Josemaría León Lara

Es de suponer que tras el paso de los siglos el ser humano evolucionaría intelectualmente, siendo una consecuencia de los adelantos en ciencia y tecnología, factores que en nuestros días son accesibles para la mayor parte de la población mundial. En el alba del siglo XXI la humanidad se encuentra aparentemente más unida gracias a la interconexión global, sin embargo existe una realidad innegable que frena el verdadero progreso: la naturaleza humana.

Las ambiciones del corazón del hombre nublan el orden y el bien común, pilares fundamentales para que una comunidad se convierta en sociedad, mismos que lamentablemente se visualizan más allá de lo posiblemente alcanzable. Esto queda en evidencia cuando se malinterpreta el sentido intrínseco de la política y es transformada únicamente en instrumento de poder.

Las eras históricas se han caracterizado por atender a circunstancias de tiempo y modo, las cuales serían difíciles de comprender sin conocer las formas de Estado y de gobierno que fueron pieza clave para la existencia de las mismas. El siglo pasado fue el gran testigo de los arrebatos de poder e ideologías políticas (absolutismo, fascismo, socialismo e imperialismo) que explican la realidad contemporánea.

Existen distintas formas de poder así como distintas maneras de llegar a él. Dentro de las múltiples opciones existe una que ha demostrado su real eficiencia en distintas partes del mundo para hacerse del poder, pero que también demuestra que no es la manera más efectiva de ejercerlo. El populismo es un arma de dos filos, tal y como se ha visto en distintos países sudamericanos dónde un líder carismático evidentemente sociópata, despierta la voluntad colectiva para llegar al gobierno, pero una vez ahí termina convirtiéndose en un dictador más y no el mesías tan esperado.

Y aunque la constante se repita en América Latina con un discurso de tintes socialistas, lo que está pasando actualmente en la Unión Americana es para sorprenderse. Las advertencias eran más que evidentes, pero como dice el refrán: no es culpa del indio, sino del que lo hace compadre; dejaron que la fiera creciera provocando que cada vez hace más probable que “el pelucón” se convierta en el próximo presidente de los Estados Unidos.

Es cierto que su postura no radica en la izquierda, pero Donald J. Trump comparte lo inherente de un populista, haciendo el objetivo de su campaña el controlar a las masas ignorantes a través de argumentos absolutos portando la bandera de la supremacía racial, en un país donde resulta en un absurdo por su propia historia migratoria.

Le han llamado fascista, lo han llamado intolerante, inclusive un peligro (como a cierto personaje de la política mexicana), pero la verdadera preocupación radica en la pregunta de sí ¿está el pueblo norteamericano listo para ser gobernado por un populista?

A manera de reflexión y entrando en el supuesto de que llegara a la Casa Blanca en enero de dos mil diecisiete, resalta la famosa frase de Don Porfirio Díaz, “pobre México tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”, dónde evidentemente el panorama mexicano para las elecciones del dos mil dieciocho queda en la incertidumbre.

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@ChemaLeonLara