José Luis Gómez Serrano
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Los sufridos contribuyentes estudiaron a Darwin, puesto que han desarrollado una alta capacidad de adaptación. ¿Al fisco se le ocurre imitar al sheriff de Nothingam e inventa un impuesto para apoderarse de una fracción de todo lo que se mueva, como el IETU? No importa, los contribuyentes se gastan todo el sobrante antes que darlo al fisco. ¿Que ahora se cobra un 2% a los depósitos en efectivo? No importa, los contribuyentes hacen más operaciones en efectivo. ¿Cuando salen utilidades en un año el fisco se considera clarividente y predice que el siguiente año el contribuyente volverá a tener utilidad, por lo tanto es conveniente aligerarlo un poco de los impuestos de fin de año con las retenciones mensuales del ISR? No importa, se maniobra para que salga utilidad justo antes de generar esas retenciones. Y así sucesivamente, el fisco inventa un candado y el contribuyente encuentra maneras de abrirlo. Los únicos que viven en jauja y no han desarrollado su capacidad de adaptación son aquellos que viven en la economía ficción, es decir los que no están dados de alta en Hacienda y por lo tanto no pagan impuestos. El día que Hacienda decida ajustar cuentas con este sector de la población, habrá llanto y crujir de dientes.

Con la clase política sucede algo parecido; también es altamente adaptable, yo creo que más que los contribuyentes y solamente comparables a los tiburones, quienes evolucionaron a una forma en donde no tienen prácticamente ningún depredador. Hace unos años en México, la clase política tenía que lograr dos cosas: sumisión absoluta Al Que Manda, e identificar la escalera del poder, desde los compañeros de partido, pasando por el jefe de sección, el líder en el estado, y así sucesivamente hasta llegar Al Que Manda. Si se tenía la astucia y la suerte de identificar esa escalera, aunque fuera en los peldaños de abajo, todo era cuestión de cultivar al que estuviera en el escalón superior para obtener una promoción, idealmente ocupar su puesto cuando el otro fuera promovido. No había que tener más que una convicción, a saber la devoción absoluta a “los ideales del partido”, es decir a la línea que venía desde el Centro. Con respecto a los objetivos, era, había sido y será siempre uno único, a saber la obtención del poder.

Pasaron los años y un día, mágicamente, México era una democracia verdadera. Teníamos elecciones, teníamos el IFE para validarlas, ahora no era nada más cuestión de estar bien con El Que Manda –para empezar ya no había tal-, sino había que ganar las elecciones. ¿Cuál es el problema?, dirían los asesores internacionales en política contratados hacia el año 2000. Ninguno, hay todo un arte en esto de ganar las elecciones y se llama mercadotecnia, y en mercadotecnia todo se consigue con dinero. Los partidos políticos, cada uno por su lado, descubrieron esa gran verdad y se fijaron como objetivo conseguir el botín más grande para gastar en sus campañas, porque ahora sí contaban las votaciones. A fin de obtener el mayor botín, definieron una serie de reglas barrocas y altamente favorables a ellos mismos, en donde haciendo cierta aritmética el botín federal se reparte entre los partidos, exactamente entre ellos, nadie más. El pequeño problema de crear un gran botín fue resuelto fácilmente porque los mismos partidos, apoderados del Congreso, determinaban cuántos ceros a la derecha serían suficientes. Por acá estamos los ciudadanos, viendo la danza de millones y las gesticulaciones de los candidatos y preguntándonos cuándo llegarán las propuestas de verdad.

En Estados Unidos la historia ha sido diferente, allá han venido de más a menos. En los tiempos primigenios, las pequeñas comunidades de colonos se reunían para discutir y decidir sus asuntos, y la primera nación norteamericana fue una especie de congregación de comunidades, que contaron con un redactor muy elocuente que supo poner por escrito altos ideales que podían ser aplicados o no, según las circunstancias. Por ejemplo, todos los hombres somos iguales ante el Creador, pero que los blancos podían someter a esclavitud a los negros. Años después, hacia 1862 los Estados Unidos se desgarraron en una guerra civil que terminó en buena parte gracias al liderazgo positivo y auténtico de Abraham Lincoln, quien dijo palabras de conciliación en su famoso Discurso de Gettysburg, vivió apegado a sus palabras y dio su vida en el camino.

