Jesús Orozco Castellanos

El papa Francisco ya está en México. Llegó el viernes 12 a La Habana a eso de las tres de la tarde y allí se entrevistó con Kirill (Cirilo), el patriarca de la Iglesia Ortodoxa de Moscú “y de todas las Rusias”. Fue la primera reunión entre un Papa y un Patriarca ortodoxo después de casi mil años, cuando se produjo el llamado cisma de oriente promovido por el clérigo Miguel Cerulario en el año 1054. Conversaron cerca de dos horas. ¿Porqué el encuentro fue en La Habana? Se ha dicho que el régimen de Raúl Castro fue el único capaz de garantizar la seguridad de ambos dignatarios eclesiásticos. Además, hay un hecho muy importante: en la región de Irak y Siria, donde actualmente se vive una especie de guerra civil, hay muchos habitantes católicos y ortodoxos. El interés de Rusia en esa región es crucial. Es probable que el papa Francisco visite Rusia el año próximo. El encuentro en La Habana tiene sentido. Se firmó un comunicado de 30 puntos.

Me pareció que Francisco llegó sin que se le notaran los estragos que suele producir el llamado “jet lag”, también conocido como descompensación horaria. El fenómeno se produce cuando se viaja en trayectos muy largos de oeste a este o viceversa. Ocurre una modificación del “reloj interno” del cuerpo de las personas. Cuando se viaja hacia el este, los efectos son mayores. Los síntomas más usuales son cansancio, mareos, en ocasiones vómito, falta de sueño y apetito, etc. En los viajes de norte a sur y viceversa no se presenta este problema. Lo que se aconseja para combatir el “jet lag” es hacer ejercicio antes de viajar, consumir agua en abundancia y alimentos saludables, no tomar alcohol ni cafeína y, de ser necesario, consultar al médico. Hay quienes son más propensos a los efectos del cambio de horario. En el caso de los hombres de Estado, y el papa es uno de ellos, hay que tomar en cuenta que disponen de servicio médico personal y permanente. Recuerdo que en alguna ocasión el entonces presidente Luis Echeverría realizó un viaje a La India y durante todo el recorrido estuvo atendiendo asuntos (como era su costumbre) y no durmió. Cuando estaban por llegar a Nueva Dehli, su médico personal le administró un medicamento antes de que se diera un baño.Al bajar por las escaleras del avión lucía entero, como si hubiera dormido diez horas. Quienes no tenemos el privilegio de contar con un médico a bordo, estamos sujetos a los rigores de la descompensación, si es que realizamos ese tipo de viajes. En ocasiones se prolongan las molestias por dos o tres días. Es el costo que hay que pagar.

Volviendo al papa Francisco, la recepción en el hangar presidencial de México fue excelente. Colocaron dos enormes tribunas y la gente vitoreó al Papa (cuando menciono el título sin agregar el nombre, lo escribo con mayúscula) hasta el cansancio, además de utilizar como lámparas sus teléfonos celulares. Era como si se hubieran encendido miles de veladoras al mismo tiempo. El recorrido fue por la avenida Río Churubusco y por momentos parecía que no había gente. Sin embargo, los comentaristas aclararon que en esa vialidad abundan los puentes elevados y por eso escaseaba la gente. Pero cuando entró la comitiva papal a la avenida Insurgentes, ríos de personas se volcaron con entusiasmo en la recepción del Pontífice. De hecho cuando entró a la Nunciatura Apostólica (equivale a la embajada del Vaticano), el Papa tuvo que salir a saludar y bendecir a la gente que seguía congregada a las afueras. Les dijo amablemente que había que descansar y respetar a los vecinos.

El sábado temprano emprendió el recorrido de la Nunciatura al Palacio Nacional, donde fue recibido con honores de jefe de Estado por el Presidente Peña Nieto, con la asistencia del cuerpo diplomático. El Palacio se veía imponente. Allí pronunció un discurso en el que se refirió a los principales problemas de México: el narcotráfico, la violencia, la corrupción, la impunidad. Ha insistido en que nuestro país tiene la fortaleza para superar todos esos problemas y ver el futuro con esperanza. Después del encuentro privado entre ambos dignatarios, el Papa se dirigió a la catedral metropolitana de México, en medio de una multitud que lo aclamaba en el zócalo capitalino. En la catedral, por cierto espléndidamente remozada para la ocasión por parte de la flamante Secretaría de Cultura, Su Santidad tuvo un encuentro con los obispos mexicanos. Pronunció un discurso muy largo, de una profundidad que no recuerdo haber escuchado en otra ocasión por parte de un Papa. Habló de la misión histórica de México, de su grandeza. Les pidió a los obispos difundir “el modo mexicano de habitar el mundo”. A los narcotraficantes les dijo que estarán ante Dios “con las manos manchadas de sangre y con los bolsillos llenos de dinero sórdido”. Esto equivale a una condena pública. Recordó el papel de la Iglesia católica en México, sus dificultades, e incluso el momento en que se pretendió suprimir su presencia. Más duro difícilmente pudo haber sido. No es fácil resumir aquí el contenido de esa alocución. Habría que leer el texto completo y comentarlo. Daría para dos o más artículos. Me quedó claro algo que no había podido constatar en este Papa: es de una estatura intelectual fuera de serie. Por algo se dijo desde un principio que se trata de un jesuita, digno heredero de grandes figuras como los jesuitas expulsados de la Nueva España por el rey español Carlos III. Me refiero a Francisco Javier Alegre, Francisco Javier Clavijero y Rafael Landívar, entre otros. O como los jesuitas de las misiones en el Alto Paraná (Paraguay) que intentaron fundar un nuevo modelo de creación de riqueza, dejando a un lado la explotación de los pueblos aborígenes, convirtiéndolos en ciudadanos del mundo, capacitados y productivos. También fueron expulsados porque atentaban contra los intereses de los poderosos de su tiempo: los hacendados españoles y portugueses. El Papa Francisco tiene muy clara la misión profética de la Iglesia.

En la misa de la Basílica de Guadalupe, la homilía del Papa fue más corta; fue elegante y emotiva. En esos momentos Francisco ya se veía muy cansado, después de una jornada agotadora. Al final de la misa, la imagen de la Virgen de Guadalupe fue girada hacia un camarín privado. Allí el Papa la estuvo contemplando, inmutable, durante 25 minutos. Él había dicho que básicamente a eso venía a México: a ver a la Virgen y a ser visto por ella. En esa misa hizo acto de presencia el presidente Peña Nieto y su familia. Por cierto, el Presidente comulgó. Dijo el periodista Joaquín López-Dóriga que él sólo ha visto comulgar a dos presidentes de México, a Felipe Calderón cuando vino el papa Benedicto XVI y a Peña Nieto en esta ocasión. El expresidente Plutarco Elías Calles estaría brincando en su tumba. Cómo han cambiado los tiempos. Todavía en los años 50 del siglo pasado, ya no digamos los presidentes de la República, ni los gobernadores de los estados asistían a misa. En algunos casos los sacerdotes iban a sus casas a celebrarles misas privadas, algo que hoy está prohibido, por lo menos en la Diócesis de Aguascalientes. A propósito, el gobernador Carlos Lozano estuvo presente en el Palacio Nacional y se le vio, junto al líder nacional del PRI, cuando saludó al Papa.

Al momento de terminar estas líneas, el papa Francisco está dirigiéndose al Campo Marte de la Cd. de México para abordar un helicóptero que lo llevará a Ecatepec, estado de México, donde celebrará una misa multitudinaria.