Jesús Orozco Castellanos

Desde hace algunos años se viene diciendo que Aguascalientes es una de las ciudades más seguras del país. Sin embargo, el tema de los robos a negocios y casas, con o sin violencia, es alarmante. Son delitos cometidos sobre todo por jóvenes. En la conversación con amigos y vecinos el tema es recurrente y por supuesto alarmante. Casi todos tenemos un pariente que ha sido víctima de algún tipo de asalto, en su casa, en su vehículo, o caminando por la calle.

Consideremos un universo de dos millones de jóvenes con edad suficiente para haber terminado una carrera profesional. De esos dos millones, sólo 300 mil terminaron su carrera y se titularon. De esos 300 mil, únicamente 100 mil son competitivos en el mercado de trabajo. En otras palabras, hay un millón 900 mil jóvenes en edad laboral que no tienen trabajo, que están en el subempleo, que cuentan con empleos mal pagados o que están en la economía informal. Así de grave es la situación. Esos jóvenes representan una muy importante fuente de reclutamiento para las bandas del crimen organizado. Otra opción es la emigración hacia los Estados Unidos. Otra alternativa, muy lamentable por cierto, es la delincuencia común: muchachos que roban al por menor, en muchos casos apenas lo necesario para satisfacer sus necesidades inmediatas de droga. Esto ocurre sobre todo en colonias populares como Insurgentes, Pilar Blanco, Potreros del Oeste y la gran mayoría de las colonias del oriente de la ciudad. Se han emprendido algunas acciones como el proyecto de la Línea Verde que puso en marcha la ex alcaldesa Lorena Martínez. Da la impresión de que ha sido insuficiente. Falta mucho por hacer, especialmente para atender las necesidades de los jóvenes.

Hay que reconocer que el problema de la delincuencia juvenil está presente en todo el país. Y pareciera que los gobiernos, tanto el federal como los estatales y municipales, carecen de programas articulados para dar respuesta a los requerimientos de los jóvenes y evitar con ello su incorporación a las filas de la delincuencia. Si sólo cinco de cada 100 jóvenes en edad laboral son competitivos en el mercado de trabajo, algo anda mal. El resto está condenado, si no al fracaso, sí a la frustración, al desengaño, a la pérdida de alicientes para seguir adelante. La sociedad entera, comenzando por los padres de familia, es responsable de lo que pasa con la juventud. Me resisto a creer que un muchacho se dedique al asalto de cadenas de tiendas y sus padres no estén enterados. Estamos propiciando la creación de un sistema de interacción social en el que privan la pobreza, la desigualdad y la delincuencia.

Veamos el tema de la desigualdad. Los jóvenes de clase media que han tenido la oportunidad de estudiar en buenos colegios, desde preescolar hasta la licenciatura o el posgrado, generalmente suelen obtener los mejores empleos, los mejor pagados. Se trata de un círculo virtuoso. De lo contrario, quienes han ido a escuelas de mala calidad y a duras penas terminan la educación media, están en la fila tratando de conseguir un empleo, así sea mal pagado. Peor aún, si no consiguen ese empleo, se verán en la tentación de ingresar a las filas de la delincuencia. En el mejor de los casos, si encuentran la forma de hacerlo, cruzarán la frontera norte para buscar trabajo en los Estados Unidos. Acabo de leer que una señora que produce artesanías en Oaxaca declaró que lo único que piden al gobierno es que les den la oportunidad de aprender inglés para vender sus productos en la Unión Americana. En este espacio he comentado los casos de éxito de personas que se van directamente de la montaña de Oaxaca a las calles de Nueva York, sin saber una palabra de inglés ni de español. Hacen el negocio de su vida vendiendo tamales en la Quinta Avenida de la “Gran Manzana”. Con los ingresos obtenidos mantienen a sus familias y poco a poco se van llevando a todos los integrantes de las mismas para vivir en los Estados Unidos. Por fortuna encuentran un camino apropiado. Lamentablemente no todos los mexicanos tienen esas oportunidades. Eso explica por qué el 52% de la población de nuestro país vive en situación de pobreza o por qué el 17% de ese universo vive en pobreza extrema. El INEGI acaba de informar que el 29.1% de la población del país pertenece al sector de la economía informal. Es casi un tercio de la población total. Estamos hablando de franeleros, vendedores de tortas y tacos, comerciantes en pequeño que carecen de un sistema de seguridad social, choferes de combis que trabajan de sol a sol, repartidores de propaganda en las esquinas, mujeres dedicadas al servicio doméstico sin prestación alguna, etc.

Hace algunos años el señor Geoffrey Davidoff, ex embajador de Estados Unidos en México, comentó que de no haber sido por las corrientes migratorias de mexicanos hacia los Estados Unidos, que se produjeron en los años 70 del siglo XX, muy probablemente se hubiera producido un estallido social similar al de la Revolución Mexicana de 1910-1917. México se salvó de una crisis mayúscula porque millones de compatriotas tuvieron la fortuna de encontrar un empleo para sobrevivir junto con sus familias. Muchos de esos inmigrantes eran jóvenes en busca de una oportunidad y la consiguieron.

El caso de los jóvenes, insisto, es muy grave. Y me atrevo a decir que me parece particularmente más grave la situación de las mujeres. Me ha tocado presenciar el hecho de que jovencitas, estudiantes de secundaria, mandan por delante al novio a comprar preservativos en las farmacias. Está bien que tengan cuidado para tratar de evitar embarazos no deseados. Sin embargo, la vida sexual precoz debe ir acompañada de una educación adecuada. De lo contrario, todo termina en problemas: relaciones de pareja destrozadas, rechazo familiar y social, suspensión de los estudios escolares, incorporación temprana al mercado de trabajo. Esto en el mejor de los casos. Hay situaciones mucho peores: la prostitución, por ejemplo. Hace algunos años fui testigo de algo que me pareció preocupante y, por qué no decirlo, entristecedor. Una señora en la colonia Gómez Portugal obligaba a dos de sus hijas (gemelas) a prostituirse. Llegaban de la secundaria y cambiaban el uniforme por una minifalda. Ofrecían sexo oral a policías y vecinos de la zona. La situación era verdaderamente penosa. Eran jovencitas de 14 ó 15 años. ¿Qué les esperaba?

Cuando decía que es importante educar a las mujeres en un sistema de valores muy sólido, mis amigas feministas me decían que era yo muy conservador, machista en última instancia. Yo les replicaba que se trataba de mantener sana por lo menos a la mitad de la humanidad. En el caso de los jóvenes tendríamos que hablar del total, del 100%. Veamos Aguascalientes y en el país entero. Con una juventud bien preparada podremos pensar en un futuro promisorio, marcado por la esperanza. Hay elementos para buscar eso, comenzando por el empuje de los propios jóvenes. Se están preparando como nunca. Me consta que asisten a intercambios de estudios en Canadá, Estados Unidos, América del Sur y Europa, especialmente el Reino Unido, Francia y Alemania. Todos hablan inglés y algunos dominan ya otros dos o tres idiomas. Consiguen becas en las instituciones oficiales y, de ser necesario, toman empleos de medio tiempo para pagar su estancia. Cuentan con una formación académica de alta calidad. En sus manos está el porvenir del país, sin duda.