A finales del siglo XIX y principios del XX México se encontraba en la cumbre de la época porfirista. Con algo más de 10 millones de habitantes, la población era rural en su inmensa mayoría. Por lo tanto, las formas de esparcimiento se ajustaban a esa situación demográfica. La gente ligada al campo era aficionada a las corridas de toros, las carreras de caballos y las charreadas. Las clases medias, en cambio, gustaban del teatro, las tertulias literarias, las comidas y cenas en los mejores restaurantes y los paseos por la Alameda de la Ciudad de México. No en balde José Vasconcelos llamaba a la Ciudad de México de entonces la “pequeña París”. En la medida en que el país se fue transformando para dar lugar a una creciente clase media urbana, los usos y costumbres de la población cambiaron en consecuencia. Pero hay algo interesante en este proceso evolutivo: la clase media, especialmente en la capital del país, fue haciendo suyas algunas de las formas de diversión provenientes de la tradición campesina. Fue el caso de las corridas de toros y las carreras de caballos. Actualmente hay plazas de toros y lienzos charros en los principales municipios del país. En “La Chona”, por ejemplo, se llevan a cabo corridas de toros con figuras muy destacadas del toreo.

En el “arte de Cúchares”, como se le llama a la fiesta brava, yo diría que hay tres grandes clases de aficionados: los expertos que conocen la trayectoria y el prestigio de las ganaderías, los colores de los toros, los nombres técnicos precisos de cada una de las suertes de la lidia, la historia de los toreros, etc.; los que están más o menos informados sin llegar a ser expertos, y los “villamelones” que son los que le aplauden a todo sin saber de qué se trata. Me atrevo a decir que me incluyo en la segunda categoría.

Visto el contexto, viene a cuento señalar que en el año de 1894 se inauguró la plaza de toros El Toreo de Cuatro Caminos. Era de madera y le cabían siete mil personas. Me llama la atención el lugar en que estuvo esa plaza. Se le llamó Cuatro Caminos porque representaba aproximadamente la confluencia de las vías que comunicaban las antiguas haciendas y pueblos de Naucalpan, Tlalnepantla, Atizapán y Cuautitlán. Si cometo un error de precisión geográfica, pido de antemano una disculpa a mis escasos lectores. La información al respecto es escasa. La plaza estaba muy retirada del centro histórico de la Ciudad de México. Para ir desde allí a la plaza era necesario viajar en carruajes, propios o de alquiler, a la estación ferroviaria de San Lázaro (no existía todavía la actual estación de Buenavista) y de allí tomar un tren a Tlalnepantla. El actual recorrido del tren ligero reproduce de manera más o menos aproximada el trayecto original de México a Cuautitlán. Hay una estación cercana a Tlalnepantla. De allí a la plaza se podía ir a pie.

Era un recorrido largo y quizá se establecían los horarios de las corridas de toros tomando en cuenta el viaje de regreso al centro de México. Seguramente entre las siete mil personas que asistían a las corridas (cuando se llenaba la plaza), había personas ligadas al campo y algún sector importante de las clases medias citadinas que gustaban de las corridas de toros. Cabe preguntarse porqué se construyó la plaza en un lugar tan alejado. Se me ocurre una respuesta. El traslado de los toros de lidia se hacía en tren. Hacerlo por tierra implicaba muchas complicaciones. Llevar los astados a un lugar cercano a una estación ferroviaria facilitaba las cosas. En aquel tiempo las principales ganaderías estaban en la región centro-norte del país: Zacatecas, Aguascalientes, estado de México, Querétaro. Se toreaban toros de Valparaíso (Zacatecas) y La Punta (Aguascalientes), por ejemplo. Llevar los toros de la estación de ferrocarril a las plazas se hacía por tierra y tal vez de uno en uno.

Otro hecho a destacar es que los presidentes de la República asistían a las corridas. En el año de 1908 don Porfirio Díaz acudió a una corrida de toros en Puebla. El matador Rodolfo Gaona (una de las grandes figuras de la época) le brindó un toro. Desde entonces, cuando se brinda un toro, el beneficiario ofrece algo a cambio, como puede ser una comida o una cena. Don Porfirio le regaló a Gaona un billete de mil pesos, y adicionalmente le escribió una leyenda que decía: “Ojalá que nunca llegue a necesitarlo”. Ignoro a cuánto equivale, a precios actuales, un billete de mil pesos de 1908. Supongo que no era lo mismo que los pesos en oro, moneda que también era corriente en esa época. Pero de cualquier forma debió ser mucho dinero. El presidente Madero también se hacía presente en las corridas de toros, al igual que don Venustiano Carranza, sólo que este último terminó prohibiendo las corridas en 1919. Los toreros mexicanos de entonces, con Gaona a la cabeza, se fueron a España, donde aprendieron de las grandes figuras como Juan Belmonte (uno de los grandes innovadores del toreo) y Manuel Rodríguez “Manolete” (grande entre los grandes), quien, por cierto, tenía un especial afecto por México y por una amiga mexicana llamada Guadalupe Sino (Lupe Sino). Se dice que doña Angustias, la madre de Manolete, no se le despegó ni por un momento de su lecho de muerte tras la cornada mortal de la plaza de Linares (España) en 1947. Se supone que no quería que su hijo se fuera a casar “in articulo mortis”, no se sabe si por la herencia o por otra razón.

A propósito de la presencia de los presidentes mexicanos en espectáculos deportivos, el último de ellos fue don Adolfo López Mateos. La gente le aplaudía en los estadios. A partir de don Gustavo Díaz Ordaz comenzó el rechazo y hasta la fecha las rechiflas han estado y están a la orden del día. Igual ocurría con los noticieros cinematográficos. Don Adolfo aparecía. Los demás ya no, por obvias razones. En el caso de los toros, era común la presencia de las celebridades como María Félix y Agustín Lara, juntos o por separado, dependiendo de los encuentros y desencuentros del momento. Cantinflas y otros personajes también iban y siempre eran filmados.

En el año de 1912, siendo Madero Presidente, se inauguró la plaza de la Condesa, con capacidad para 12 mil personas. Se trató de una construcción con materiales sólidos. Para el acceso, tenía la ventaja de los tranvías y muy probablemente algunas personas se trasladaban en los primeros automóviles que comenzaron a circular en México. De hecho hace algunos años los tranvías todavía circulaban por la Avenida Insurgentes. A un lado de la plaza de toros se construyó un hipódromo. Cuando esas instalaciones fueron desplazadas se construyó una colonia de clase media que se llama Hipódromo Condesa. El óvalo del hipódromo es la calle de Amsterdam. Las colonias Guerrero (donde vivió el arquitecto Antonio Rivas Mercado, diseñador y constructor de la columna del Ángel de la Independencia), Santa María la Ribera, Juárez y Roma fueron los primeros conjuntos residenciales destinados a las clases medias en la Ciudad de México. La colonia Guerrero ha sufrido un grave deterioro. Las demás aún se defienden. La colonia Roma, donde estaba la plaza (en lo que hoy es el Palacio de Hierro de la calle Durango), está siendo objeto de un remozamiento digno de admiración.

(Continuará…)