José Arrieta Agencia Reforma

MORELIA, Michoacán.- Quiso la suerte que mi guía en esta jornada fuera Flor, una chica que vende golosinas en el Mercado de Dulces y Artesanías y que, tras platicar sobre los souvenirs que traería a mi vuelta del Festival Internacional de Cine, me cedió un par de horas para descubrir esta ciudad, apodada por José María Morelos y Pavón “el jardín de la Nueva España”.
“Debes empezar en el Parque Morelia para caminar, ver a los chavos hacer acrobacias en patines e incluso, por unos 30 pesos, te hacen un retrato a mano”, señala mientras contemplamos el recién remodelado quiosco.
La caminata nos lleva a través de la Catedral de Morelia hasta la Plaza Ocampo, donde un gran letrero con el nombre de la ciudad se ha vuelto el protagonista de las fotos de lugareños y visitantes. Hacia el fondo de la plaza hay otras letras, frecuentadas más por parejas debido a su mensaje: Amor.
“A pesar de haber nacido aquí, uno de los lugares que más me gusta es la Casa de Morelos. Tiene muchas cosas que usó en su vida, incluso un trozo de la venda que le pusieron cuando lo fusilaron. Ah, ¡y el robot!”, destaca Flor.
Sentados en una pieza amplia y bien iluminada, esperamos hasta que la encargada del Museo cierra la puerta. Nos avisa que podemos grabar y tomar fotos, pero sin flash. Tras mover un par de palancas, el animatronic de Morelos cuenta un poco de su vida y filosofía. Es imposible no emocionarse.
Para golosos
A una cuadra de este recinto está el Convento de San Agustín, en cuyos portales se pueden comer, por poco dinero, algunas de las delicias que hicieron que la cocina michoacana se convirtiera en Patrimonio Cultural de la Humanidad. Hay corundas, pozoles e incluso mariscos.
Mi guía me lleva hacia una pequeña vitrina que sobresale de un portal viejo, en la calle de Corregidora: allí venden unos deliciosos panes con relleno de arroz con leche por 11 pesos.
“A Morelia debes venir dispuesto a comer, a ver y a escuchar, pero con tranquilidad”, recomienda.
Hidalgo es una pequeña calle peatonal donde se congregan algunos de los negocios más frecuentados por los morelianos: están el Mesón de los Agustinos, donde casi a toda hora hay que esperar para entrar, el restaurante El Tragadero y un pequeño local que, con orgullo, dice preparar los mejores gazpachos de la ciudad.
“Como si fuera una película: dejamos lo mejor para el final”, dice Flor mientras nos encaminamos hacia el Mercado de Dulces y Artesanías, ubicado a unas cuantas cuadras.
Dicen los lugareños que don Vasco de Quiroga, primer obispo de Michoacán, enseñó una artesanía a cada pueblo indígena de la región. Más allá de la veracidad histórica, lo cierto es que en este mercado se pueden encontrar desde unos pequeños aretes de filigrana hasta guitarras, sarapes, vestidos, libretas con portadas de madera quemada y artículos de piel. Sin embargo, los verdaderos protagonistas son los dulces.
“Aunque los ates y las laminillas son lo que más busca la gente, lo que yo les recomiendo son las morelianas, que están hechas de pasta de leche horneada”, concluye Flor.