Jesús Orozco Castellanos

Finalmente llegó a su fin la participación de México en los juegos olímpicos de Río de Janeiro. El resultado en cuanto a medallas obtenidas fue inferior a lo esperado por parte de los dirigentes del deporte olímpico en México. Esperaban un resultado similar al de Londres 2012: 7 medallas, una de oro, tres de plata y tres de bronce. En Río, México ganó cinco medallas, tres de plata y dos más de bronce; María del Rosario Espinoza salvó la tarde.
Más allá del resultado que al final no fue tan malo como apuntaba en un principio, fue lamentable la actuación irresponsable y frívola de Alfredo Castillo, presidente de la Confederación Nacional de Educación Física y Deporte, la Conade. En el fondo refleja la muy escasa importancia que los tres órdenes de gobierno le dan al deporte en México y en especial al de alto rendimiento. Y también es el reflejo de algo que ha caracterizado al actual gobierno federal: El amiguismo. Por eso llegó Alfredo Castillo a la Conade, porque es amigo del Presidente de la República, pese a que se trata de un sujeto impresentable que aprovechó los juegos de Río para su diversión.
Antes, los atletas y los dirigentes deportivos utilizaban el deporte como trampolín para saltar a la política. Felipe, el “Tibio” Muñoz fue diputado federal, Ana Gabriela Guevara ocupó un cargo en el gobierno de la Ciudad de México, y así hubo varios casos más. Ahora se procedió al revés. Pusieron a un político al frente del deporte, los resultados están a la vista.
Un caso aparte es el de Mario Vázquez Raña, un mediano empresario muy afortunado. Fundó una tienda de muebles más o menos exitosa. Después se convirtió en dueño de la cadena periodística de los “soles”, que tenía como punta de lanza “El Sol de México”. En realidad fue prestanombres porque el ex presidente Luis Echeverría le expropió la cadena a su fundador, el coronel José García Valseca, un militar revolucionario muy amigo de don Maximino Ávila Camacho, el pretexto fue un adeudo. Se dice que Echeverría quería la empresa para sí mismo pero para poder operar el negocio se asoció con Vázquez Raña. Ya como hombre de poder, Vázquez Raña se convirtió durante décadas (murió en el año 2015) en el zar del deporte olímpico en México, él hacía y deshacía. Obviamente con un esquema de ese tipo no se podía esperar gran cosa de los atletas mexicanos. De alguna manera las olimpiadas de 1968 que se llevaron a cabo en nuestro país fueron la excepción de la regla, se consiguieron nueve medallas: tres de oro, tres de plata y tres de bronce; digamos que fue la excepción a medias porque un país del tamaño de México podría dar mucho más. Estamos viendo ahora cómo países pequeños como Jamaica, Bermudas o Lituania conquistan el oro en todas las competencias en las que participan. En cambio, en México se festeja una medalla de bronce como si fuera una gran hazaña deportiva. Igual ocurre con los campeonatos de futbol soccer. Sólo en una ocasión, en México 1986, nuestro país ha llegado a cuartos de final, lo que significa colocarse entre los ocho mejores del mundo, y tal vez ocurrió porque México fue la sede. Fuera de esa competencia mundial, siempre nos quedamos esperando el “quinto partido”. Y la reflexión es la misma: El futbol en México es practicado por decenas de millones de niños y jóvenes, pero al final de la cadena se imponen los intereses comerciales por encima de los deportivos. Los jugadores seleccionados para el mundial no necesariamente son los mejores, son los que escogen las grandes cadenas de televisión y los principales empresarios de ese deporte.
Comentaba yo en mi artículo anterior, que el éxito de un país como Estados Unidos en los juegos olímpicos se explica en buena medida por la estructura colegial que tienen los deportes en ese país. Estados Unidos es uno de los países que menos recursos económicos destinan al deporte y, no obstante, arrasan en el medallero cada cuatro años. Además, se forman atletas en las escuelas porque en todas hay la infraestructura necesaria: Gimnasios, albercas, pistas de atletismo, canchas de todo tipo de deportes. En nuestro país, solamente ciudades como México y Guadalajara disponen de la infraestructura suficiente. En Aguascalientes, por ejemplo, se construyó una alberca olímpica que a lo largo no tenía la distancia reglamentaria de 50 metros, le faltaban 16 centímetros. Los nadadores interesados en romper marcas tenían que recorrerla a lo ancho, donde sí alcanzaba los 25 metros que establece el reglamento. No sé si ya se resolvió el problema porque se trataba de algo realmente digno de Kafka. La única alberca con medidas reglamentarias era (o es) la del fraccionamiento Campestre, a la que difícilmente tienen acceso las clases populares. Únicamente los socios.
Ahora bien, además de la escasez de recursos para promover el deporte, también hay que tomar en cuenta el orden de prioridades. Habiendo escuelas primarias con piso de tierra y telesecundarias sin electricidad, difícilmente se pensará en construir allí canchas de basquetbol, seguramente las clases de educación física se imparten a campo abierto. Y están peor los estados de Michoacán, Guerrero, Oaxaca y Chiapas, en los que ni clases hay; los maestros se mantienen en paro porque no están dispuestos a perder sus privilegios, les tiene sin cuidado la educación de los niños y jóvenes.
Tal vez los resultados de los juegos olímpicos constituyen la mejor muestra de la mediocridad por la que atraviesa nuestro país. Un reportero le preguntó al Ing. Cuauhtémoc Cárdenas, uno de los fundadores del PRD: “¿Cómo ve a su partido ingeniero?”. “Muy enredado”, le contestó. Le formuló otra pregunta: “¿Y cómo ve al país?”. La respuesta fue categórica: “En materia de combate a la pobreza, crecimiento económico, educación y salud, estamos como en los juegos olímpicos, en cero”. En ese momento México aún no ganaba una sola medalla. Me parece que la respuesta sigue siendo válida, sólo hay que matizarla para ponerla en estos términos: “Casi en ceros”.
Sin embargo, la pobreza tradicional de nuestros logros olímpicos no puede hacernos olvidar la grandeza individual de algunos deportistas. Me viene a la mente Fernando Valenzuela. En días pasados comentaba en un artículo León Krauze (hijo de Enrique, el notable historiador) que cuando tenía seis años sus padres lo llevaron al estadio de los Dodgers de Los Ángeles a ver un partido en el que lanzó y ganó Fernando Valenzuela. Ahora León Krauze radica en Los Ángeles, al igual que Valenzuela, que se convirtió en directivo del equipo en el que tuvo sus años de gloria. Krauze decidió entrevistarlo y le preguntó por qué se sentía tan seguro al momento de lanzar. La respuesta no pudo ser más contundente: “Porque sabía lo que tenía en el brazo”. También le preguntó si en el momento de sus mayores éxitos se había dejado llevar por los elogios que en algunos casos llegaron al extremo de considerarlo un hombre “sexy”. Valenzuela le contestó, con la misma sencillez de siempre, que esas cosas nunca le importaron porque él sólo estaba concentrado en su trabajo, en hacer las cosas de la mejor manera posible. Alguna vez el mánager de los “expos” de Montreal lo ninguneó y el gran “mago Septién” dijo: “Y Valenzuela le contestó sacándolos de la Serie Mundial”. Esos son atletas.