Jesús Orozco Castellanos

La economía mexicana sigue como los enfermos de antes: “arrastrando la cobija”. La Secretaría de Hacienda acaba de anunciar que el crecimiento económico para el presente año estará rondando el 2% del PIB. Es mucho menos del 3.5% que originalmente se había proyectado. El estancamiento se debe básicamente a dos factores: la parálisis de la economía norteamericana y la caída de los precios y la producción de petróleo. La mezcla mexicana de crudo sigue por debajo de los 40 dólares el barril. La producción no ha podido superar los dos millones 200 mil barriles diarios, uno de los niveles más bajos en los últimos diez años. Además, el panorama se ve difícil por el reingreso de Irán a los mercados de hidrocarburos. Quienes conocen de finanzas públicas afirman que en un escenario como éste sólo hay tres opciones para el gobierno: subir los impuestos, contratar más deuda o reducir los gastos.

Después de la reforma fiscal del año 2013, se ve difícil un incremento de los impuestos. Los empresarios señalan que las empresas no lo resistirían y muchas de ellas irían a la quiebra, con la consecuente pérdida de empleos. La idea de subir el IVA de 16 a 20% es verdaderamente demencial, considerando que en los próximos dos años habrá elecciones en más de la mitad de las entidades de la República y en el 2018 tendremos elecciones presidenciales. Contratar más deuda también se ve difícil. La banca internacional impone condiciones muy severas a los países endeudados, como es el caso de México. Por si fuera poco, hay estados como Nuevo León y Coahuila que tienen deudas estratosféricas que deberá enfrentar el gobierno federal en última instancia porque no va a quedar otra salida. Reducir el gasto sí es posible pero a la hora de la hora nadie quiere ceder. Bajar los sueldos a la burocracia de mediano y alto nivel significaría un ahorro de cuando mucho unos 800 millones de pesos. En una declaración sin precedentes, Martí Batres dijo, seguramente a nombre de López Obrador porque es uno de sus voceros, que una medida como ésa representaría un ahorro de 300 mil millones de pesos y que con esos recursos podrían salir de la pobreza 57 millones de mexicanos. Así lo afirmó. Jamás había escuchado yo una declaración con semejante grado de irresponsabilidad. Cuando AMLO era candidato presidencial en el 2006, le dijo a Jorge Castañeda una barbaridad parecida. Castañeda le hizo las cuentas con todo detalle y le demostró que, en efecto, el ahorro no superaba los 800 millones de pesos. Por supuesto que no le hizo caso. Como todos los mitómanos, AMLO está convencido de sus propias mentiras. El problema es que, de llegar a la Presidencia de la República en el 2018, seguirá convencido de lo que señala Batres. Cuando le digan que eso no es posible, sería muy probable alguna ocurrencia de su parte, como podría ser la reducción de las reservas internacionales a la mitad del nivel que llegaran a tener en ese momento. Como tampoco entiende para qué son las reservas, menudo lío se podría armar. Y cómo decirles a esos 57 millones de pobres que tendrán que seguir como están porque el señor Batres cometió un error de cálculo: la diferencia entre 800 y 300,000 es abismal, como de casi 400 veces.

En estos momentos estamos viendo cómo el Banco de México está inyectando cientos de millones de dólares al mercado cambiario para contener las presiones contra el peso. Para eso son las reservas y por fortuna las que ahora se tienen ya casi llegan a los 200 mil millones de dólares. Los presidentes de la República en los 15 años más recientes han entendido que los fundamentos de la economía son intocables. En el pasado, el desconocimiento de esos temas nos llevó a varias tragedias, siendo la peor de todas la del famoso “error de diciembre” (de 1994), cuando el presidente electo Ernesto Zedillo cometió el gravísimo error de anunciar anticipadamente a los empresarios que el peso sería devaluado. Los hombres del dinero vaciaron las arcas del país. Un millón de familias se quedó sin empleo, sin automóvil o sin casa. De no haber sido por el gobierno de los Estados Unidos, que le inyectó 50 mil millones de dólares a la economía mexicana, nos habríamos quedado en la calle. Por cierto, se trata del gobierno al que tanto detestan las izquierdas mexicanas. Esto me hace recordar una anécdota. En alguna ocasión, durante los años 60 del siglo XX, se entrevistaron el presidente de México, don Adolfo López Mateos, y el de Yugoslavia, el mariscal Josip Broz Tito, una especie de dictador. Este último le preguntó a López Mateos cuál era el principal problema de México. Don Adolfo le respondió de inmediato: Estados Unidos y los tres mil kilómetros de frontera que tenemos con ese país. Su colega le contestó que Yugoslavia daría cualquier cosa por tener un kilómetro de frontera con los Estados Unidos. Uno solo (nada más) para hacer llegar sus productos al mercado más grande del mundo (lo era y sigue siendo). Por otra parte, hay quienes han señalado que el Tratado de Libre Comercio con América del Norte, que le permitió a México aumentar sus exportaciones de manera exponencial (diez veces más), salvó a nuestro país de un colapso. Los hechos son los hechos, aunque algunos grupos no los quieran aceptar.

Para el ciudadano común, la evolución de la economía nacional quizá tenga un impacto poco relevante, en la medida en que la inflación siga estando bajo control y a la baja, como ha venido ocurriendo en las últimas semanas. Me refiero a las personas que no compran dólares y que viven de un empleo. La excepción es la de aquellos que compran dólares porque viajan a Estados Unidos para visitar a sus familiares o para intentar conseguir un empleo.

La situación de las empresas es muy diferente, especialmente aquellas que realizan operaciones de exportación o importación de productos. Hasta el momento las autoridades hacendarias de México o bien las condiciones del mercado han logrado frenar el impacto que tradicionalmente tienen esas operaciones, en dólares, sobre el consumidor final. Hace algunos años eran comunes las anécdotas de las señoras que vendían gorditas o quesadillas a las afueras de su casa y que subían el precio de sus productos con el argumento de que “subió el dólar, señor”. Las cosas han cambiado y pareciera que ya nadie se cree esos cuentos. La economía y el mercado cambiario están directamente relacionados pero caminan por carriles diferentes.

Con respecto a las cifras oficiales sobre el desarrollo de la economía (crecimiento, inflación, mercado cambiario) que proporcionan tanto el Banco de México como el INEGI, hay quienes las cuestionan “a priori”. Lo mismo ocurre con los datos sobre el crecimiento demográfico. En las discusiones sobre estos temas con los amigos o parientes, siempre les he dicho que son las únicas cifras con que contamos. Es muy difícil contrastarlas o contradecirlas. Ni los expertos logran hacer esa tarea. La inflación, por ejemplo, la establece el Banco de México tras analizar el comportamiento, en todo el país, de más de un centenar de productos básicos. Difícilmente habría un método mejor. Lo mismo ocurre con los datos demográficos del INEGI. Los censos no constituyen una muestra: es todo el universo poblacional, el 100%. El margen de error es bajísimo, casi nulo. Es la información que tenemos, es lo que hay.