Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

En mi calidad de ciudadano mexicano en pleno uso de mis derechos, y al corriente en el pago del impuesto sobre productos del trabajo -¿cuáles?-, aparte de consumidor de gasolina -de la menos cara, que de por sí ya está cañón-, tomé el riesgo de creerle a la autoridad cuando afirmó que el desabasto de combustible duraría, a lo más, cuatro o cinco días, y aunque no soy virgen, y si me lo propongo puedo ser prudente, como las mujeres previsoras del relato evangélico (Mt 25, 1-13), racioné la energía de mi automotor así como para no terminar varado en una posición tan estorbosa como vergonzosa hasta que, el lunes pasado a primera hora, pude llenar el tanque sin tener que esperar más allá de un par de minutos y sin conato de bronca de por medio: hasta la próxima crisis de desabastecimiento, o hasta dentro de unos 15 días. Lo que ocurra primero…

Tengo la impresión de que situaciones como esta de la crisis de abasto de combustibles de la semana antepasada, permiten ampliar nuestro conocimiento sobre la sociedad en que se producen; aportan datos a propósito de nuestra manera de ser y reaccionar frente a una situación crítica; evidentemente delicada. Falta carburante, los medios de comunicación así lo informan, las autoridades, líderes de opinión y cabezas de sector involucrado se manifiestan, en ocasiones de manera contradictoria, y a partir de este cúmulo de información el grueso de la sociedad adopta una postura determinada.

Con este planteamiento a cuestas me pregunto: ¿cuántos de los varios miles de vehículos que vimos en días pasados haciendo fila ante los expendedores del vital líquido, realmente lo necesitaban en ese preciso instante?, es decir, ¿cuántos de esos automotores casi andaban con puro aire, o morirían de sed un trío de kilómetros adelante, ahora sí que en plena calle, de no satisfacer su hambre de manera inmediata?

Es una pena no haber podido reaccionar a fin de esclarecer este inútil asunto, y establecer, digamos, una encuesta de salida, pero me parece que hubo más de uno –o una, para no discriminar a nadie- que hizo la fila por puro pánico… Alguienes cuyos vehículos contaban con la gasolina necesaria para aguantar el embate del desabasto hasta nuevo aviso, pero como de ver se antoja y se contagia… Y además, ¿quién garantizaba que la crisis no se prolongaría más allá de lo anunciado?

En fin. Son muchos factores los que están en juego como para clarificar de manera inequívoca algo semejante pero, de ser cierto esto que afirmo, bien podría decirse que en alguna medida somos una sociedad novelera, una sociedad que con relativa facilidad se deja llevar por las apariencias; lo insuficientemente reflexiva como para permitir que situaciones como esta gobiernen su comportamiento.

Ahí tiene usted que la semana que recién concluyó el espectáculo fue, precisamente, el contrario: gasolineras que contaban con el carburante, pero vacías de clientes. ¡Y claro!, ¡un cuarto de mundo traía el tanque lleno!

En fin. Permítame compartir con usted alguna información sobre situaciones parecidas. La semana pasada le contaba de la declaración de un alto empleado de los ferrocarriles, en junio de 1913, en el sentido de que no faltarían los combustibles, pese a los esfuerzos en sentido contrario que realizaban ciertos elementos obstruccionistas al gobierno del señor General Huerta. Sin embargo menos de un año después La época, en su edición del sábado 11 de abril de 1914, informó que ese fin de semana la Compañía de Luz y Fuerza eléctrica suspendería el tráfico de tranvías, por falta de combustibles; así que todo el mundo a caminar…

No tengo noticia de que hubiera ocurrido una crisis de abastecimiento sino hasta 1948 –me encantaría informarle que no hubo tal porque revisé toda la prensa habida y por haber y no apareció nada, pero no hay tal-. En los periódicos de estos años se ventilan noticias sobre novedosos métodos de cocción de alimentos, que sustituyen un combustible por otro, establecimiento de nuevas gasolineras, etc., pero no de crisis propiamente dicha.

En 1946, por ejemplo, aparentemente existió una amenaza de desabasto. Así lo indica una nota publicada por El Sol del Centro el 5 de enero, que llevó el siguiente encabezado: Piden se dé preferencia al combustible. En el cuerpo de la nota se hacía referencia a una declaración del gerente local de la Compañía Nacional de Electricidad, señor Maurilio Elizondo, en el sentido de que los Ferrocarriles Nacionales de México privilegiaran el transporte de aceite destinado a esta empresa, “ya que se ha estado a punto de suspender actividades industriales por falta de combustible para la planta eléctrica”. La nota concluía con la afirmación amenazante de que no se había tenido respuesta a esta petición, por lo que la ciudad estaba amenazada de quedarse sin energía eléctrica, puesto que sólo había combustible para hacer funcionar la planta durante cuatro días.

Aquí cabría hacer la aclaración de que en aquella época la energía eléctrica no se transportaba hasta esta ciudad mediante cables de alta tensión pendidos de esos gigantes de acero que contaminan el paisaje rural, sino que se producía aquí, en una planta que se ubicaba entre la actual avenida Héroe de Nacozari, y la vía del ferrocarril, más o menos a la altura de la avenida Vázquez del Mercado. Como la plantita funcionaba a partir de la quema de combustible, la cercanía con la vía férrea permitía un fácil acceso para los carros tanque que transportaban el combustible.

Actualmente es ahí una instalación de la Comisión Federal de Electricidad, pero si usted se fija, todavía está de pie una gran chimenea, en la que se alcanzan a leer las siglas CNE, prueba de la veracidad de lo que le digo. Supongo que el asunto no pasó a mayores, puesto que no se volvió a hablar del tema. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.hotmail.com).