Jesús Orozco Castellanos

La semana pasada nevó en varios estados del país, incluyendo Aguascalientes. La nevada más reciente ocurrió el 12 de diciembre de 1997. Recuerdo que fuimos a comer a la casa de unos amigos, con motivo del onomástico de la anfitriona. Todo estaba muy bien hasta que a eso de las cuatro de la tarde comenzó a soplar un viento muy frío. Tuvimos que pasar del jardín de la casa a la sala, todos amontonados. Nadie llevaba ropa de invierno. Para regresar a nuestras casas nos prestaron suéteres y chamarras. Estuvo nevando casi toda la noche. Al día siguiente había en las calles una capa de unos 10 centímetros de nieve. Los niños andaban felices haciendo todo tipo de figuras. Yo trabajaba en el gobierno del Estado y realizamos una gira por algunas de las colonias más pobres de la ciudad. Aquello era alarmante. Había muchas familias que sólo contaban con una o dos cobijas. Afortunadamente pudimos ayudar a una buena parte de la gente mediante la entrega inmediata de cobertores.

La primera nevada que yo recuerdo en Aguascalientes fue la del 11 de enero de 1967. También fue terrible. Nevó en varios estados. Fue motivo de jolgorio en todos los lugares en que las nevadas no son habituales. Ante estos fenómenos siempre me hago la misma reflexión: puede resultar muy atractivo el paisaje pero no todo mundo está preparado para soportar esas inclemencias. A mucha gente le ha costado la vida. De hecho todos los años en la temporada invernal vemos por televisión escenas de los indígenas en la sierra tarahumara de Chihuahua o de los tepehuanes en Durango. Se calientan prendiendo leña en sus chozas que no los protegen del frío. A duras penas sobreviven.

Sin ser un experto, siempre he pensado que el frío extremo es más difícil de soportar que el calor intenso. He tenido que sufrir temperaturas de menos 20 grados. Además de que generalmente va uno bien arropado, en todos los lugares públicos (hoteles, restaurantes, teatros, museos, tiendas de artesanías y souvenirs. oficinas públicas, etc.) hay calefacción. Por ejemplo, al llegar a los hoteles siente uno de inmediato el calor y hay que quitarse los abrigos y chamarras para quedar en mangas de camisa. La sensación es muy agradable. Hace algunos años estuvimos en Praga y el frío estaba entre los 20 y los 25 grados bajo cero. Quedarse en el hotel no era opción, después de un viaje tan largo. Para conocer el centro de la ciudad entrábamos a las tiendas de souvenirs y comprábamos vino caliente. Es una combinación de vino tinto caliente con canela y clavo. Es muy sabroso y reconfortante. Sólo así aguantábamos el frío. Los guías de turistas andaban como si nada porque están acostumbrados. Para ellos son normales las temperaturas bajo cero.

Recientemente, en los canales de televisión de paga están pasando una serie sobre aventureros en Alaska. La temperatura es extremadamente fría y sobreviven gracias a la red de campamentos o refugios que tienen a lo largo de las rutas. Allí tienen leña y se calientan alrededor del fuego.Algunos estuvieron a punto de la congelación y en cuestión de minutos se salvaron. En las estaciones de investigación científica en la Antártida tienen calefacción artificial mediante combustible. Los científicos realizan su trabajo con los brazos descubiertos pero ya les ha ocurrido que se acaba la gasolina. Tienen su plan “B” y en menos de diez minutos encienden el fuego de la chimenea. Ha habido casos de congelamiento y algunos han muerto. Otros quedaron lisiados. A propósito del polo sur, el jueves pasado se anunció el derrumbe del glaciar Perito Moreno en Argentina. Yo creía que en Argentina al que se llama Pedro le dicen “Perito”, pero no es así. Uno de mis cuñados es muy aficionado al turismo ecológico y conoce muy bien esa región. Me decía que el glaciar recibió ese nombre porque allí murió un perito (un especialista) de apellido Moreno. Se dedicaba a la investigación climatológica en la Antártida.

El calor extremo es relativamente más fácil de soportar. Recuerdo especialmente dos casos. Hace algunos años estuvimos en Egipto y el termómetro llegó a marcar 50 grados centígrados sobre cero. En la calle era muy difícil aguantar aquello pero por fortuna en todos los lugares públicos había aire acondicionado. Tiempo después estuvimos en un congreso en Hermosillo, Sonora. La temperatura oscilaba entre los 48 y los 50 grados sobre cero. En todas partes había aire acondicionado. Los taxistas nunca lo apagaban. Lo difícil era cruzar las calles. Había que hacerlo casi corriendo. Tampoco es buena opción andar con el torso descubierto. Las insolaciones son terribles. En Chihuahua pasa lo mismo. Por eso los estados del norte del país tienen un trato diferenciado por parte de la Comisión Federal de Electricidad. Para colmo, antes no hacía tanto frío en estados como Sonora. Ahora padecen unas nevadas tremendas. Hay quienes hablan del cambio climático para tratar de entender estos fenómenos relativamente nuevos. Puede ser, pero el hecho es que eso afecta a muchas personas que no están preparadas para ello.

Ahora bien, quienes tienen que someterse a temperaturas extremadamente frías por razones de su trabajo, se justifican sin problema. Sin embargo, resulta difícil entender a los que lo hacen por gusto. La golfista jalisciense Lorena Ochoa tiene hermanos que son alpinistas y ellos afirman que sus padres acuden a despedirlos al aeropuerto cuando viajan para realizar alguna excursión. Dicen que a su hermana no van a despedirla. Es de sentido común. Ella no corre ningún peligro jugando golf pero ellos arriesgan la vida cada vez que intentan escalar las cumbres en la cordillera de los montes Himalaya. El campamento base está a más de cinco mil metros de altura. Hay quienes ya no pueden respirar con facilidad allí. Necesitan oxígeno adicional. Recuerdo que hace algunos años fui con unos amigos a escalar la cumbre del volcán Popocatépetl. El campamento base de Tlamacas está como a cuatro mil metros de altura, a unos 1,500 metros de la cima. Me quedé en ese refugio y durante toda la noche tuve que soportar un dolor de cabeza que ningún analgésico me ayudó a combatir. Era para volverse loco. En el momento en que comenzamos a descender por la ladera, el dolor desapareció automáticamente. Después de eso no subo ni al Picacho. Cuando mucho a las pirámides de Teotihuacán.

Algo debe haber de atractivo en los llamados deportes extremos. Hace algunos meses pasaron por televisión un reportaje sobre un aventurero en Alaska que se quedó rezagado en una caravana. Finalmente lograron rescatarlo y lo llevaron a la ciudad más cercana donde afortunadamente se contaba con un hospital de buen nivel. Había llegado al punto de congelación. Fue sometido a una intervención quirúrgica y tuvieron que amputarle las piernas y los brazos. Le colocaron prótesis de alta tecnología en las cuatro extremidades. Después de algunos meses de entrenamiento, fue capaz de llevar a cabo las operaciones básicas de la vida diaria: comer, bañarse, atender sus necesidades fisiológicas, etc. Pues resulta que regresó a la montaña nevada para concluir la tarea que había dejado pendiente. Y lo logró. Son verdaderos casos de éxito. Se necesita una voluntad férrea y una disciplina formidable. Claro que habrá quienes piensen diferente y lleguen a la misma conclusión que Juan Gabriel: “Pero qué necesidad”, “Para qué tanto problema”. Es cuestión de enfoques. Todo esto vino a colación a propósito de nevadas y alpinistas. Y de mucho frío.