Jesús Orozco Castellanos

Finalmente ocurrió la sorpresa y la maldición se cumplió, Donald Trump se convertirá en presidente de los Estados Unidos. El mundo entero quedó estupefacto. Y ganó con una muy amplia ventaja: 288 colegios electorales contra 218 de Hilary Clinton. Como sabemos, el sistema electoral norteamericano es indirecto: cada estado, dependiendo de su tamaño, tiene un determinado número de colegios electorales; digamos que son como delegados. El candidato que gana un estado, así sea por un voto, se lleva todos los colegios. Se ha dicho que es un sistema anacrónico, complicado e injusto, pero nunca se ha querido modificar. Por si fuera poco, el Partido Republicano ganó también las dos cámaras del Congreso: la de Representantes y el Senado. El señor Trump tendrá un poder enorme, prácticamente sin contrapesos, salvo los que pudieran interponer algunos de los congresistas, republicanos o demócratas o los intereses de grupos empresariales que eventualmente se pudieran ver afectados por las medidas que viene anunciando desde hace tiempo: deportaciones masivas, sobre tasa del 35% a los productos mexicanos que ingresen a los Estados Unidos, retención de parte de las remesas que los mexicanos envían a sus familias, para construir el muro fronterizo con esos recursos. Pero a la hora de la hora, tendrá que gobernar dentro de los márgenes que impone la realidad. Recordemos también que los congresistas norteamericanos se rigen por reglas distintas a las nuestras. Allá hay reelección y por lo tanto, cualquier medida que propone el poder ejecutivo debe ser consultada con los electores; si éstos no están de acuerdo, se tiene que dar marcha atrás porque se corre el riesgo de que no sean reelegidos. En México no es así, los legisladores del partido en el gobierno obedecen a ciegas la “línea” que les impone “el señor Presidente”. Los demás, negocian con el gobierno a cambio de algo, es una democracia del “dando y dando”.

Algún comentarista dijo que estamos en el peor de los mundos posibles. La victoria de Trump tendrá repercusiones en Estados Unidos y en todo el mundo. En el caso de México, ¿cómo se vería afectado? Por lo pronto, la relación peso-dólar ya se descompuso. El martes, antes de conocerse los resultados, andaba un poco por encima de los 18 pesos por dólar. Al confirmarse el triunfo de Trump llegó a los 21 pesos con 55 centavos. Y se especula que en los próximos días podría llegar a los 22 pesos. Actualmente las devaluaciones del peso ya no son como antes, cuando subía todo, hasta los precios de las gorditas de la esquina. Pero al final terminan por incrementarse los precios de muchos productos porque la mayoría de los insumos provienen de Estados Unidos. Pensemos simplemente en el costo de los medicamentos. Todas las sustancias activas se compran en el extranjero y en dólares.

Tal vez la relación peso-dólar pudiera no ser lo más preocupante en términos económicos. En todo caso habría que ver las repercusiones del triunfo republicano en el tema del crecimiento económico, las tasas de interés, la deuda externa, la inflación. Pero quizá lo más preocupante sea el aspecto político. Si en Estados Unidos, como todo parece indicar, la gente votó por un cambio, así fuera promovido por un demagogo demencial y sin saber a ciencia cierta en qué consiste, en México podría haber la misma tentación. En nuestro caso, el cambio estaría representado ni más ni menos que por Andrés Manuel López Obrador. Por lo pronto ya se adelantó a cualquier especulación al señalar que los resultados en Estados Unidos no deben preocuparnos porque México es un país independiente, soberano y distinto. Sin embargo, ya sabemos cómo se las gasta. Cuando es candidato se la pasa predicando el amor y dando muestras de moderación. Después… ¡sálvese quien pueda!

Falta mucho para la elección del 2018 pero los escenarios actuales de Estados Unidos y de México son muy parecidos: hay hartazgo generalizado y ganas de probar otra fórmula política. Hay terreno fértil para ello: por el lado de la oposición, la del PAN, hay una candidata que parece muy bien posicionada y es Margarita Zavala. En la más reciente encuesta rebasa ligeramente a López Obrador y su partido supera por cinco puntos al PRI. Además, el “fuego amigo” ya se hizo cargo de vapulear a Ricardo Anaya, el presidente nacional del PAN que aspira a ser presidente de la República. Se le exhibió públicamente por tener a sus hijos estudiando en Atlanta y porque los visita cada semana. Se defendió diciendo que tiene ingresos por cerca de 450 mil pesos mensuales, provenientes de su sueldo como dirigente nacional de su partido y de la renta de varias casas en su natal Querétaro, además de la venta de una nave industrial, propiedad de la familia, en 53 millones de pesos, de los cuales a él le corresponden 14 millones. Dijo que quiere la transparencia para ser congruente en su actitud de criticar la corrupción del PRI, especialmente de personajes como Javier Duarte. También se le cuestionó que tenga a sus hijos en el extranjero y que aspire a ser presidente de la República, en cuyo caso tendría que afrontar los problemas de seguridad pública en México, con lo que eso implica para él y su familia. Respondió que él recibió la oportunidad de estudiar en el extranjero y que quiere que sus hijos también la tengan. Pero como dice el dicho, “palo dado ni Dios lo quita”.

Un aspecto político que sin duda afectará al gobierno de México, y en especial al presidente Peña Nieto, es el hecho de haber invitado a Donald Trump a Los Pinos cuando era candidato. La oposición política ya se encargó de señalar que Peña Nieto “le ayudó” a Donald Trump a lucir presidenciable en el momento en que no lo era. Habría que ver si eso tuvo algún impacto en la victoria de Trump. Yo lo dudo, creo que más bien ganó debido a factores internos en Estados Unidos y a los errores de su contrincante que nunca asumió plenamente su papel como candidata a la Presidencia. Pero para la opinión pública mexicana, lo de la invitación sí puede tener algún efecto porque se le recibió como jefe de Estado, con todas las atenciones del caso. Ciertamente una cosa es lo que piensan los mexicanos sobre esos asuntos y otra es la actitud del propio Presidente. Varios columnistas señalaron que el miércoles, después de la elección norteamericana, el presidente Peña Nieto estaba exultante, eufórico, como pocas veces se le ha visto, quizá como tratando de decirnos: “se los dije, tanto Luis Videgaray como yo tuvimos razón al invitar al candidato Donald Trump a México”. Por lo pronto ya dijo que el triunfo de Trump abrirá una nueva era en las relaciones de México con Estados Unidos, marcada por la colaboración y no por la confrontación, por la alianza y no por el conflicto. Habría que ver si prevalece ese optimismo cuando se inicien las deportaciones, por mínimas que sean; cuando se imponga alguna sobre tasa, así sea del cuatro o cinco por ciento (no del 35%) a los productos mexicanos que ingresen a Estados Unidos; cuando se les pida a los mexicanos que envían remesas a sus familiares en México que aporten alguna cantidad para la construcción del muro fronterizo. Claro que para todo hay respuesta. Se podrá decir que “nuestros connacionales son bienvenidos a México”, que “estamos preparados para la aplicación de una sobre tasa” y que México no aportará un solo centavo para la construcción del muro. En fin…