Jesús Orozco Castellanos

Estamos a unos cuantos días de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, se llevarán a cabo el próximo ocho de noviembre. La más reciente encuesta de la empresa Ipsos refleja un claro empate, medido en términos de colegios electorales. Como se sabe, las elecciones norteamericanas son indirectas, gana el candidato que tiene más colegios electorales. Cada estado de la Unión tiene un determinado número de colegios, dependiendo de la cantidad de habitantes. Entre los estados más importantes se cuentan Nueva York, California, Illinois, Texas y Florida. Para ganar se requiere un mínimo de 270 colegios electorales. La encuesta de Ipsos le asigna 243 a Donald Trump y 242 a Hillary Clinton, es un empate cerrado. Si llegara a aplicarse el viejo refrán de que “caballo que alcanza gana”, el candidato republicano podría estar a un paso de la Casa Blanca. Se dice que la candidata demócrata es muy fría, que no comunica con la gente, que su equipo de campaña manejó muy mal el problema de la neumonía que padeció recientemente. Resulta difícil de entender esto porque Hillary fue primera dama durante ocho años, contendiente por la Presidencia frente a Obama, secretaria de Estado en el actual gobierno y senadora por Nueva York. Además, se le considera una de las diez mejores abogadas de Estados Unidos. Se daba por hecho que tenía la elección en la mano. Pareciera que le están pesando tantas credenciales. No obstante, hay otras encuestas. El articulista mexicano Jorge Volpi comentó el pasado sábado en el diario “Reforma” que ciertamente la tendencia de Hillary Clinton está a la baja pero que su ventaja es todavía del 58%, de acuerdo con la información de dos empresas que publican encuestas acumuladas. Podría ocurrir que se sostenga. Como sea, la moneda está en el aire.

Si se produjera el triunfo de Donald Trump, ¿qué tan serias podrían ser las consecuencias para México? Depende. Se trata de un personaje obstinado que sigue insistiendo en los temas de la deportación de inmigrantes, la aplicación de tasas impositivas especiales a las exportaciones de México hacia los Estados Unidos y la modificación radical del Tratado de Libre Comercio con América del Norte. Pero, como veremos después, para que todo eso se pudiera dar, hay varios factores en juego, dos de ellos de mucho peso: El Congreso norteamericano y los intereses empresariales. Y el escenario no mejoraría si llegara a ganar Hillary Clinton, ella se siente agraviada por el gobierno de México. Se dice que la cancillería mexicana hizo hasta lo imposible para que Peña Nieto se pudiera reunir con ella en Nueva York, aprovechando la visita que el presidente mexicano hizo a esa ciudad para participar en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Tampoco aprovechó su estancia en el consulado general de México en Nueva York, como señalaron varios columnistas, para atender los múltiples problemas que plantean allí los inmigrantes mexicanos, a los que dijo defender en su discurso ante la ONU.

Ahora bien, aunque Donald Trump llegara a convertirse en el nuevo inquilino de la Casa Blanca, no le resultaría fácil llevar a la práctica las promesas que ha formulado en contra de los inmigrantes, especialmente los mexicanos y los musulmanes. Estados Unidos es un país de contrapesos y se requiere la aprobación del Congreso para casi todos los temas planteados por Trump. A eso se agrega el interés de los empleadores norteamericanos, especialmente los del sector agrícola, en el cual trabajan muchos de los mexicanos que Trump amenaza con deportar. Hace algunos años tuvo un gran éxito de taquilla una película llamada “Un día sin mexicanos”. Se hacía referencia solamente al estado de California. Hay muchos oficios que son desempeñados casi exclusivamente por mexicanos: Jardineros (la mayor parte de quienes se dedican a esto provienen de Calvillo, Aguascalientes), camareras en los hoteles, meseras y meseros, cocineras y cocineros, personal de servicio doméstico, niñeras, etc. Se forman redes solidarias. Por ejemplo, una buena parte de quienes trabajan en los hoteles de California provienen de los Altos de Jalisco. En la medida en que se abren nuevas oportunidades de trabajo, invitan a sus paisanos, muchos de los cuales son sus parientes. Dejan a sus familias en México y regresan periódicamente, sobre todo cuando ya tienen legalizada su situación migratoria. En la película se muestra como “un día sin mexicanos” produce un desquiciamiento total en las actividades de la vida cotidiana. Las madres se verían obligadas a dejar sus trabajos. En muchos casos esto representaría una disminución del 50% en los ingresos del hogar.

En el caso de pretender aplicar una sobre tasa del 35% a las exportaciones mexicanas hacia los Estados Unidos, aparte de la aprobación del Congreso se tendría que considerar el cabildeo por parte de las compañías exportadoras. Los cabilderos en Washington constituyen una verdadera legión, toda una industria. Hay libros enteros sobre cómo funciona eso. Encarecer los productos en un 35% dejaría fuera del mercado a muchas compañías que no estarían dispuestas a “tirar la toalla” en la primera oportunidad. Así es que, como se dice coloquialmente en México, “esto no es enchílame otra”.

En el caso de la política exterior, el asunto es aún más complicado. EU sigue siendo la primera potencia mundial y tiene en sus manos el tablero de comando del arsenal nuclear. Como dijo Michelle Obama, el presidente norteamericano tiene “en la yema de los dedos” el destino del mundo, literalmente. Donald Trump es contradictorio. Dice que admira al presidente ruso Vladimir Putin pero también dice que estaría dispuesto a detonar el botón rojo del arsenal. Una bomba nuclear sobre Rusia implicaría, de manera casi inmediata, la desaparición de Alemania. Como resultado de la Segunda Guerra Mundial, Alemania quedó impedida de poseer armamento nuclear. A menos, claro, que los países de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) pudieran impedir un ataque de ese tipo. Y no olvidemos que el estado norteamericano de Alaska está a unos cuantos kilómetros del territorio ruso.

Por fortuna, los asuntos estratégicos de la política norteamericana se resuelven en sesión formal de gabinete. En la Casa Blanca hay una mesa especial para ese tipo de reuniones, todos los sillones tienen el nombre de quienes deben ocuparlos: Presidente, secretarios de Estado, procurador, el embajador ante la ONU, etc. Las decisiones más graves se toman por mayoría calificada de dos tercios de los presentes. El objetivo es evitar que una decisión que pudiera afectar el destino de la humanidad se llegara a tomar como resultado de la locura o la insensatez de una sola persona. Toda proporción guardada, me parece que no estaría mal que en México se tuviera un mecanismo semejante. Aquí el Presidente convoca a una reunión de gabinete y al final hace lo que ya tiene decidido de antemano. Así ocurrió con la visita de Donald Trump a Los Pinos, fue convocado todo el equipo de colaboradores de Peña Nieto, fueron consultados y todos estaban en contra, con excepción del Presidente y del entonces secretario de Hacienda Luis Videgaray que había sido el autor original de la propuesta. Seguramente los que estaban en contra se preguntaron para qué habían sido llamados si la decisión estaba tomada. “Elemental, mi querido Watson”, como dijera el célebre Sherlock Holmes.