ciudad-vivaEs innegable que la persistente caída en los ingresos de los hogares (ENIGH 2014) y el crecimiento económico mediocre del país son dos fenómenos íntimamente asociados. Sin embargo, no hay acuerdo en establecer cuál es la causa y cuál el efecto. Mientras para los economistas ortodoxos el bajo crecimiento inercial ha provocado la reducción continua de los ingresos familiares, otros observadores advierten la importancia de empezar a ver la relación justamente al revés: es la debilidad del mercado interno la que está paralizando la economía.

No es irrelevante la discusión. No se reduce a un juego de palabras, ni a un debate teórico. Que los gobiernos en turno escojan cualquiera de las dos posturas acarreará consecuencias significativamente diferentes para el bienestar de la población hacia el futuro.

Justificar que los ingresos de las familias mexicanas disminuyen porque la economía no crece, es conveniente para los funcionarios. Los vuelve indiferentes e insensibles. El crecimiento, según esta postura, depende de variables externas sobre las que nadie tiene control, y por tanto ninguna autoridad doméstica es responsable de que la pobreza y la desigualdad aumenten. Es culpa de China, de Grecia, de Estados Unidos. Es resultado del derrumbe del mercado petrolero o de la política monetaria de la Reserva Federal.

Esta postura, repito, es cómoda, pero terriblemente pesimista. Explica el pasado, pero nos condena a no tener futuro. Significa que nuestro país será eternamente subdesarrollado por haber quedado ubicado en la periferia de un sistema económico global, dentro del cual jugamos un papel marginal como proveedores de materias primas y mano de obra barata.

Si seguimos pensando así, nada podremos exigir a nuestro gobierno para corregir el rumbo, pues desde esta perspectiva nada está en sus manos. Nos pasa lo mismo que a nuestra selección nacional de futbol: su calificación deriva siempre de una larga serie de coincidencias milagrosas (que quede en el grupo débil, que los favoritos ganen por la mínima diferencia, que los demás empaten, que los árbitros nos regalen penaltis…). Rezaremos, pues, para que la economía de Estados Unidos crezca, pero no demasiado para que la Reserva Federal no suba la tasa de interés; sólo lo suficiente para que nuestros paisanos puedan seguir enviándonos remesas y para que crezcan nuestras exportaciones. Rezaremos para que el precio de los hidrocarburos suba, pero no demasiado para que no se frene la economía mundial, sólo lo suficiente para que mejoren nuestros ingresos petroleros y tengamos algunos interesados en comprar nuestros yacimientos en venta.

O bien, podemos romper paradigmas, cambiar hipótesis y reconocer que nuestro crecimiento debería contar ya con un motor propio, que no es otra cosa que un mercado doméstico fuerte. Éste requiere estar alimentado por una continua elevación del poder adquisitivo de los sectores populares (empleos y salarios), la ampliación de las clases medias del país y la generación de un empresariado local pujante.

Lograr estas metas requiere, primero, dejar de soñar que la inversión extranjera nos va a resolver los problemas de pobreza y desigualdad; segundo, reconocer que subir el volumen de exportaciones sin contenido nacional es estéril; y, finalmente, requiere de políticas públicas inteligentes, coherentes y sensibles que pongan en el centro del quehacer gubernamental el respeto a los derechos humanos fundamentales. Necesitamos una política tributaria que no ahogue al microempresario ni merme la capacidad de compra de la población general; una política de gasto que priorice el crédito a los empresarios locales innovadores y creativos, y también la inversión en infraestructura básica, educación, salud y seguridad universal; una política industrial que aglutine a las empresas locales en la proveeduría de los sectores dinámicos de la economía; y, sobre todo, una política salarial redistributiva, verdaderamente comprometida con el bienestar de los mexicanos.

Las famosas once reformas estructurales van en el camino correcto, especialmente las que tienen como propósito romper los monopolios y oligopolios existentes en los sectores financiero, energético y de comunicaciones y telecomunicaciones, verdaderos cuellos de botella que ahogan la productividad de las empresas. Sin embargo, en la práctica hemos avanzado poco. No se percibe el beneficio del aterrizaje de ninguna de estas reformas: los créditos, la gasolina, el transporte y los servicios de telecomunicación siguen siendo los más caros del mundo.

Compensar este exceso de costos castigando el pago a los trabajadores de las empresas es una forma injusta e insostenible de producir. Si los ingresos de los hogares siguen en picada, nunca podremos desplegar el potencial de nuestra economía.

jesusalvarezgtz@gmail.com

http://heraldo.mx/tag/ciudad-viva