Jesús Orozco Castellanos

El miércoles por la noche terminó la visita del papa Francisco a México. Parece que se fue muy contento porque se cumplieron sus expectativas: se reunió con las autoridades civiles federales (además de algunas estatales) y con los obispos de todo el país; visitó la Basílica de Guadalupe; asistió a una misa multitudinaria en Ecatepec, estado de México, uno de los municipios más grandes del país y con mayor grado de pobreza; fue a Chiapas para escuchar a los grupos indígenas y rezar ante la tumba del obispo Samuel Ruiz; visitó Morelia, capital de uno de los estados emblemáticos de la violencia en México, además de ser uno de los bastiones tradicionales del catolicismo y de la labor misionera, la emprendida por don Vasco de Quiroga; estuvo en Ciudad Juárez para atender los reclamos de los migrantes. El Papa escogió los lugares a visitar y la agenda temática. Pudo constatar la enorme religiosidad del pueblo de México. Dijo al final que por momentos sintió ganas de llorar al ver tanta esperanza de los mexicanos en el futuro de su país. Uno de los comentaristas de televisión decía que con frecuencia hablamos de manera despectiva de la religiosidad popular, pero qué diéramos por tener algo, aunque fuera un poco, de esa religiosidad, de esa profunda fe que anida en los corazones de millones de mexicanos, particularmente entre los grupos indígenas. Tiene toda la razón, al menos para quienes somos creyentes.

Se puede decir y comentar muchísimo de lo ocurrido durante la visita del Papa, sobre todo de sus mensajes. Pero por ahora quiero detenerme en algo que me hizo recordar algo personal. Al terminar la visita a la Basílica de Guadalupe, el periodista Joaquín López-Dóriga comentó que en la sacristía del recinto, le sería otorgada al Papa una medalla al mérito por parte de monseñor Jorge Palencia. Resulta que se trata de una persona a la que conozco. A principios de los años 70 vivía yo en la Ciudad de México y tenía un amigo que se estaba preparando para sacerdote dentro de una orden religiosa. Vivía junto con otras dos personas en una casa, muy bonita, por cierto, en una colonia al poniente de la ciudad. Pues bien, una de esas dos personas era Jorge Palencia Ramírez de Arellano, sobrino del entonces secretario de Gobernación, Mario Moya Palencia, durante el sexenio del presidente Luis Echeverría. Mi amigo siguió por otro camino y está felizmente casado, en tanto que Jorge Palencia abandonó la orden para incorporarse como sacerdote diocesano a la Arquidiócesis de México. Actualmente es Arcipreste y Sacristán Mayor de la “Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe”. En otras palabras, es el segundo de a bordo. Cuando escuché su nombre y vi su fotografía, le pregunté a mi amigo si es el mismo. Me contestó sin la menor duda que sí. Además de sobrino de un secretario de Estado, al parecer está conectado con la aristocracia porfiriana. Es lo que se decía. El título de “monseñor” es honorífico porque no es cabeza de ningún obispado. Hay muchos así.

Ahora bien, el tema me lleva a una pregunta para la que no tengo respuesta: ¿Qué hace la Iglesia católica, en este caso la de México, con los enormes recursos económicos que recibe? En cuanto a la Basílica, se ha dicho que el 12 de diciembre y los días previos de cada año (cuatro o cinco) hay una afluencia de seis a siete millones de peregrinos a lo largo de casi todos los días. Todos dan limosna. Supongamos, en un cálculo muy conservador, que la aportación por persona sea de unos 20 pesos. Estamos hablando de 120 a 140 millones de pesos en esos días. Además, durante todo el año hay peregrinos de diversos lugares del país. Son multitudes, sobre todo de los estados aledaños a la Ciudad de México: Querétaro, Puebla, estado de México, Tlaxcala, Hidalgo. ¿Qué cantidad le aportará la Basílica a la Arquidiócesis de México o al Vaticano? No lo sé. En Aguascalientes, las parroquias están obligadas a entregar el 20% de sus ingresos al obispado. Si se tratara de la misma proporción, de cualquier forma la Basílica tendría remanentes por cientos de millones de pesos. ¿A dónde van a parar? No lo sabemos. Monseñor Guillermo Schulemburg fue abad de la Basílica durante 33 años (ya no hay abades, ahora se llaman rectores). Era todo un personaje. Se cubría con abrigos carísimos y guantes de piel. Sus vehículos eran Mercedes Benz, tal vez porque en México no había Rolls Royce. Jugaba golf. Se codeaba con los hombres más ricos y poderosos del país. Y en el colmo del cinismo, en alguna ocasión declaró que él no creía en las apariciones de la Virgen ni en la existencia del indio Juan Diego. Eso le costó el puesto, como era de esperarse.

Sin embargo, no todas las parroquias son ricas. Cuando participé en los trabajos del Tercer Sínodo Diocesano, algunos párrocos se quejaban de que los recursos no les alcanzaban. Ciertamente, desde hace algunos años el obispado les paga un sueldo mensual a todos los sacerdotes, nada del otro mundo pero al fin una ayuda, que se complementa con las limosnas. En las parroquias “ricas” como Bosques, Catedral, Guadalupe, El Encino o San José, el complemento es considerable. San Diego y San Antonio están a cargo de los franciscanos y los agustinos, respectivamente. La tarifa por las bodas en San Antonio es de varios miles de pesos. Pero hay parroquias muy pobres, sobre todo al oriente de la ciudad. Recuerdo que uno de los párrocos se quejaba de que las limosnas apenas rebasaban los siete mil pesos mensuales, el equivalente a lo recaudado en dos misas dominicales en la iglesia de Bosques. Y había que descontarle el 20% de aportación al obispado. A menudo son parroquias con dos sacerdotes. No hay forma de mantenerse con los estándares mínimos de bienestar. Si consideramos que en muchos casos los párrocos tienen que hacerse cargo del sostenimiento de su familia (padres y hermanos), a duras penas les alcanza para sobrevivir.

Dentro de los trabajos del Sínodo, varios de los integrantes propusimos que se creara un fondo común para poder ayudar a las parroquias más pobres. Había mucha resistencia y supongo que la sigue habiendo. Se argumentaba que la Diócesis dispone de un fondo de pensiones y jubilaciones que se llama Fraterna Ayuda Sacerdotal de Aguascalientes (FASA). Lo fundó el padre José Guadalupe Díaz Morones, que fue durante muchos años director del Colegio Portugal. El fondo es excelente y está muy bien dotado, pero sólo aplica en el caso de sacerdotes en retiro. Quienes están en activo y en situación precaria, en la práctica sólo disponen del salario mensual que les otorga el obispado.

Me parece que el Vaticano tiene margen para implementar medidas de equidad entre todas las parroquias, sobre todo ahora que el Papa Francisco está llevando a cabo una reforma administrativa dentro de la curia romana. Seguramente en la Arquidiócesis de México también hay parroquias pobres. Al establecerse fondos comunes, los remanentes de la Basílica, que doy por hecho que los hay, se podrían aplicar a las comunidades más pobres, en lugar de que los altos jerarcas se den vida de príncipes. El Papa les dijo con toda claridad a los obispos que “no queremos príncipes”. Desconozco si le harán caso. Un amigo me comentaba que las oficinas del arzobispado de México son de un lujo exuberante. Apenas si se puede caminar por las alfombras de 15 centímetros de alto. Y qué decir de los automóviles: puro Mercedes Benz.