Decepcionante inversión extranjera

Por Jesús Álvarez Gutiérrez

En 2013, cuando se aprobó la histórica Reforma Energética, la Agencia Internacional de Energía (AIE) presumió que México alcanzaría inversiones foráneas por 1 billón 400 mil millones de dólares entre 2014 y 2040, o sea más de 50 mil millones de dólares anuales, sólo por concepto de petróleo y gas. La extracción saltaría a 4 millones de barriles al día y la economía crecería arriba del 5% anual. El sueño se convirtió en pesadilla cuando los precios internacionales del crudo se derrumbaron. Nunca despegó nuestra economía: apenas se sostiene en su tasa inercial del 2% anual.

Las expectativas no cumplidas de las diversas reformas estructurales, los recortes presupuestales y los problemas de seguridad han afectado el atractivo de nuestro país ante los inversionistas foráneos. De hecho, México salió de los primeros 10 lugares del Índice de Confianza de Inversión Extranjera Directa (IED), elaborado por la firma global de consultoría AT Kearney, al caer del lugar 9 en 2015 al 18 en 2016.

Los países subdesarrollados como México tradicionalmente han valorado mucho la IED porque la consideran un complemento clave del ahorro nacional para impulsar la infraestructura básica y los proyectos productivos de largo plazo, a diferencia de los flujos de capital de “cartera” que se caracterizan por ser de corto plazo y muy especulativos.

De acuerdo al último World Investment Report de las Naciones Unidas, la IED a nivel mundial alcanzó en el año 2015 un monto global de 1 billón 760 mil millones dólares, su nivel más alto desde la crisis de 2008-2009. Sin embargo, el reporte advierte que menos de la mitad de ese volumen se debió a nuevos equipamientos e instalaciones; el resto correspondió a meras transacciones de compra y recompra de compañías existentes que sólo cambian de dueño, profundizando la lógica del capitalismo especulativo.

La teoría anticipaba que los países ricos exportarían su capital a los países pobres, pero en realidad los inversionistas (de corto o largo plazo) buscan invariablemente un puerto de escala conocido y seguro. El país con mayor atractivo para la IED en el orbe sigue siendo Estados Unidos, que acapara una quinta parte de las inversiones globales. El año pasado le siguieron Hong Kong, China, Irlanda, Países Bajos, Suiza, Brasil, Singapur, India, Canadá, Francia y México, en ese orden. Es decir, sólo cuatro de los doce son países subdesarrollados. Y si analizamos a los 25 países con mayor IED, observamos que sólo una cuarta parte de ellos son economías subdesarrolladas.

México recibe un promedio anual que varía entre 20 y 24 mil millones dólares en IED, apenas un tercio de lo que recibe Brasil. Es innegable que en ciertos años la IED puede dispararse, pero no tanto por el aterrizaje de proyectos nuevos y de alto impacto, sino por meras fusiones, adquisiciones y reconversiones corporativas, lo que no eleva la capacidad productiva real del país ni el empleo ni los salarios.

Por ejemplo, México presume haber obtenido más de 30 mil millones de dólares de IED en 2015, pero no reconoce que se debió a la compra por 2 mil 500 millones de dólares de Iusacell/Unefonpor parte de AT&T, así como a la adquisición de Vitro Sab por parte de Owens Illinios en 2 mil millones. Asimismo, en el primer trimestre de 2016 nuestro país recibió un récord de 7 mil 900 millones de dólares de IED, de los cuales 2 mil millones de dólares se derivan de la adquisición de la farmacéutica mexicana RIMSA por parte de la empresa israelí TEVA; o sea, se trata de transacciones del capital internacional sin impacto en la economía real.

A lo largo de varias décadas México ha acumulado una inversión foránea por 420 mil millones de dólares, mientras que empresas mexicanas han invertido en el extranjero unos 152 mil millones de dólares.

Un poco más de la mitad de la IED en México proviene de Estados Unidos, un cuarto de Europa y el resto de otras partes del mundo.

En cuanto al destino, la mitad de la IED se queda en el sector manufacturero, 10% en servicios financieros (bancos), 10% en información y telecomunicaciones, y el resto en comercio, construcción, minería y otros.

De hecho, la única reforma que en este momento está atrayendo IED es la referida al sector de telecomunicaciones. Compañías transnacionales están comprando empresas mexicanas, o bien, están invirtiendo en el despliegue de anillos metropolitanos de fibra, en el robustecimiento del backbone, y en llevar la última milla a mayor número de hogares. Adicionalmente, varios jugadores han encontrado terreno fértil en los Operadores Móviles Virtuales (MVNO, por sus siglas en inglés), como consecuencia de la nueva regulación antimonopólica contra América Móvil.

Sin embargo, la eventual llegada de Donald Trump a la Presidencia de los Estados Unidos se convierte en freno a posibles flujos nuevos de IED a nuestro país y debilita el valor del peso.

Muchos analistas advierten que hemos venido perdiendo “poder blando” (softpower), concepto definido por el académico de Harvard Joseph Nye como la “capacidad que tiene un país de persuadir y proyectarse en el mundo a través de sus valores y cultura”. La creciente percepción de corrupción nos ha hecho perder posiciones en el Soft Power Index, donde hasta 2015 ocupábamos el lugar 29 en el mundo; en 2016 hemos salido de los primeros treinta lugares.

Entrometernos en el proceso electoral interno del país vecino resultaría quizá contraproducente, pero el gobierno mexicano debe asumir un liderazgo responsable para rescatar la imagen mexicana en estado de Derecho, mostrando resultados tangibles en el combate a la corrupción, la impunidad y la inseguridad. De otra forma la Inversión Extranjera Directa seguirá siendo insuficiente y puramente especulativa.