Jesús Orozco Castellanos

Estamos a unos días de la llegada del papa Francisco a México. Se trata de una visita de Estado, por lo que será recibido por el presidente Enrique Peña Nieto en el Aeropuerto Internacional Benito Juárez el viernes 12 de febrero por la tarde-noche. Al día siguiente tendrá un encuentro con el presidente Peña Nieto en el Palacio Nacional. Enseguida se reunirá con los obispos mexicanos en la catedral metropolitana. Por la tarde oficiará una misa en la Basílica de Guadalupe, evento central en la visita del Pontífice. El domingo habrá una misa multitudinaria en el municipio de Ecatepec, estado de México, cuya diócesis es sufragánea (geográficamente vinculada pero no dependiente) de la arquidiócesis de Tlanepantla, que preside el arzobispo Carlos Aguiar Retes, uno de los prelados más inteligentes y cultos de América Latina. Él fue quien pronunció la homilía cuando vino a León el papa Benedicto XVI. Tuve la oportunidad de escucharla y me quedé impresionado. Es un gran orador. Además, es uno de los amigos más cercanos que tiene el papa Francisco en México. Hace unos días comentó Carlos Aguiar que ha intentado conseguir una cita con el Presidente Peña Nieto con motivo de la visita papal y que no ha tenido éxito. Aparentemente el presidente Peña Nieto no es muy afecto a convivir con los jerarcas eclesiásticos, salvo excepciones como la que ahora comentaremos. Hace como un año vino a México el secretario de Estado del Vaticano, monseñor Pietro Parolin (equivale a un canciller y es el segundo al mando en la curia romana), a propósito de un evento internacional. El Presidente Peña lo invitó a comer en uno de los salones del Palacio Nacional. Se dice que a esa comida asistió el arzobispo primado de México, el cardenal Norberto Rivera, quien le pidió a Peña Nieto que el gobierno federal aportara dinero para remodelar la catedral metropolitana y aprovechó la ocasión para decirle que había tratado de obtener una cita con él y que no lo había logrado. El Presidente le dio un capotazo. Pero monseñor Parolin, terminada la comida, reprendió al cardenal Rivera porque le faltó al respeto al Presidente de México en su propia casa. En efecto, la petición estaba fuera de lugar. En todo caso había que tratar el asunto con el subsecretario de Egresos de Hacienda o con el director del Instituto Nacional de Antropología e Historia porque la catedral es parte del patrimonio cultural de México. Fue la primera que se construyó.

Independientemente de la anécdota anterior, da la impresión de que el presidente Peña Nieto no dimensiona correctamente la relación con el Vaticano. Recordemos que cuando tomó posesión el papa Francisco, Peña Nieto manifestó que él no podía asistir a ese evento porque México es un país laico. Eso es una obviedad. Envió como representante a su esposa, la señora Angélica Rivera. Sin embargo, los grandes líderes mundiales, que también gobiernan estados laicos, se dieron cita en el Vaticano. Era una ocasión ideal que les permitía reunirse, durante un par de días, con sus homólogos. Estamos hablando de los dirigentes de Estados Unidos, Canadá, Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia, Japón, China. Imaginemos el esfuerzo logístico que implica una gira internacional de los presidentes de Estados Unidos o de Francia, por ejemplo. En cambio, al estar todos en Roma, el Estado italiano y las principales agencias de seguridad del mundo garantizaron la integridad de todos los mandatarios. En otras palabras, aprovecharon el paquete.

El papa Francisco irá también a Tuxtla Gutiérrez y a San Cristóbal de las Casas, la cuna del movimiento zapatista de 1994. Tiene especial interés en un encuentro con grupos indígenas de Chiapas. Aparentemente se ha decidido que pernoctará en la Nunciatura Apostólica de la Ciudad de México, por razones de seguridad. Irá después a Morelia, una de las ciudades emblemáticas del catolicismo en México. Antes había nombrado cardenal al arzobispo de Morelia, don Adolfo Suárez Inda. De allí volará a Ciudad Juárez para entrevistarse con grupos de migrantes. Habrá una misa y termina la gira.

Se ha especulado mucho sobre el tono del discurso del papa en México. Hay quienes piensan que podría ser enérgico en los temas de derechos humanos, corrupción e impunidad. Otros creen que respetará las formas diplomáticas. En alguna medida es un papa impredecible. Fue muy duro ante el Congreso de los Estados Unidos, pero me parece que en México no hay las condiciones para una postura similar. Por lo demás, el papa nos ha dado la impresión de conocer bien la problemática mexicana. Hace unos meses le envió una carta a un amigo argentino y le manifestaba su temor de que Argentina se “mexicanizara”. Está al tanto de los temas de la violencia asociada al crimen organizado. Sus fuentes son de primera mano. Quiénes mejor que los obispos mexicanos para informarle de la situación que se vive en sus respectivas diócesis. Sin embargo, al parecer hay al menos dos corrientes de opinión entre los prelados. El ala radical que encabeza el arzobispo primado de México y que señala en una de sus publicaciones oficiales que el Papa visitará Michoacán, uno de los estados más afectados por la violencia. Del otro lado está el arzobispo de Morelia, que señala que Michoacán se está levantando y que no hay que asumir “posiciones amarillistas”. Ahora bien, el propio Papa acaba de decir que los mexicanos vivimos nuestro “pedacito de guerra” (él afirma que en la práctica está en marcha la tercera guerra mundial). También señaló que no viene a México a “tapar los problemas de la violencia y la corrupción”. O sea que le dará prioridad a la orientación pastoral.

Las encuestas muestran que probablemente Francisco no suscitará el mismo entusiasmo popular que generó Juan Pablo II (ahora santo) en sus visitas, aunque bien podría ocurrir que en el transcurso de la gira el involucramiento de la gente vaya creciendo. Francisco es un papa sencillo y carismático. No tiene la solemnidad de otros papas como Pío XII, Paulo VI o Benedicto XVI. Es un papa latinoamericano, el primero en la historia. Es jesuita (también el primero) y conoce bien el papel de la Compañía de Jesús en América y en el mundo. Sabe cuál ha sido la trayectoria de la Iglesia católica en México. Acaba de ordenar la canonización de José Sánchez del Río, conocido como el “niño cristero”. Era un jovencito que estaba por cumplir 15 años y que murió por su fe en el año de 1928, después de haber sido sometido a terribles torturas: le desollaron los pies y lo obligaron a caminar. El oficial del Ejército mexicano que finalmente le disparó en la sien, le dijo antes de matarlo que si renegaba de su fe le perdonaría la vida. José se mantuvo firme. En estos casos hay que ponerse de pie. Esos jóvenes son héroes, un ejemplo para la juventud de su patria. Un comentarista de televisión decía que se trató de un grave problema de fanatismo. Se preguntaba cómo alguien prefiere perder la vida antes de cambiar sus creencias. Este sujeto jamás ha escuchado aquellas frases estremecedoras de Jesús de Nazareth: “Hay de aquél que me negare aquí en la tierra porque yo habré de negarlo en el cielo ante la presencia de mi Padre”. Con eso no se juega. Esto lo sabían bien todos nuestros mártires como el beato Miguel Agustín Pro, también jesuita, por cierto. Recuerdo muy bien que cuando el Papa San Juan Pablo II lo mencionó en una misa multitudinaria en la Ciudad de México, los jóvenes (un millón) gritaron a coro: ¡Viva! Ésa es la fe de nuestro pueblo. Por eso Francisco será siempre bienvenido a México.