Desaparición de la arquitectura: Cine Rex

Por J. Jesús López García 

La arquitectura tiene una presencia física patente, tangible, objetiva, más allá de toda circunstancia de interpretación abstracta o de percepción subjetiva. Su materialidad se presenta a nosotros como algo que de tan cotidiano, termina de manera paradójica por desvanecerse a nuestro pensamiento y por más que intentemos afinarlo de manera imparcial, posee mecanismos de selección que excluyen condiciones visuales y auditivas como si lo que les produjese no existiera. Fincas que estaban en un sitio al ser demolidas tardan un tiempo en manifestar la ausencia; la gente que transita por sus inmediaciones de modo cotidiano en algunas ocasiones advierten de menos su presencia hasta constatar conscientemente lo que el subconsciente indicaba como una situación extraña: «algo falta».

En el momento que son inmuebles de cierta importancia urbana, su inexistencia naturalmente es más patente. Cuando el edificio es entrañable o crea vínculos con el imaginario colectivo su desaparición no sólo es notoria, también es muy sentida. Una estrategia para desmoralizar a un pueblo y arruinar la posibilidad de inhibir cualquier intento de protección de la ciudad, es derribar edificios representativos no importando su valor arquitectónico, artístico e incluso histórico, y precisamente por ello, incidiendo en la importancia que una comunidad otorga al entorno construido como referente vital para la cohesión y supervivencia, resultando un impacto demoledor a la supervivencia como entidad colectiva.

Sin embargo las circunstancias y situaciones corrientes, la destrucción del entorno urbano existe para desmontar viejas estructuras y abrir campo para nuevas, sea lo anterior por la obsolescencia de lo viejo, por especulación de lo posiblemente nuevo o por la indolencia. El montaje y desmontaje en las ciudades es un fenómeno frecuente; sin embargo, no obstante, la utilidad económica, la social o la cultural, algo se pierde y jamás se recupera. Las experiencias que la gente tuvo en esos sitios, recuerdos fugaces o de fuerte permanencia en el imaginario colectivo o particular, pierden un asidero material; los inmuebles, que con su remoción parcial o completa, se llevan consigo algo de ello también.

El viejo cine Rex ubicado en la calle 5 de mayo, de reminiscencias Déco en su alta fachada, erguida por sobre una marquesina–balcón que daba sombra a una serie de locales a pie de calle, fue desapareciendo de la vista de los transeúntes: primero por su paulatino desuso, y antes que él, por una programación de cartelera cada vez más precaria. Pareciese que al ser demolido, su falta de presencia continuó con su cada vez menos notoria imagen, realidad que llama la atención pues el cine contaba con unas dimensiones bastante amplias y la silueta y su masa eran especialmente vistosas en el entorno.

Pero al margen de sus características tangibles, expresadas en forma, disposición y tamaño, el cine Rex, como tantas otras añejas fincas, son materia etérea de recuerdos y vivencias como las que seguramente alguno de nosotros continúa evocando, basta traer a nuestra mente la inmensa alegría provocaba la asistencia al cine, que a partir de las 16:00 horas, daba inicio a la proyección de la primera de tres películas, no sin antes proyectar los avances de próximas carteleras y las famosas noticias que informaban del acontecer nacional e internacional al público asistente.

Al cine Rex se accedía a través de un amplio vestíbulo enmarcado por pilastras y dispuesto medio nivel sobre la banqueta, que una vez adquirido el boleto -según fuera de “balcón” o de “luneta”- se procedía a entrar a la inmensidad del espacio en donde se proyectarían los “estrenos”. El ir al cine se convertía en toda una experiencia al disfrutar de los populares servicios dentro de la sala, como los vendedores de refrescos y palomitas.

Por otra parte, tan importante como la materialidad en un edificio, es el conjunto de cualidades muchas veces borrosas, inciertas e imprecisas que van delineando en nuestra mente los espacios que hemos habitado, por los que transitamos o por aquellos que nos han hecho imaginar las posibilidades de su experimentación.

De la famosa torre de Babel no hay registro fehaciente de su forma y medidas, ni siquiera de su existencia, sin embargo la estampa como icono bíblico, alegoría religiosa o social, está tan presente a miles de años de la presunta erección. Su forma improbable no se parece a la que pintó Pieter Brueghel el Viejo en La torre de Babel de 1563, pero el edificio imaginado sigue en pie.

De esta manera, es la arquitectura que a través de su presencia, origina parte de nuestra práctica cotidiana o significativa, es por ello que la memoria tiene asideros muy importantes, de tal manera que el «día a día» deposita en ella pequeñas piedras simbólicas que van pautando nuestro camino en el tránsito de la vida. Sean inmuebles de acceso público o privados, grandes o pequeños, sobresalientes o anodinos, ellos son los espacios en que ocupando la mayor parte de su tiempo, se desarrolla nuestra existencia.

La arquitectura desaparecida por su parte, sigue en pie a través de la imaginación y recuerdos que no obstante su subjetividad continúa siendo vivaz e idealista.