“…Los adultos se ven conflictuados por la ficción, exigiendo constantemente que ésta se adecue a los lineamientos de la vida cotidiana. Los adultos torpemente exigen saber cómo es que Superman vuela o cómo Batman dirige un imperio multibillonario por el día y lucha contra el crimen por las noches, aun cuando la respuesta es más que evidente: porque no son reales…”
Grant Morrison, escritor y guionista.

En los anales de la literatura escapista, la historieta ha conformado una piedra angular al conformar una temática cronotopista donde las fantasías más caras del imaginario colectivo se unifican mediante una estructura maniquea excelsa sobre el bien y el mal a través de efigies idealizadas sobre lo que un hombre o una mujer puede o debe ser ya sea en cuanto a rasgos y anatomía como en su proceder, pues el mito superheroico solo parece funcionar cuando quienes lo ejercen en los contenidos universos de fantasía delimitados por un número de páginas impresas solo manifiestan las depuradas expectativas que la humanidad fragua inconscientemente sobre la verdad, la justicia y el estilo de vida correspondiente a su nación, tal vez como una magnificada catarsis intimista ante las estulticias cotidianas que suelen regodearse en las intransigencias y fervor institucionales, las infamias de cada día cometidas hacia nuestra integridad física y emocional por los delincuentes en turno y el canalla también en turno con banda presidencial cuyas prioridades jamás rozan o bordean el interés público. En mundo donde Facebook, las Kardashian, Televisa, el reggaetón y los políticos corren rampantes por las avenidas de la conciencia comunal, no es descabellado o siquiera punitivo a nivel intelectual idealizar a un superhombre vestido con colores primarios y calzones utilizados a la inversa como una suerte de bálsamo perceptual. Su validación como instrumentos ideológicos, socioculturales y mediáticos ha sido escrutinizada hasta el sacio por intelectuales, filósofos y sociólogos, extrayendo conclusiones que van desde los afanes imperialistas producto de la inserción doctrinaria en el plano narrativo hasta la descalificación absoluta del medio tachándolo de pretensiones pueriles y lerdas. Algo hay de ello, pero también es necesario identificar aquellas expresiones que pretenden profundizar en la semiótica de la historieta mediante análisis reflexivos que en consecuencia se traducen como profundizaciones bastante claras sobre la cultura de donde proceden, tal y como lo han hecho Alan Moore, Grant Morrison, Neil Gaiman, Moebius y un largo etcétera, y este proceso, a su vez, ha permitido que el cómic se diversifique en los últimos años al punto que encontró una vía de discurso madura e inteligente valorada y apreciada por las masas, algunas incluso ya adaptadas por el cine. “Deadpool”, un personaje que nace como simple carne de cañón hace 20 años cuando la aparatosidad visual y cero argumento era la comanda de la poderosa compañía Marvel, no se suma a la apreciación cuidada e inteligente antes mencionada, pero se trata indudablemente de una jocosísima desacralización a los mitos producidos en el mundo de las cuatro tintas mediante un trato irreverente, ácido, cáustico y muy mala leche al lenguaje y estructura al medio que le dio origen e incluso logra burlarse de los convencionalismos cinematográficos mediante un constante rompimiento de su esquema gramatical, esto es, la cinta y sus personajes se saben producto de un proceso de ficción y están felices de serlo, lo que torna al filme en una experiencia fresca, gratificante a un nivel vulgar y medio cerdo y carente del solemne tratamiento que otros proyectos adheridos a la observación de su entorno comiquero adoptan, y aún así termina consolidando un discurso adecuado para una narrativa fílmica y otra digna de una historieta.
Deadpool, con su ajustado traje de cuero rojo y negro, es en realidad un mercenario con sorprendentes habilidades para el manejo de armas blancas y de fuego llamado Wade Wilson (interpretado con brío y entusiasmo por Ryan Reynolds), ser frío y despiadado que no se toma las cosas muy en serio a quien le diagnostican cáncer, una noticia aún más deprimente debido a su reciente enamoramiento con una prostituta llamada Vanessa (Morena Baccarin). Para solucionar su problema y permanecer con la chica que ama, acepta la oferta de un misterioso individuo llamado El Reclutador quien le otorga tanto la posibilidad de librarse de su mal como de obtener habilidades extraordinarias mediante un riesgoso y novedoso procedimiento desarrollado por un mutante llamado Ajax (Ed Skrein). Las cosas salen bien a medias, pues sí adquiere fuerza, velocidad y resistencia admirables pero el total de su epidermis adquiere la apariencia de “un aguacate que tiene sexo rabioso con otro aguacate más viejo”, según lo expresa elocuentemente un personaje de la cinta. Ahora Wade busca a Ajax para vengarse y para ello adopta el alter ego de Deadpool, desarrollando una historia muy básica que se ve aderezada, por no decir salpicada a raudales, con sangre, hiperviolencia, y muchos chistoretes de nuestro protagonista contados directamente a la audiencia, a al vez que se mofa de los retruécanos básicos de este tipo de historias y múltiples referencias tanto al Universo Marvel como al cine de mutantes consolidado por la franquicia de Los Hombres X, que en su contraparte impresa es donde Deadpool toma parte activa. Lo sorpresivo de la cinta no es que un estudio tan remilgado como la 20th Century Fox aceptara financiar un filme tan guarro y desparpajado (en cuanto a presentación, pues todo se cohesiona en el proceso como un caso que encuentra su centro), sino que le confiaran a un primerizo en la dirección llamado Tim Miller para capitanear el proyecto. Dicha apuesta pagó con creces, pues Miller dirige con mucha firmeza y dota de un ritmo inigualable a lo que en apariencia son gas brutales en sucesión pero va consolidándose como una trama dimensionada con ciertos matices, incluyendo el romántico. Es como si pusiera orden a un arcón de juguetes y le diera una presentación distintiva. Tal vez “Deadpool”! no sea un personaje de marca como Wolverine, El Hombre Araña, Iron Man o El Capitán América, pero después de este afortunado debut cinematográfico, algo me dice que pronto lo veremos hasta en la sopa, irónico pues cuando una entidad ficticia que forma parte de la contracultura se suma al mainstream, suele diluirse al abandonar los componentes que los especificaban y ser popular. Ya veremos. Por lo pronto, esta cinta remite a una época cuando los estudios ofrecían productos para adultos sin considerar el mercado púber, y en este sentido Deadpool es un verdadero héroe.
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