Jesús Orozco Castellanos

Eran las 7 de la mañana con 19 minutos del día jueves 19 de septiembre de 1985. Hace ya 30 años. Sentí el estremecimiento de la tierra con una fuerza que parecía anunciar el fin del mundo. Era como un inmenso bramido. Vivía yo en la Ciudad de México con uno de mis hermanos en el cuarto piso de un edificio de departamentos. Era muy arriesgado bajar por las escaleras para escapar hacia el camellón de la avenida División del Norte. Nos colocamos bajo el quicio de la puerta de entrada. Aquello parecía interminable. Eran segundos eternos. Fue un terremoto de 8.1 grados en la escala de Richter. Fue peor que el del año 1957, cuando se cayó el Ángel de la Independencia. Los expertos decían que el sismo del 85 sólo era comparable a uno que ocurrió en tiempos de la colonia. Entonces no había los instrumentos de medición de ahora, pero fue tan largo que los cronistas de la época afirmaron: “Duró lo que dura un Credo…rezado con devoción”. Eso es una eternidad en un temblor.

Recuerdo que la conductora de Televisa Lourdes Guerrero les dijo a sus colegas: “Parece que está temblando. No se preocupen, ya pasará”. Se cortó la transmisión que tenía lugar en los estudios de Avenida Chapultepec, ubicados en la zona centro. Varios empleados de esa empresa murieron al tratar de saltar de un edificio a otro. Jacobo Zabludovsky comenzó a transmitir desde su coche que tenía teléfono. Entonces no había celulares. Esos teléfonos de automóvil eran carísimos y solamente las empresas podían darse el lujo de proporcionarlos a sus empleados, como lo hacía Televisa.

Recuerdo que salí con mi hermano a dar una vuelta por la colonia Roma. Aquello era inenarrable por las dimensiones de la devastación. Surgieron espontáneamente cuerpos de voluntarios que se dedicaron a rescatar cadáveres y personas con vida. Si algo se le criticó al presidente Miguel de la Madrid fue la reacción tardía del gobierno federal ante la tragedia. Entonces la Ciudad de México era un Departamento del Distrito Federal que dependía directamente de la Presidencia. Esos voluntarios dieron inicio a lo que ahora se conoce como la sociedad civil. Algunos de ellos fueron conocidos como los “topos” por la pericia que mostraron al deslizarse por pequeñas hendiduras en busca de las personas que fueron aplastadas literalmente por enormes lozas de concreto. En la Unidad Habitacional Nonoalco-Tlatelolco, un edificio completo, el Nuevo León, se cayó como regla. Allí vivían algunos parientes del tenor Plácido Domingo, quien se dio a la tarea de participar en las labores de rescate. Un amigo mío que vivía allí se salvó gracias a que tenía la cama atornillada a la pared. De lo contrario, hubiera salido disparado por los aires, con todo y cama. Un grupo numeroso de costureras que trabajaban en la calle San Antonio Abad (así se llama uno de los primeros tramos de la Calzada de Tlalpan) murieron aplastadas por los escombros. El terremoto fue una tragedia humana de dimensiones colosales. Por eso llama la atención que un terremoto de 8.4 grados, que ocurrió en días pasados en Chile, haya costado la vida, hasta el momento, a “sólo” 12 personas. Claro que una sola muerte es motivo más que suficiente para lamentar, pero las dimensiones son importantes. No es lo mismo hacerse cargo de las necesidades de doce familias que de diez mil. Chile es un país especialmente propenso a esa clase de calamidades. Por eso ha desarrollado técnicas de rescate especialmente sofisticadas. El caso de la Ciudad de México es diferente porque el subsuelo es blando. El Palacio de Bellas Artes se terminó de construir en 1934 a ras del suelo. El hundimiento es ya de casi dos metros y no para. Los expertos señalan que fue un grave error construir semejante mole de mármol sobre un suelo fangoso. Finalmente la ciudad se construyó sobre un lago, en las ruinas de la antigua Tenochtitlán.

A raíz del terremoto se suspendió el servicio telefónico. Me era imposible comunicarme con mi familia que vivía en Aguascalientes. Afortunadamente, una de mis hermanas vivía (y vive) en Toluca. Nos fuimos a esa ciudad el fin de semana y desde allí pudimos comunicarnos con mis padres para decirles que afortunadamente nos encontrábamos bien. Hubo familias que se enteraron de la muerte de sus seres queridos por los medios de comunicación o por los dichos de terceros.El columnista Francisco Garfias recuerda que el día del terremoto él estaba en París porque era corresponsal del diario “Excélsior”. Como los teléfonos no servían y todavía no se utilizaba el fax y menos el internet, se pudo enterar de la situación de su familia porque un amigo le envió un mensaje vía télex (una especie de telegrama). Todos estaban bien.

Los muertos se colocaron en lugares públicos como el Parque de Béisbol del Seguro Social. Los heridos fueron atendidos en diferentes hospitales públicos y privados. Se ha dicho que unas 20 mil personas se fueron a vivir a otras casas. El número oficial de muertos fue establecido en poco más de cinco mil. Sin embargo, diversos cálculos señalan que la cifra fue por lo menos del doble. La destrucción material era incuantificable. Hubo cientos de edificios colapsados. El político sinaloense Enrique Jackson, entonces funcionario del Distrito Federal, afirma que la tarea de la reconstrucción total era prácticamente imposible. Equivalía a construir dos veces la ciudad de Durango. De hecho se construyeron 32 mil viviendas. Hasta la fecha hay edificios colapsados que no han sido reconstruidos. Los efectos más graves se dieron en las colonias del centro de la Ciudad de México y en varios condominios como los de Tlatelolco y la Unidad Habitacional Benito Juárez.

Yo quedé particularmente afectado por la tragedia. En coautoría con mi amigo Francisco Javier Núñez de la Peña, escribí una crónica de lo sucedido con el título de “EL TERREMOTO: una versión corregida”. Lo publicó el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Occidente (ITESO) (Guadalajara, 1988, 223 pp.). El prólogo es de Raúl Fuentes Navarro. Me parece que se trata de un texto valioso que recoge testimonios verdaderamente desgarradores.

Algunos llegamos a pensar que el despertar ciudadano generado por el terremoto era un parteaguas en la historia del país. Ahora pienso que sobreestimamos el fenómeno. Finalmente fue un hecho local, por más que la Ciudad de México es la capital política, económica, y cultural del país, además de ser el núcleo de una enorme conurbación. Adicionalmente, tal vez el hecho se magnificó por la enorme difusión mediática de la que fue objeto.

Hay quienes afirman que así como los jóvenes tomaron la iniciativa en las tareas de rescate, ante el vacío de autoridad que se produjo, en los días que corren es tiempo de que los jóvenes tomen en sus manos el destino del país. No estoy tan seguro de eso. La situación actual del país es difusa, si bien el hartazgo y la indignación ante los hechos de corrupción e impunidad que estamos padeciendo son generalizados.Comentando este tema con algunos jóvenes con edades que van de los 25 a los 35 años, me dicen hay dos grupos bien configurados: los que se interesan de alguna manera en los asuntos públicos y los que se mantienen indiferentes. Enfrentar a la actual clase política es algo que sólo se puede hacer en las urnas o mediante la movilización en las calles y eso implica un liderazgo que por ahora no se ve.