Hay que llevar a cabo proyectos que nos acerquen más a nuestra gente; que platiquemos con ella, para conocer sus necesidades; no perdamos tiempo y energías en cosas secundarias, como “habladurías e intrigas, carrerismo, planes de hegemonía, clubes de intereses o de consorterías, murmuraciones y maledicencia”.

Centrémonos en la necesidad de mantener la comunión y la unidad para tener una mirada que abarque la totalidad y que ofrezca un regazo materno a los jóvenes, a los pueblos indígenas, a los migrantes, y que haga frente al desafío del narcotráfico, con coraje profético y un serio y cualificado proyecto pastoral para contribuir, gradualmente, a entretejer la delicada red humana, que ha de comenzar por las familias y que ha de extenderse a nuestras ciudades, involucrando las parroquias, las escuelas, las instituciones comunitarias, las comunidades políticas, las estructuras de seguridad.

El obispo José María de la Torre señaló que estos fueron algunos de los compromisos que tuvieron en la Asamblea de obispos; contribuir a la unidad del Pueblo; favorecer la reconciliación de sus diferencias y la integración de sus diversidades; promover la solución de sus problemas endógenos; recordar la medida alta que México puede alcanzar si aprende a pertenecerse a sí mismo; ayudar a encontrar soluciones compartidas y sostenibles para sus miserias; “motivar a la entera Nación a no contentarse con menos de cuanto se espera del modo mexicano de habitar el mundo”.

Las nuevas demandas han de ser enfrentadas con identidad, teniendo en cuenta la herencia recibida de los grandes evangelizadores y padres de la fe en México, y superando el cansancio y el miedo, a fin de entregarnos a la “tarea de evangelizar y de profundizar la fe mediante una catequesis mistagógica que sepa atesorar la religiosidad popular”.

Esta conversión pastoral ha de alentarnos a promover la formación de los laicos, como pidió, “superando toda forma de clericalismo e involucrándolos activamente en la misión de la Iglesia, sobre todo en el hacer presente, con el testimonio de la propia vida, el evangelio.

Un poco más de la mitad de la población de nuestro país está en edad juvenil, realidad que “nos invita a alzar con ilusión la mirada hacia el futuro y que nos desafía positivamente en el presente, conscientes de que un futuro esperanzador se forja en un presente de hombres y mujeres justos, honestos, capaces de empeñarse en el bien común”.

Tomemos conciencia de que eso se logra dialogando, confrontando, negociando, perdiendo para que ganen todos.