Jesús Orozco Castellanos

Con la reforma política que recientemente aprobó la Asamblea Legislativa del Distrito Federal se decidió, entre otras cosas, cambiar el nombre de la capital del país. Ahora se llamará Ciudad de México. En realidad así se le ha llamado casi siempre. El término Distrito Federal es, en todo caso, un concepto administrativo. O tal vez se trata de una imitación de lo que ocurrió en Estados Unidos, donde se creó el Distrito de Columbia como sede de los poderes federales. De hecho nuestro sistema federalista es igualmente un modelo importado de los propios Estados Unidos. En lugar de República Mexicana, se escogió el nombre más alejado de la realidad: Estados Unidos Mexicanos. Jamás lo hemos sido. En los hechos, la desunión nos ha caracterizado desde la independencia. Precisamente por eso perdimos más de la mitad de nuestro territorio a manos de quienes sí eran verdaderos estados unidos.

Apenas en tiempos recientes el federalismo viene cobrando forma en México y en el peor de los sentidos: los gobernadores hacen lo que les da la gana, sobre todo en materia financiera. La Federación es la que cobra impuestos y los transfiere a los estados, sin que éstos se vean en la obligación de rendir cuentas al gobierno federal. Lo hacen frente a los congresos locales que en muchos de los casos siguen las indicaciones del gobernador en turno. Y no sólo eso. Los estados contraen deudas estratosféricas a sabiendas de que, en última instancia, el gobierno federal entrará al rescate. Los casos de Coahuila, Veracruz y Jalisco son paradigmáticos. Por si fuera poco, esos recursos se gastan en cualquier cosa, menos en obras de desarrollo sustentable.

Ahora bien, la primera pregunta que hay que hacerse es cuál será el gentilicio aplicable a los habitantes de la Ciudad de México. Nos llamamos mexicanos todos los habitantes del país. Mexiquenses son quienes habitan en el estado de México. El término capitalinos será una opción porque la Ciudad de México seguirá siendo la sede de los poderes federales, es decir, la capital del país. Como sea, la capital continuará como el centro neurálgico de la política, la economía y la cultura. Y por supuesto que con el nuevo nombre no se resolverán los enormes problemas que hay en la Ciudad de México: vialidades sobresaturadas con casi cinco millones de automóviles; tráfico vertiginoso y asfixiante; pérdida enorme de horas-hombre debido a los trayectos a la escuela, el trabajo, los centros de esparcimiento y recreación; inseguridad pública;contaminación ambiental, etc. En la zona de Mixcoac se está construyendo un paso subterráneo. Un periodista trató de tomar un atajo y se equivocó. Regresó a la fila normal y tuvo que esperar 15 tandas de semáforos; una hora estuvo paralizado. Como este caso hay miles todos los días. Pese a todo esto, México seguirá siendo la ciudad con las mejores oportunidades de trabajo y la mejor oferta cultural del país. Y con mucho.

Por otra parte, con la reforma política desaparecerán las delegaciones para convertirse en municipios (hay quienes sugieren que se llamen demarcaciones territoriales, lo cual es una tautología, un término que se explica por sí mismo). La residencia oficial de Los Pinos estaría en el municipio de Miguel Hidalgo, a menos que se decida una nueva delimitación geográfica. Los municipios tendrían un sistema de recaudación distinto al que ahora tienen las delegaciones. De entrada tendrían recaudación propia. No me queda claro si la Ciudad de México, con sus áreas urbanas y rurales, sería una nueva entidad federativa como se ha venido comentando (el estado número 32). Actualmente decimos: México, D.F. ¿Cómo se tendrá que decir cuando entre en vigor la reforma?¿Ciudad de México, Ciudad de México, como Aguascalientes, Aguascalientes? Otro problema a considerar es qué va a pasar con los documentos oficiales: credencial de elector, pasaportes, recibos de agua, luz y teléfono. Cambiar las credenciales sería un problema mayúsculo. Igual sería con los ostros documentos. Recuerdo que en Aguascalientes se le cambió el nombre a una calle para ponerle David Reynoso. Las protestas de los vecinos fueron muchas y se pudieron superar a duras penas. Por fortuna era una calle muy pequeña. Hacer esos cambios con millones de personas afectadas, es algo apenas imaginable, pero inevitablemente se tendría que hacer.

La verdad es que en el balance de los pros y contras el doctor Miguel Ángel Mancera, jefe de gobierno de la Ciudad de México, podría salir perdiendo. Ya perdió una batalla, la del corredor cultural Chapultepec. Se le ocurrió someter a votación un proyecto muy interesante de saneamiento y promoción de la Avenida Chapultepec y de la zona rosa en general. Los vecinos se pronunciaron en contra por una amplia mayoría. Tal vez el señor Mancera no sabe que las obras públicas no se ponen a consideración de los ciudadanos. Simplemente se hacen. Para eso elegimos autoridades y en especial las del poder ejecutivo, que es el que hace, el que ejecuta. ¿Qué tanto gana con el cambio de nombre? ¿Está dispuesto a emprender cualquier aventura con tal de convertirse en candidato presidencial en el 2018? Ciertamente falta mucho para que la reforma sea totalmente aprobada y publicada. La tienen que aprobar el Congreso de la Unión y las legislaturas locales. El proceso podría terminar en el año 2017. No sabemos qué tanto pudiera quedar de la reforma original. Tal vez quedaría convertida en un conjunto de parches.

Hay quienes consideran la reforma como un éxito político del Dr. Mancera, al igual que la aprobación del nuevo Reglamento de Tránsito. Podría ser, aunque en el caso del Reglamento ya comenzaron las críticas. El escritor Juan Villoro dice que, de acuerdo con el Nuevo Reglamento, un niño en bicicleta puede ser considerado como peatón porque así quedó definido en ese documento. Concluyó Villoro su comentario señalando que a nuestros antepasados, un águila parada sobre una serpiente les pareció un país. Nos gustan las metáforas, dice, pero no exageremos. Tiene toda la razón.

Debo decir que a pesar de todos sus problemas, a mí me gusta la Ciudad de México, sobre todo ahora que voy en calidad de turista. Tiene 123 museos, la misma cantidad que hay en París. Las mejores exposiciones artísticas se exhiben primero en la capital del país y después llegan a las ciudades del interior. Anteriormente había funciones de teatro de martes a domingo. Ahora son de jueves a domingo. De lunes a miércoles los actores hacen giras en provincia. Hay docenas de teatros de muy buena calidad. Está la Cineteca Nacional que vale mucho la pena. Allí están los recintos arquitectónicos más emblemáticos del país. Por algo se le llama la ciudad de los palacios. La hotelería es de primera, mejor que en Europa, para decirlo en pocas palabras, tomando en cuenta la relación entre calidad y precio. Se calcula que hay cerca de 60 restaurantes de primer nivel y hay que tomar en cuenta que la mexicana es una de las tres mejores cocinas del mundo, después de la francesa y la china. Por lo menos así lo decía el gran escritor cubano Alejo Carpentier, que además de su calidad literaria, tenía un amplio conocimiento gastronómico. Y, por fortuna, no tengo que manejar automóvil soportando el caos de la ciudad. Mis traslados son en el Metro o en taxis. El Metro es incómodo pero eficiente y muy barato. El servicio de taxis es barato y más o menos seguro. En fin…