Jesús Orozco Castellanos

El martes de la semana pasada tuvieron lugar dos atentados terroristas en Bruselas, la capital de Bélgica, con un saldo de 31 muertos y más de 200 heridos. Ocurrieron en el aeropuerto y en una estación del Metro, justamente debajo de las oficinas de la Unión Europea (en el corazón mismo de Europa occidental). Los hechos fueron reivindicados por el Ejército Islámico Y se produjeron precisamente después de la detención de uno de los participantes en la masacre del 13 de noviembre del 2015 en París, donde fueron asesinadas en un salón de fiestas 130 personas y centenares más resultaron heridas.

Tras los atentados de noviembre pasado en París, se dijo que los grupos de terroristas islámicos estaban asentados en Bruselas. Allí consiguen armas de cualquier tipo, desde metralletas hasta lanza-cohetes. Sólo falta que les vendan tanques de guerra. Allí reciben entrenamiento. Los países bajos y Alemania están entre los principales receptores de las corrientes migratorias provenientes del Medio Oriente, especialmente de Irak y Siria. El tema es extremadamente complejo y pareciera no tener salida. Como ya lo hemos comentado en este espacio, el Estado Islámico es una enorme franja de territorio que se extiende entre Irak y Siria y cuya extensión rebasa las dimensiones de la Gran Bretaña. Su población supera los ocho millones de habitantes. Sin embargo, se trata de un Estado que no goza del pleno reconocimiento de la comunidad internacional, comenzando por los países limítrofes que no reconocen fronteras y que no están dispuestos a aceptar la existencia de un Estado convertido en el bastión y la base de entrenamiento de los grupos de terroristas islámicos. Rusia es otro de los países que rechaza de manera categórica al Estado Islámico. Y, se quiera o no, Rusia sigue siendo una gran potencia en el plano militar. Esto afecta directamente las pretensiones de hegemonía política y militar de los Estados Unidos.

Además, el problema es muy difícil porque los grupos que han perpetrado los atentados no sólo exigen el reconocimiento del Estado Islámico, algo que de por sí es casi imposible de conceder, sino que se conviertan en leyes los usos y costumbres del mundo árabe. Recientemente pedían que se vuelva obligatorio entre las mujeres de origen musulmán el uso del velo en Francia, un país prototipo del Estado laico en todo el mundo. Los franceses pegaron el grito en el cielo. Incluso los musulmanes moderados, que los hay por millones en toda Europa, están en contra de esas prácticas. Hay grupos que van más allá. Están a favor de la pena de muerte en contra de las mujeres adúlteras. Recientemente se exhibió una película escalofriante sobre ese tema. Entierran a las mujeres de pie hasta la cintura y enseguida, hombres y mujeres les arrojan piedras hasta matarlas. Pero eso sí: los hombres pueden ser adúlteros cuantas veces quieran. En los países musulmanes de África también hay casos espeluznantes que no sólo se permiten por ley sino que son alentados por los propios gobernantes. Se trata de auténticas regresiones medievales.

Lo anterior me recuerda las discusiones bizantinas que hay en México acerca de los usos y costumbres de los pueblos indígenas. Para empezar está el tema de las prácticas políticas. Decía José Woldenberg que cuando él fue director del Instituto Federal Electoral había resultados electorales muy extraños en varios municipios indígenas de Oaxaca. Había casos como de 600 votos contra cero en una casilla. Resulta que los mayordomos de esas comunidades convocaban a la población mediante el repique de las campanas. Una vez reunidos, les preguntaban si estaban a favor o en contra de determinados candidatos. Escogían sólo dos, uno al que consideraban afín al gobierno y otro al que veían como opositor. Les preguntaban a los pobladores si estaban a favor o en contra del gobierno. La gente seguía la opinión de los líderes y el voto era a mano alzada. Por eso el resultado era unánime: todos a favor o todos en contra. La corriente ganadora tenía todos los votos y los perdedores ni uno solo. Eso no es democracia, decía Woldenberg. Son usos y costumbres que todavía existen. El problema es que no puede haber grupos de excepción en el país. Lo único que debería regir a todos es la aplicación de la ley. Por desgracia no es así y a diario ocurren casos que claman al cielo. Hace unos días una mujer fue desnudada en un parque público en la Ciudad de México. Se tuvo que ir a los Estados Unidos. Por fortuna pudo hacerlo ¿y las que no?

En el plano social hay casos verdaderamente alarmantes que hasta la fecha siguen ocurriendo. Me refiero a la venta de mujeres. En algunos municipios de Oaxaca las mujeres se casan a edades muy tempranas, a los 13 ó 14 años. Más bien las venden. Los padres fijan el precio. En el mejor de los casos una mujer vale una garrafa de alcohol (unos 20 litros), un cerdo, tres gallinas y alrededor de 500 pesos. Una vez hecho el trato, se procede a las ceremonias rituales de casamiento. Después viene el banquete que dura días enteros. En algunos casos, cuando los papás del novio lograron hacer sus ahorros, hay comida y bebida gratis para todo el pueblo. Preparan cazos muy grandes de mole, arroz y frijoles. Las mujeres muelen el nixtamal en el metate y  preparan las tortillas en comales enormes. Hace algunos años me tocó presenciar algo parecido en un pueblo indígena del estado de México. Los cartones de cerveza y las botellas de aguardiente ocupaban un cuarto completo. La fiesta comenzó un viernes por la tarde y terminó el domingo al atardecer. Llegaba la gente y le servían su plato de mole con pollo, arroz y frijoles. La bebida era a discreción. Casi todos los comensales terminaban ebrios.

Me parece que no todos los usos y costumbres son defendibles. De entrada la venta de mujeres y el apedreamiento de las adúlteras son totalmente inadmisibles. Lo peor del caso es que son prácticas consentidas. Otra cosa es, por ejemplo, la trata de mujeres que se produce en algunos municipios de Tlaxcala. Las mujeres son reclutadas con engaños para luego convertirlas en prostitutas dentro y fuera del país. Eso es trata de blancas y es un delito penado por las leyes. La venta de mujeres debería entrar en el mismo rango, por más que algunas comunidades la consideren parte de sus tradiciones. Finalmente debemos acostumbrarnos a llamar a las cosas por su nombre. Si tenemos que hablar de una jornada civilizatoria, así hay que plantearlo.

Volviendo al tema de los atentados, a final de cuentas ninguna ideología justifica el uso de la violencia. Se puede entender a los mártires que son capaces de sacrificar su propia vida en defensa de su fe o de un ideal. Los terroristas, que también se creen mártires, pertenecen a otra categoría. Están dispuestos a matar a todo aquél que no comparta sus creencias. Eso es fanatismo criminal. El mártir sacrifica su propia vida pero no la de otros. El terrorista, que por lo general suele inmolarse, toma en sus manos la vida de otros sin importar el daño colateral: el sufrimiento de los seres queridos que en algunos casos termina por causarles la muerte. Basta ver las escenas desgarradoras de los familiares de las víctimas de los atentados en Bruselas, ampliamente difundidas por los medios de comunicación de todo el mundo. En sentido estricto, son crímenes de lesa humanidad. Por fortuna, al momento de terminar estas líneas había siete detenidos a causa de los atentados.