Jesús Orozco Castellanos

Conozco Acapulco desde hace muchos años. Fui por primera vez en 1970. Hará unos diez años que estuve allí por última ocasión. Y digo última porque ya no me quedaron ganas de regresar. Estábamos en uno de los mejores hoteles de la Costera Miguel Alemán. Se podía nadar en el mar con toda seguridad. Estaba yo nadando con uno de mis hijos cuando de pronto nos llegó una oleada de desperdicios provenientes de alguno de los antros aledaños. Había de todo: colillas de cigarros, desperdicios de comida, latas de refrescos. Hasta heces fecales nos llegaron. Dudé en escribir esto último por respeto a los lectores pero finalmente decidí publicar los hechos tal como ocurrieron. Sólo así se entiende por qué no pienso regresar, al menos por ahora.

Lo anterior viene al caso porque hace unos días se produjo una balacera en la Costera Miguel Alemán, con saldo de un muerto y un herido. Resulta que tres cárteles del narcotráfico pelean por la plaza, al punto de que Acapulco se ha convertido en la ciudad más violenta del país. El gobernador de Guerrero Héctor Astudillo minimiza los hechos y dice que hay una campaña en las redes sociales para desprestigiar al puerto. Sin embargo, hay algo irrebatible: la ocupación hotelera en estos momentos es apenas del 20%. Esto significa que solamente los hoteles de gran turismo de la Zona Diamante registran un buen nivel de hospedaje. Los turistas que llegan en avión se instalan en esos hoteles y no salen de ellos. Nada tienen que hacer en la Costera Miguel Alemán. De hecho se informó que al día siguiente de la balacera, la costera estaba desierta. Los turistas huyeron y los residentes locales no salieron de sus casas por temor al fuego cruzado. Cualquiera le teme a una bala perdida.

Es verdaderamente lamentable lo que está ocurriendo. Cuando Hong Kong declaró su independencia de la Gran Bretaña, Jacobo  Zabludovsky transmitió para la televisión mexicana desde la Bahía Victoria (nombre que recibió de la famosa reina de Inglaterra). Decía él que la belleza de esa bahía sólo era comparable a la de Acapulco. No conozco Hong Kong pero sí puedo afirmar que la bahía de Acapulco es impactante, de día y de noche. Es una especie de herradura que recibe en su interior las cálidas aguas del Pacífico tropical. Las playas de Puerto Marqués y Punta Diamante son paradisiacas.

Acapulco fue el destino turístico que impulsó el gobierno de Miguel Alemán en los años 40 del pasado siglo. Se iniciaron los viajes en avión y comenzó el desarrollo de una gran infraestructura hotelera y de comunicaciones que culminó con la construcción, en años más recientes, de la llamada autopista del sol, que lamentablemente permanece bloqueada gran parte del año por parte de los maestros disidentes. En diciembre del 2014 el presidente Peña Nieto prometió que nunca más sería bloqueada la autopista. La buena noticia duró sólo unas semanas. En días pasados acaba de ser bloqueada nuevamente, con la novedad de que ahora no se trata de los maestros sino de los traficantes de heroína que quieren seguir cultivando amapola sin ser molestados.

El empresario consentido en aquellos años, a finales del gobierno de Miguel Alemán, fue don Carlos Trouyet, un importante accionista de Teléfonos de México. Era de origen francés y dominaba varios idiomas. Su formación académica era de primera. Fue amigo del arquitecto y fraile benedictino Gabriel Chávez de la Mora, que es el mayor experto mexicano en restauración artística. Él diseñó y construyó la Iglesia Ecuménica en Acapulco. Don Carlos Trouyet le sugirió que se levantara una enorme cruz a un lado de la iglesia. El arquitecto le dijo que eso era muy desproporcionado. Finalmente sí se construyó la cruz, en lo alto de un cerro. Se puede ver desde cualquier punto de la bahía. El arquitecto es tío del gran tenor mexicano Fernando de la Mora, uno de los mejores del mundo en la actualidad.

Debo confesar que he perdido en alguna medida la afición por las playas. En parte se debe al sistema en boga del todo incluido. Eso propicia que se quede uno el día entero en los hoteles. En algunos casos las bebidas son de muy mala calidad. También hay de primera. Recuerdo que hace algunos años fuimos a Los Cabos. También era de todo incluido y servían toda clase de bebidas, nacionales e internacionales de la más alta calidad. Cuando le dicen a uno que sólo hay bebidas nacionales, es una pésima señal. Por lo general son malas.

Pensarán mis lectores que me la paso viajando. La verdad es que lo hacemos cada vez con menos frecuencia. Hace ya casi seis años que no hacemos un viaje largo, digamos que de más de dos semanas. Y también es cierto que he pasado la mayor parte de mi vida laboral en el servicio público, en ocasiones en buenos niveles. Además, hace más de 15 años abrimos un negocio familiar que nos permite ingresos adicionales. Nada del otro mundo aunque lo suficiente para vivir con cierto decoro, como el resto de la clase media de nuestro país, en la discreta medianía de la que hablaba don Benito Juárez.

Por cierto, mis hijos acaban de llegar de Puerto Vallarta. Estuvieron en un buen hotel. Ya todos son de todo incluido. Se la pasaron de maravilla porque, más que disfrutar de las playas, se divierten en las discotecas. Debo suponer que aquí también las hay pero las de allá tienen la ventaja del calor tropical y la brisa del mar. Además, difícilmente hay algo comparable a contemplar el océano al atardecer, cuando se oculta el sol en el poniente. Es lo que pienso.

Puerto Vallarta ya es un destino turístico del más alto nivel. Tiene hoteles de gran turismo como los de Cancún (en general de la ribiera maya), los de la Costa Azul en Francia o los de Ibiza en España. En honor a la verdad y desde mi punto de vista, las mejores playas del mundo son las de Cancún. Puede uno recorrer varios kilómetros con el agua a la cintura y la arena es tan fina que parece talco. En Vallarta las playas son pedregosas, si bien el agua tiene buena temperatura la mayor parte del año. En las playas del sur de Francia las aguas son muy frías y el suelo es un pedregal. Jamás he conocido las playas españolas. Algo debe faltarles porque muchos europeos prefieren Cancún. En alguna ocasión estuvimos en una escala de avión en Frankfurt, Alemania. Le pregunté a la señora que atendía el mostrador si conocía México. Me contestó que sí, que había estado en Cancún. Por cierto, tuvimos allí un problema con los boletos. La línea aérea alemana nos pagó una comida, una cena, el desayuno, una noche de hotel y el transporte al aeropuerto. Por si fuera poco, me reembolsaron algo así como 1,500 euros. Tenía yo la duda de que me los fueran a depositar. Me dijeron que en 72 horas a más tardar estarían en mi cuenta y así ocurrió. Estamos hablando del mundo civilizado.

Acá las cosas son diferentes. Hace poco se dio a conocer que los pasajeros de un vuelo internacional que salía de Cancún tuvieron que esperar casi 24 horas porque les cambiaron de avión. Se vieron obligados a pagar por su cuenta comida, cena, desayuno y hotel. Algunos tuvieron que dormir en el piso del aeropuerto. La línea aérea mexicana se negó a pagarles cualquier tipo de gasto. Siguen haciendo de las suyas porque no hay autoridad que meta orden, por más que se diga que la PROFECO impone multas millonarias.