamos que lo haga), dará lugar a concentraciones multitudinarias en las calles y en la residencia en la que decidiera instalarse. Cuando venía Juan Pablo II, muchísima gente se quedaba sin dormir en las inmediaciones de la Delegación Apostólica para sentir la presencia de un santo en vida. Le cantaban día y noche. De hecho se quejaba de que no lo dejaban dormir. He comentado en este espacio que los papas, desde la segunda mitad del siglo XIX hasta la fecha, han sido personas de una conducta personal ejemplar. En un país como el nuestro, en el que la corrupción y la impunidad transitan libremente por las arterias de la vida nacional, la presencia de figuras respetables se convierte en un bálsamo, en una luz de esperanza. Recuerdo que cuando murió el Papa Juan Pablo II, el periodista Joaquín López-Dóriga se quedó sorprendido porque, a la hora de leer el testamento, se supo que el Papa no tenía propiedades. ¿Cómo podía ser pobre un líder mundial de esas dimensiones? Pues sí. Los santos no necesitan de los bienes de este mundo.