Jesús Orozco Castellanos

Desde que los legisladores perredistas le impidieron al ex presidente Vicente Fox la entrada al palacio legislativo de San Lázaro para rendir su Sexto Informe de Gobierno, el titular del Poder Ejecutivo envía su informe por escrito a la Cámara de Diputados a través de un mensajero, que puede ser de lujo como el secretario de Gobernación. Después se realiza un evento en el Palacio Nacional, en el que el Presidente lee un mensaje que da cuenta, en apretada síntesis, de lo realizado en un año de gestión, además de fijar su posición sobre determinados temas. Esto último suele ser lo de mayor interés. Por cierto, ahora son los propios dirigentes del PRD los que piden (exigen) que el Presidente vuelva al palacio de San Lázaro para rendir allí su informe. Seguramente eso no va a ocurrir, por lo menos hasta que haya las mínimas condiciones de seguridad y respeto dentro del recinto legislativo.

El pasado martes primero de septiembre el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, hizo entrega del documento que contiene el III Informe de Gobierno del Presidente Enrique Peña Nieto, quien al día siguiente dirigió un mensaje al país, en cadena nacional. Lo hizo en el Palacio Nacional ante 1,500 invitados especiales (no todos eran acarreados, por supuesto). Fue un discurso de dos horas y presentó un decálogo de propuestas “para transformar a México”. El articulista Ricardo Alemán señaló que en realidad ya lleva siete decálogos, comenzando por el que formuló cuando era candidato. Después vinieron el de la toma de posesión como Presidente y otros más.

Antes de referirme a las propuestas, me permito hacer algún comentario sobre el formato. Me parece que se está volviendo a los tiempos del viejo PRI, cuando el primero de septiembre era llamado “el día del Presidente”. Se suspendían las clases en las escuelas. Había una rigurosa cadena nacional de radio y televisión con la idea de que no se podía hacer otra cosa más que escuchar o ver el informe presidencial. El Presidente recorría las calles aledañas al Palacio de Donceles (antigua sede del Congreso) en un automóvil descapotado, en medio de una lluvia de confeti, ante la presencia de multitudes que aparentemente lo vitoreaban; algunos “lograban” acercarse para estrechar su generosa mano, ante el estupor aparente de los elementos del Estado Mayor Presidencial que lo custodiaban. Los locutores oficiales hablaban de “la sencillez y calidad humana del señor Presidente”. Los informes incluían frases de antología como aquélla de Gustavo Díaz Ordaz: “De la propia entraña del pueblo vengo y a ella he de regresar”. Sólo le faltaba ser musicalizada por don Álvaro Carrillo para convertirse en una canción de moda. Y en eso de la entraña del pueblo tenía razón. Nació en San Andrés Chalchicomula, Puebla, municipio del que fue alcalde. “De allí no debió haber salido”, declaró en algún momento el escritor Carlos Fuentes, que tenía una especial aversión por don Gustavo, tanta que renunció a la embajada de México en Francia cuando se enteró de que Díaz Ordaz había sido nombrado embajador en España. La sola idea de tener que estrecharla mano del ex presidente le quitaba el sueño a nuestro prohombre de las letras.

O recordemos también aquella otra frase, de José López Portillo, cuando se refirió al pozo petrolero “Ixtoc”, que tenía una fuga, una lengua de fuego que parecía imposible apagar. Dijo don José: “De pronto nos vimos en el espejo negro de Tezcatlipoca”. En la mitología náhuatl, los dioses creadores del mundo eran Netzahualcóyotl, el dios blanco, y Tezcatlipoca, el dios negro. Eran como la luz y la oscuridad, el día y la noche. La verdad es que añora uno ese tipo de frases. El discurso de ahora es burocrático, muy aburrido.

Con respecto a las propuestas, me parece que en el actual gobierno persiste la idea de gobernar para la Historia (así, con mayúscula), de establecer una especie de parteaguas entre la actual administración y las del pasado. Se percibe una especie de arrogancia. La verdad, desde mi punto de vista, es que en buena medida el país ya camina solo. Es muy difícil cambiar el destino de México en seis años. Existen puntos de inflexión pero la actual coyuntura no da para eso. La situación económica hizo imposible implementar algo que sí hubiera significado un antes y un después: la seguridad social universal y gratuita (en todas sus modalidades) para el conjunto de la población.

Específicamente me pareció interesante la propuesta de la emisión de bonos del gobierno por 50 mil millones de pesos, a través de la Bolsa Mexicana de Valores, para ser invertidos en infraestructura educativa. Hay decenas de miles de escuelas sin techo, con pisos de tierra, sin materiales educativos, sin servicios básicos como agua y electricidad. Por tratarse de bonos gubernamentales, al llegar a su vencimiento se pueden vender de nueva cuenta. Es como una cadena al infinito. Hay quienes se preguntan cómo le hará el gobierno para colocarlos. Tal vez se está pensando en ligar la compra de bonos al otorgamiento de contratos de obra pública. Es una práctica más o menos común en nuestro país. En Aguascalientes, por ejemplo, las compañías constructoras se vieron obligadas a comprar palcos de la Plaza de Toros Monumental, a cambio de seguir recibiendo contratos de obra pública. Desde luego que eran tratos “en corto”. Uno se enteraba por las quejas de los afectados. La idea de los bonos educativos es buena y de lo más elemental. De hecho uno se preguntaría por qué no se les había ocurrido antes.

Otra de las propuestas es la impartición del inglés en la educación básica, desde preescolar hasta la secundaria. La idea no es nueva. Basta recordar lo que prometía el candidato priísta Francisco Labastida en la contienda presidencial del año 2000: inglés y computación. Ahora lo interesante es ver que realmente se convierta en una política de Estado con recursos, capacitación, contratación masiva de maestros, etc. Se estima que en México sólo el 2% de la población habla inglés, algo así como dos millones 400 mil personas. El nivel no es de dominio. Digamos que es gente que “se defiende”. El número es muy escaso si consideramos los flujos migratorios hacia los Estados Unidos y las necesidades de mano de obra calificada en ese país.

Una propuesta que considero también de interés es la creación de una Secretaría de Cultura. La verdad es que sí hace falta una línea de mando que ponga orden en el vasto mundo cultural de nuestro país. Es un tema sobre el que se ha insistido mucho. Bellas Artes es quizá el organismo emblemático del sector pero en realidad es impresionante la cantidad de entidades involucradas en la creación y difusión cultural: orquestas, estaciones de radio y televisión, agrupaciones teatrales, compañías cinematográficas, empresas editoriales, etc. Consuelo Sáizar, la ex directora de CONACULTA, celebra esta decisión aunque señala que ojalá no se trate de contratación de más burocracia sino de una real coordinación. Por supuesto que tiene razón. Habrá que dar por hecho que instituciones autónomas como la UNAM no formarán parte de la nueva dependencia. Tampoco serían incorporadas las instituciones de los estados y municipios. Se trata del ámbito estrictamente federal. Aún así, estaríamos hablando de un enorme avance en un terreno crucial. Veremos.