Jesús Orozco Castellanos

Comentábamos la semana pasada que el serial taurino de la Feria de San Marcos es uno de los más importantes del mundo. A diferencia de lo que ocurre en la Plaza México, donde la temporada taurina dura varios meses con una corrida por semana, aquí se torea todos los días. Suelen ser más de diez corridas y algunas novilladas. Se presentan las más destacadas figuras del momento, igual que en México y en España. Los toreros cobran caro, aunque no tanto como en la plaza México o en los ruedos españoles. Debo confesar que no estoy muy actualizado en el tema. Hace varios años que no voy a una corrida de toros. Sin embargo, por lo que se lee en los medios, las grandes figuras de la tauromaquia se siguen cotizando muy bien. Algo que tradicionalmente favorecía las grandes entradas en las plazas de toros era la escasa difusión en los medios electrónicos, especialmente la televisión. Quizá los empresarios taurinos harían bien en observar lo que está ocurriendo con algunos deportes en Estados Unidos. Es el caso del béisbol. Tal vez por la difusión televisiva, comienzan a verse grandes huecos en los estadios: aforos de la mitad o incluso de la cuarta parte de la capacidad total. Hoy en día muchos estadios de las grandes ligas lucen semivacíos. Esto no ocurría hace apenas dos o tres años. Los escenarios estaban a reventar. A la larga esto pudiera afectar el desarrollo del espectáculo. Los jugadores necesitan la presencia del público, sobre todo para el aplauso. Cuando se produce un cuadrangular importante, el público le pide al bateador que salga de la caseta para recibir una ovación. Salen, se quitan la gorra y saludan. Decía el inolvidable “mago” Septién que los jugadores salían al campo partiendo plaza, “como los grandes toreros en la Maestranza de Sevilla”. ¡Vaya frase!

En el tema de los toros, hay una corriente de opinión pública, en España y en México, que se opone a la fiesta brava, con el argumento de que se aplica una excesiva crueldad con los animales. De hecho en España ya hay algunas ciudades en las que están prohibidas las corridas. Hay quienes afirman que si esta corriente sigue prosperando, podrían inclusive suspenderse las corridas por completo. Me parece que difícilmente se llegaría a ese extremo. Tal vez podría llegarse a la solución intermedia que hay en Portugal: no matan a los toros. Los regresan vivos a los corrales. Creo que el castigo a los bureles es inherente a la fiesta brava. En México los toros en las grandes plazas tienen un peso promedio de 460 a 480 kilos. En España son un poco más pesados. Enfrentarse sin castigo previo a animales de ese tamaño, con la bravura y el poderío que tienen, sería una locura. Cuando el astado sale de los corrales de la plaza, le colocan en el lomo una lanceta con las telas de los colores de la ganadería. Así se torea el primer tercio en el que los diestros usan un amplio capote. Enseguida viene la suerte de varas que aplica un picador a caballo. La pica debe medir unos 25 centímetros. Es el castigo más severo porque en ocasiones el picador mete la vara dos o tres veces. Después se colocan las banderillas. Si todas quedan en su sitio son seis. La punta debe medir unos diez centímetros. Con todo ese castigo, el toro pierde fuerza y queda listo para que la lidia se haga con una capa de mucho menor tamaño que el capote. Algunos toreros famosos como Manolo Martínez utilizaban capas muy amplias. Había quienes le decían “Manolo telones”. Para matar al toro se utiliza una espada como de medio metro. Si el animal no cae, se echa mano de un estoque para una operación que se llama descabello. Se aplica detrás de la nuca y es una especie de daga de unos 12 centímetros. Si el toro cae muerto con la primera espada, uno de los mozos de la cuadrilla le clava en la nuca una pequeña puntilla de metal para rematarlo. Hay ocasiones en que lo hacen mal y el toro se levanta, provocando una visible rabieta del torero, sobre todo cuando ya saboreaba las mieles del triunfo después de una faena. Si el torero se tarda demasiado en matar, el juez de plaza le manda de uno a tres avisos por medio del trompetista que tiene a un lado. Esto puede tener repercusiones serias a la hora de premiar una faena. Los premios son: una oreja, dos orejas, dos orejas y rabo. El premio mayor es el indulto. Cuando se concede, el toro regresa vivo a los corrales para ser atendido por los veterinarios de la plaza. Al sanar, esos ejemplares se convierten en sementales. Son valiosísimos. Representan la mejor forma de preservar una buena raza de ganado bravo.

En alguna ocasión le dijeron al periodista deportivo José Ramón Fernández que en Aguascalientes había generaciones de toreros. Él respondió que hay algo más. Hay dinastías de toreros, dijo. En efecto, actualmente ya despuntan los hijos o nietos de las grandes figuras: los Adame, los Armilla, los Macías, los Saldívar. Se presentan en las mejores plazas de México y España y todos cobran como los buenos. Alguien me decía que las grandes figuras cobran actualmente por lo menos un millón de pesos por corrida en la Plaza México. Si la plaza de Aguascalientes es considerada la segunda más importante del país, ya podremos imaginar el monto de los honorarios. Como se decía antes, torean con la izquierda y cobran con la derecha. Se dejan querer.

Creo que la tradición de la tauromaquia va para largo, por lo menos en México. Los dirigentes del Partido Verde se han opuesto sistemáticamente a la exhibición de animales en los circos. Pero por alguna extraña razón, guardan silencio en el tema del maltrato a los toros en las corridas. ¿Qué es peor, que un león se muera de aburrimiento en la carpa de un circo, o que un toro tenga que sufrir un interminable castigo con lancetas, varas, banderillas, espadas, estoques y puntillas? No hay punto de comparación. Yo debo confesar que durante algunos años fui aficionado a la fiesta brava. A mis hijos les repugna. Alguna vez me tuve que salir antes del final porque ellos estaban asqueados. Me comporté como los turistas gringos que van a la Plaza México. Es parte del paquete que les diseñan en su visita a la Ciudad de México. Se salen después del tercer toro. Piensan que lo que sigue es una mera repetición. Sus guías les consienten esa ignorancia porque saben que no tienen la menor idea del sentido del espectáculo. Se quedan impávidos cuando la gente grita un ole.

En fin. Desde mi punto de vista, es preferible que se supriman las corridas a que la lidia se realice sin castigo, al estilo de los “forcados” portugueses. Incluso el toreo a caballo con el uso de rejones, también a la usanza portuguesa, termina con la muerte del astado. Al final de la faena, el rejoneador se baja del caballo y desenvaina la espada para matar al toro. Y eso de los “forcados”, además de que es riesgoso, es algo que a la gente no le interesa en México. A final de cuentas es un espectáculo circense como el de los “niños toreros” que se realizaba en México hace algunos años. Eran enanos que salían al ruedo para hacer el intento de torear. La gente se  aburría a más no poder. En lugar de aplausos provocaban bostezos. Para quienes saben de toros, los pases en redondo de Manolo Martínez, sobre todo con la mano derecha, no tenían comparación. Los remataba con pases de pecho impecables. Alguna vez Manuel Benítez “el cordobés” le ligó 85 pases a un toro, pero eran pases cortos, deshilvanados, sin mayor atractivo para el público. Martínez toreaba con profundidad y la plaza se venía abajo. ¡Ole!