Saúl Alejandro Flores

Diversas voces han externado su preocupación como consecuencia de lo que se denomina la dependencia tecnológica y científica que presentan a quienes se denominan como países en vías de desarrollo, lo que inevitablemente los margina de cualquiera de las formas existentes de desarrollo, desde el más simple hasta el sustentable. En el caso del sector agua en México, se han desarrollado tecnologías propias o locales que permiten anticipar que serán una solución significativa en la problemática, sin embargo, la falta de información o conocimiento ha propiciado que se privilegien a tecnologías de origen extranjero.

Además de la marginalidad tecnológica se afecta al rubro económico, porque podríamos decir sin temor a equivocarnos, que hay otros aspectos que van más allá de la tecnología, y es el desarrollo científico, formación de cuadros y capacitación, así como la marginalidad en modelos de administración y gestión, que inevitablemente nos conduce a rezagos.

En este camino los problemas de la política científica y tecnológica son sustituidos por los de gestión, es decir, de selección de los medios adecuados para impulsar la innovación, en tanto el tema de los fines es dejado a un lado. Este desplazamiento conduce a carencias muy serias, porque “si en una política sin gestión es poco más que retórica, la gestión sin política es ciega y no discute rumbos”.

Rescatar el sentido político en las decisiones en ciencia y tecnología, así como de gestión hídrica puede ser el primer paso, pero visto bajo una óptica distinta a lo que se categoriza como actividad política tradicional, optando por diseño y ejecución de políticas públicas que visualicen una autonomía y desarrollo científico, tecnológico y de gestión.

Debe insistirse en la necesidad de articular los medios y los fines en las políticas, donde los fines deben contribuir a diseños estratégicos que hagan humanos y sostenibles los esfuerzos.Subrayando que no existen recetas únicas y que construir políticas propias es imprescindible. Esas políticas no pueden menos que articularse a las realidades económicas, culturales, educacionales, ambientales, propias de país o regiones. La política tecnológica en el sector agua, bien entendida, configura un ámbito interdisciplinario donde las ciencias económicas tienes bastante que decir pero ni mucho menos todo. Las ciencias sociales, la filosofía, la ética, por citar algunas disciplinas, se convierten en las de la mayor importancia, complementando el campo de conocimiento técnico y tecnológico.

Un riesgo lo encontramos en la pieza clave en ese discurso es la competitividad que en buena medida descansa en la innovación tecnológica, “como doctrina económica el pensamiento único” reposa sobre tres pilares macroeconómicos ortodoxos: rigor monetario, rigor presupuestario y flexibilidad salarial. En ciencia y tecnología, el pensamiento único se basa en la hegemonía casi absoluta de la óptica de la innovación por sobre cualquier otra dimensión con base a la cual pudiera ser orientada la actividad científica. No es casual que esto ocurra, ya que esta perspectiva implica la reducción del conocimiento científico y tecnológico a un hecho fundamentalmente económico; no solamente esto, sino que además se le adjudica el carácter de instrumento fundamental para el logro de un valor cargado de intereses e ideología; la “competitividad”.

En este tenor los problemas de la política científica y tecnológica son sustituidos por los de gestión, es decir, de selección de los medios adecuados para impulsar la innovación, en tanto el tema de los fines es dejado a un lado, Este desplazamiento conduce a carencias muy serias, porque “si bien una política sin gestión es poco más que retórica, la gestión sin política es ciega y no discute rumbos” según NuñezJover.

Supuestamente esa gestión descansa en verdades y fórmulas elaboradas por las ciencias económicas al uso por lo que su respaldo “científico está fuera” de toda duda. Todo consiste en aplicar bien las recetas cuyo dominio es patrimonio de expertos. El debate sobre los valores que subyacen a esos diseños y el cuestionamiento de sus fines sociales se considera entorpecedor. Metáforas del tipo “sociedad del conocimiento” o “sociedad de información” pueden servir también para subrayar esas visiones tecnocráticas: el conocimiento, librado de valores, se convierte en el nuevo referente.

Como hemos dicho antes el paradigma tecnológico que se viene imponiendo es altamente intensivo en conocimientos y la información es hoy vital para el funcionamiento de la economía y la sociedad, lo que sugiere el enfoque social y humano es que la sociedad contemporánea cuyas complejidades no se reflejan adecuadamente en su definición como sociedad de la información, las estrategias para avanzar dentro de ella no están sujetas a un determinismo tecnológico que excluya la necesidad del análisis de los intereses económicos y políticos que la determinan. En consecuencia ese enfoque insiste en la urgencia de complementar los análisis en el campo de la gestión en ciencia y tecnología, orientado con preferencia a la identificación y uso de los medios que pueden propiciar el desarrollo científico y tecnológico, con estudios verdaderamente políticos y sociales que ofrezcan un marco de referencia orientador de su desarrollo estratégico.

Como país, región hidrológica, estado o municipios deben realizarse ejercicios sensatos que permitan diseñar y seleccionar políticas, modelos y estrategias, (esto parece una letanía, porque siempre se dice), debe darse el paso por superar la dependencia tecnológica y lo el vicio de lo que pudiéramos decir comprar tecnología chatarra del exterior. En la medida que se logre un fortalecimiento de lo local y nacional, estaremos dando pasos importantes para que en México y Aguascalientes el agua nos alcance.

Comentarios: saalflo@yahoo.comtwitter: saul_saalflo