Jesús Orozco Castellanos

Se están llevando a cabo las elecciones primarias en Estados Unidos para definir los candidatos de los dos principales partidos políticos de ese país, el Republicano y el Demócrata. El pasado primero de marzo fue una de las fechas cruciales. Se le llamó el “super martes” porque la contienda incluyó a varios estados importantes. Ganaron por amplio margen el republicano Donald Trump y la candidata demócrata Hilary Clinton. Todo indica que la contienda presidencial se llevará a cabo entre ellos dos el próximo seis de noviembre. Por lo pronto, en las apuestas (uno de los principales instrumentos de medición en la Unión Americana) aparece la señora Clinton como favorita, si bien está creciendo el rechazo hacia los partidos y los políticos tradicionales, como ocurre en varios países, incluyendo México. Para un segmento del electorado norteamericano, Donald Trump es el prototipo del político ajeno a la tradición, echado para adelante y aparentemente independiente.

Falta mucho tiempo para la elección presidencial y cualquier cosa puede ocurrir, de manera que la moneda está en el aire. Sin embargo, todo parece indicar que el “stablishment” económico y político de los Estados Unidos se inclina por la ex secretaria de Estado y ex primera dama. El propio presidente Obama ha declarado que no le parece conveniente que el señor Trump llegara a convertirse en el primer mandatario de Norteamérica. Dice que la Presidencia es demasiado importante para que pueda estar al frente un improvisado. Todos los días se tienen que tomar decisiones muy complejas que afectan no sólo el destino de los Estados Unidos sino el del mundo entero. El señor Trump, un multimillonario cuyas empresas han fracasado, carece de la más elemental experiencia en el servicio público. Su aspiración por incorporarse al mundo de la política obedece a razones de carácter financiero. Finalmente lo que busca es resolver su situación económica. Si sólo se tratara de eso, el problema tal vez no pasaría a mayores. Lo que más preocupa es el profundo odio que manifiesta por los inmigrantes, especialmente los de origen mexicano. Ha declarado que, de llegar a la Presidencia, haría que regresen a su país de origen todos los indocumentados, entre los cuales hay millones de mexicanos. Desde luego que esto resulta preocupante aunque habría que poner las cosas en su debido contexto. Hace algunos años se realizó una película que se llamaba “Un día sin mexicanos”. Partía del supuesto de que todos los mexicanos residentes en el estado de California decidieron dejar de trabajar por un día. Para empezar, la gran mayoría de las mujeres dedicadas al trabajo doméstico (en el aseo de las casas o el cuidado de los niños) son de origen mexicano. Lo mismo ocurre con el personal de los restaurantes (meseros y cocineros) y con muchos de los taxistas. Buena parte de los jardineros en el área de Los Ángeles proviene de Calvillo, Aguascalientes. Allá casi no hay casas sin jardín. De acuerdo con la película, aquello fue un caos.

Más allá de la ficción cinematográfica, se puede anticipar fácilmente cuál sería la reacción de importantes sectores de la economía norteamericana si el señor Trump llegara a la Presidencia y tomara las decisiones que ha comentado en contra de los inmigrantes. Solamente pensemos en los empresarios agrícolas del estado de California. Los indocumentados mexicanos llevan a cabo las tareas más arduas y difíciles. La recolección de las fresas, por ejemplo, implica trabajar encorvado durante varias horas, soportando las inclemencias del sol a plomo. Decía el ex presidente Vicente Fox que los mexicanos realizan en Estados Unidos los trabajos “que ni los negros quieren hacer”. Así le fue con esa declaración. Era políticamente incorrecta, sobre todo tratándose de un jefe de Estado. No debió decirlo pero era la verdad.

Otra de las barbaridades que ha dicho el señor Trump es que va a construir un muro en la frontera con México y, en el colmo de la demencia, afirma que el costo lo tendrán que asumir los propios mexicanos. El gobierno mexicano le respondió con cierta tibieza, pero el que no se anduvo por las ramas fue justamente Vicente Fox, quien le dijo en una entrevista al periodista Jorge Ramos: “Yo no voy a aportar un solo peso por ese “puto muro”. Lo dijo en inglés: “fucking muro”. La declaración le dio la vuelta al mundo. En cambio, las autoridades mexicanas respondieron con eufemismos. El articulista Jorge Castañeda dice que los eufemismos no tienen el menor impacto en la opinión pública norteamericana. En cambio Fox, que es un provocador nato, se tiró a la yugular y acertó. El propio Trump le respondió airado. Dijo que Fox utilizó una palabra “muy fea” y que con la mitad de esa expresión, a él lo hubieran linchado en los medios. Por lo que se ve, es el único lenguaje con el que se pueden contestar las bravuconadas de un “imbécil”, como le llama a Trump el periodista mexicano Carlos Marín. Por cierto, el secretario de Hacienda Luis Videgaray le concedió a Marín una entrevista en Milenio TV. Cuando le preguntaron cuál sería la actitud del gobierno de México si Trump llegara a la Presidencia de Estados Unidos, contestó con los términos tradicionales del diálogo y el respeto. Desde mi punto de vista pudo haber eludido la pregunta con el argumento de que hay que esperar los resultados electorales, o señalado que no sería la primera vez que México tendría problemas con su vecino del norte, en el pasado más o menos reciente. Recordemos el manotazo sobre la mesa de José López Portillo cuando le informaron que los norteamericanos ponían demasiadas condiciones para la importación del gas mexicano. Su respuesta fue contundente: “No hay gas”. Y no pasó nada.

El gobierno de México ha manifestado reiteradamente que no le corresponde interferir en los procesos electorales internos de ningún país extranjero. En principio tiene razón. Sin embargo, en el caso de los Estados Unidos existe un margen de maniobra muy importante. Me refiero a las organizaciones gremiales y políticas de los mexicanos residentes en la Unión Americana. Simplemente pensemos en el impacto que llegó a tener el sindicato de trabajadores agrícolas de César Chávez en el estado de California durante los años 60 del siglo XX. Eran capaces de poner a temblar al sistema entero. El resultado de esa lucha fue que se ha incrementado notablemente el nivel de vida de los inmigrantes de origen mexicano en California y en general en todos los Estados Unidos. Esas organizaciones se pueden movilizar actualmente en favor de los derechos de los inmigrantes mexicanos. La red de embajadas y consulados de México en Estados Unidos podría contribuir a ese propósito. Se puede hacer con discreción, de manera informal.

El asunto del muro muestra también una supina ignorancia por parte del señor Trump. Considerando la realidad actual, el muro no hace falta. En los últimos años se ha reducido notablemente el flujo de mexicanos hacia la Unión Americana, quizá porque se ha incrementado el empleo en México o porque han empeorado las condiciones laborales en EU. Tal vez hay gente que prefiere un empleo en México, aunque no sea muy bien remunerado, que correr los riesgos de internarse en un país en el que abundan los malos tratos y en el que los empleos no siempre son de calidad. Basta ver las peripecias de quienes cruzan la frontera en pleno desierto, arriesgando su propia vida.