José Luis Macías Alonso

Durante esta semana se ha detonado un sanísimo y necesario debate nacional en distintas arenas respecto de la realidad actual de la democracia en México. Diversos aportes académicos e intelectuales de los cuales sobresalen los últimos ensayos de José Woldenberg (¿Dónde estamos?) y de Jesús Silva-Herzog Márquez (El vaciamiento democrático), han producido una carambola de ideas y opiniones bajo todos los enfoques y desde todas las trincheras respecto de nuestra democracia. Para no desentonar, Con Jiribilla de esta semana también intentará abordar tan complejo tema.

Es notorio e irrefutable el desencanto hacia la democracia que sienten los mexicanos, el alarmante escaso 27% de connacionales que se encuentran satisfechos con esta forma de vida social según el informe de Latinobarómetro dado a conocer el mes pasado, solo vino a confirmarnos lo que todos podemos percatarnos en cualquier platica cotidiana pero… ¿A qué se debe esto?

Desde aquel paradigmático verano de 1997 donde por primera vez el partido hegemónico perdió la mayoría en la Cámara de Diputados y con ello logramos un fortalecimiento democrático, surgió en el pensamiento colectivo la ilusión de que esto mejoraría nuestra vida cotidiana. Visualizamos a la alternancia como la llave que abriría una nueva realidad, como el antídoto que sanearía todos nuestros males; en resumen, nos dijeron que la democracia era lo que necesitaba el país y era relativamente cierto.

Lo que no nos dijerones que ésta, por sí misma no sería la panacea, que necesitaría de otros elementos; tampoco, reflexionamos que la vida democrática, para que funcionara, nos impondría altas obligaciones; nunca analizamos, que la democracia requería de cimientos que de no ponerse, harían vulnerable a la edificación; y tal vez lo peor, nunca razonamos que con la llegada de la alternancia apenas había zarpado el barco hacia la democracia pero que la aventura apenas comenzaba… ¿Cómo no desencantarnos?

Pensamos que con la llegada de la democracia llegaría un indestructible sistema de contrapesos de poder, que todos los partidos asumirían un rol responsable y crítico respecto de la vida pública nacional, que tendríamos un país de leyes que serían respetadas por todos, que la libertad de opinión pública abonaría al fortalecimiento de una moral a la que todos queríamos llegar, que la profunda desigualdad día a día iría disminuyendo; Pero no fue así.

Reducimos a la democracia. Presumimos lo que no era; vanagloriosos, pensamos que éramos una nación democrática por tener elecciones limpias y nosotros mismos nos creímos nuestro cuento, no quisimos abrir los ojos y reconocer que la democracia no era solo una jornada electoral, sino un conjunto de valores que buscan un óptimo ideal de vida social al que aún estamos a años de luz de obtener.

Olvidamos que la democraciaa final de cuentas solo es una brújula y que el barco requería, aparte del rumbo, a una tripulación responsable y capaz. Los partidos deformaron a la política y sustituyeron el verbo negociar por el de conciliar. Los medios ofertaron la pluralidad pero la pusieron en venta al mejor postor. Los ciudadanos pensamos que por votar cada tres años podíamos olvidarnos de lo público el resto del tiempo. Las autoridades fueron avanzando pero solo cuando era la última alternativa. Los mexicanos le fallamos a la democracia; es ella la que sufrió el desencanto.

Asumimos que por tener competencia por el poder, elecciones reales y contrapesos políticos, por obra de magia se esfumarían nuestros males. Seguimos sin lograr entender que la democracia y el progreso económico son canchas distintas. Confundimos correlación con causalidad.

Pensamos que por tener ofertas políticas, mejoraríamos de facto al servicio público. No se nos ocurrió advertirnos que la pluralidad de las opciones no necesariamente contempla la calidad de estas.

Utilizamos atajos irresponsablemente. La democracia a la mexicana empezó su carrera y aun el motor presentaba fallas. Quisimos utilizar como garrocha a los procesos electorales para brincar el lodo de impunidad y desigualdad que tenemos. Se nos olvidó que para hablar de democracia primero debemos de hablar de otros temas. Se nos olvidó que no podemos exigir ciudadanía al que tiene un hueco en el estómago. Se nos olvidó que no podemos hablar de gobiernos al servicio público si primero no tenemos leyes respetadas. Nuestra sociedad navega un barco con agujeros.

Todos somos culpables del desencanto de la democracia. Tanto los que nos la vendieron como la redentora de todos los males, como los que no asumimos con responsabilidad la carga que nos impone el vivir en ella.

Por último, no nos dijeron que se requería un ingrediente clave: moral pública. Pensamos que con hacer leyes bastaría, pensamos que la responsabilidad era de todos menos de nosotros mismos.

@licpepemacias