Pero después vino la Reconstrucción, y algunos de los presidentes que tuvieron en esa época recuerdan a los de México, llenos de compadres y favorecidos; las mayores fortunas en Estados Unidos vienen de esa época, y los favorecidos por las concesiones ferrocarrileras, el mayor negocio de la época, se ganaron el sobrenombre de Los Barones Ladrones. Sus partidos políticos evolucionaron, desaparecieron unos y a fin de cuentas quedaron dos, demócratas y republicanos, con diferencias de matices que en esta campaña presidencial se han acentuado.

En Estados Unidos las candidaturas se ganan, no son de dedazo. Para llegar al poder, allá como aquí, es cosa de tener contentos a los electores y montar una buena campaña. La primera condición solamente la tienen que cumplir los que ya están en el puesto y buscan su reelección, pero la buena campaña es ineludible. ¿Y qué se necesita para una buena campaña? Allá como aquí, carretadas de dinero. De modo que el político sin dinero propio debe recurrir a su partido y a los comités de apoyo que la ley autoriza, para organizar mítines, pagar publicidad, pagar voluntarios, etc. Para el político millonario, para el verdadero rico, aquel que el dinero no es objeción, la cuestión es fácil: él pone los recursos y no necesita el apoyo ni del partido ni de los comités ni de nadie, porque él mismo lo paga.

Y aquí llegamos a Donald Trump, ese insigne norteamericano, amigo de la NRA, fiel devoto de la 2ª Enmienda, que empezó proponiendo construir un muro para impedir que los mexicanos emigremos allá, puesto que todos somos narcotraficantes y violadores. Idea arriesgada, pero ha encontrado un gran número de seguidores, los blancos de clase media o baja que se sienten desplazados en sus trabajos, frustrados porque las fábricas se han ido a China y el mundo no es lo que debía de ser, o lo que es lo mismo, Estados Unidos ya no es tan fuerte como era hace unos años. Después declara Trump que el gobierno mexicano tiene que construir el muro, gran rechifla de los mexicanos y gran apoyo de sus seguidores. Este personaje no empezó a inventar ocurrencias ahora que es candidato, ya en 2013 proclamó su remedio ante el problema de Irak: aquella guerra había sido por el petróleo, pero a fin de cuentas no lo consiguieron; ¿solución? Invadir de nuevo Irak y esta vez sí traerse el petróleo. Cuando empezó como precandidato republicano, juró fidelidad al ganador; ahora que es puntero, retira su fidelidad, salvo que él gane. Declara que las mujeres que se hacen abortos deberán ser castigadas. En un interesante artículo del 31.3.2015 en El Universal, escrito por Mario Melgar Adalid, se analiza la posición de Trump con respecto a la tortura, después de la enésima revelación de que la CIA torturaba a sus detenidos. “Trump se ocuparía de implementar algo peor que el ahogamiento simulado”, dice el artículo, es decir la legalización de la tortura.

Si examinamos la campaña de Trump, consta de una serie de declaraciones pomposas, que no son argumentativas, algunas son escandalosas, varias de ellas francamente agresivas contra distintos países o sectores de la población, y sin embargo es el puntero en las primarias republicanas. ¿Cómo es posible eso? En primer lugar, el dinero que el mismo Trump invierte en su campaña: les ha dado circo a pasto a los norteamericanos desafectos para solidarizarse en sus rencores y hacerse la ilusión de que Trump es el nuevo profeta. Pero en segundo lugar, en el más importante lugar, está el hecho de que al populacho no se le convence con ideas, sino con slogans, convocando su ira, sus rencores, sus frustraciones, sus miedos y sus deseos recónditos. Al pueblo no lo convencen los razonamientos, sino las imágenes y las sensaciones, y la habilidad de vender ideas de una vida mejor. Bajo estas premisas, todo el arte de ser un político destacado, aquí y en Estados Unidos, es disponer de muchos recursos, principalmente, saber maniobrar en el partido para obtener la candidatura (o la nominación) y armar una campaña que sepa vender al candidato.

Por eso el mundo ha dado a líderes como Hitler, como Mussolini, como Boris Johnson (en Inglaterra), como López Obrador y como Trump. Lo que tienen ellos en común es que han sabido identificar y dirigirse a los resentidos de su país, han predicado verdades estrafalarias pero sus seguidores se las han creído. En realidad no todos estamos tan resentidos en México como para apoyar a López Obrador, y en Estados Unidos Trump se ha hecho de tantos enemigos que ni siquiera es seguro que obtenga la candidatura republicana, pero por mientras uno y otro tienen miles de seguidores que los ven como el Profeta que los va a guiar a una vida mejor.