DAVID WARK GRIFFITH, EL INVENTOR DE HOLLYWOOD

”Las películas están hechas de arena: existen hoy, pero las olvidarán mañana”

Dicha cita surgió de los desencantados labios de quien podría considerarse el artífice del cine contemporáneo y visionario de tiempo completo: David Wark Griffith (D.W. para sus amigos, los cuales contaban con apellidos como Chaplin y Pickford), quien trabajó como director en una industria naciente para verla retoñar y florecer brindando frutos inagotables tanto a audiencias como creativos solo para irónicamente marchitar su propia voluntad a la par de ella. Tal es el precio a pagar por crear las bases para el desarrollo de un arte. El 7º para ser precisos.
Griffith nació el 22 de enero de 1875 en un estado de Kentucky todavía rural y silvestre donde creció amparado a las glorias bélicas de su padre, un soldado veterano de la Guerra Civil quien llenaba la imaginación del futuro cineasta con estampas patriotas, románticas y melodramáticas, moldeando una visión en blanco y negro apta para el naciente y monocromático medio cinematográfico donde incursionó primero como actor y después como asistente de director para el legendario Edwin S. Porter (“El Gran asalto al Tren”, E.U., 1903) en la afamada Compañía Edison. Esta experiencia resultó lo suficientemente gratificante para emprender una carrera en solitario como director para la American Mutoscope and Biograph, donde dirigió un total de 450 cortos que le permitieron experimentar con diversas técnicas narrativas y técnicas que erogarían en su inquietud por aventurarse en el escabroso terreno de los entonces incipientes largometrajes, reto que pretendía afrontar en escala épica para abordar una idea que vagaba por su mente donde recolectaba todas las hazañas que su padre le había narrado donde los soldados serían retratados con luz heroica y se enarbolaría la bandera norteamericana con bríos inéditos en la pantalla, con un título que le traía una sonrisa cada vez que alguien preguntaba cómo llamaría a tan ambicioso proyecto: “El Nacimiento de una Nación”.
En 1915, la elucubración dio paso a la realidad cuando Griffith obtuvo el financiamiento requerido para filmar, por fin, su oda al hombre común desde una perspectiva maniquea donde los héroes eran indiscutibles y potentes  y los villanos eran… negros, asolados por las fuerzas bienhechoras del Ku Klux Klan. Sin embargo, la historia ya había dado vuelta de página cuando las cualidades técnicas y narrativas moldeaban y estructuraban al también naciente lenguaje cinematográfico, obsequiando al espectador dádivas visuales como: montajes paralelos, movimientos de cámara innovadores, mascarillas ópticas para acentuar elementos y ritmo intencionado. La cinta fue un éxito arrollador, recaudando cifras impresionantes para aquella época y visionada incluso por el Presidente Woodrow Wilson en una exhibición privada en la Casa Blanca, donde exclamó con entusiasta hipérbole: “Es como si la historia fuera escrita por un relámpago”.
Un año después, Griffith presentó su obra maestra: “Intolerancia”, un épico relato que rebasaba cualquier ambición temática hasta entonces al presentar 4 relatos en paralelo ubicados en diversas épocas: la antigua Babilonia y su enfrentamiento con los Persas, la masacre de San Bartolomé durante el reinado de Catalina la Grande, la crucifixión de Jesucristo y una conflictuada relación amorosa entre un joven y una inocente chica en la Norteamérica de los 10’s. La magnificencia de los escenarios y la maestría técnica con que se narra la cinta la vuelven indispensable para cualquier cinéfilo que se precie, además de ser el proyecto más costoso en su momento: 2 millones de dólares, pagados por el propio Griffith quien veía a la cinta como su máximo sueño materializado.
El filme se presentó en un lujoso teatro neoyorquino donde acudieron la crema y nata de la sociedad norteamericana, atestiguando el corte original de su director {aproximadamente 6 horas}. El público disfrutaba con azoro la suntuosa y casi imposible recreación de Mesopotamia, mientras se conmovía con los aspectos dramáticos e incluso reía con ciertos aderezos chuscos entre tanta opulencia. La cinta llegó a su fin y el público se puso de pie para homenajear tan brillante trabajo y a su ídem creador, quien se encontraba henchido de orgullo y en la cima de su propia cima creativa. En eso, un botones del teatro irrumpió bruscamente gritando de forma estertórea: “¡¡Estados Unidos ha entrado a la 1ª Guerra Mundial!!”
El público huyó despavorido dejando a Griffith desolado con el eco de un aplauso que jamás llegó. Pasados los años, el director jamás pudo recuperar lo invertido en “Intolerancia” y, a pesar de dirigir un número considerable de cintas posteriores (destacando las sublimes “Capullos Rotos” – 1919 y “América” – 1924), haber forjado los primeros estudios de Hollywood, codearse e integrarse con los pioneros de la Meca del Cine e incluso integrar parte fundamental de la creación de la United Artist, David Wark Griffith falleció con pocos dólares en el bolsillo, en un modesto apartamento californiano víctima de un derrame cerebral el año de 1948. Los genios suelen morir sin compañía pero jamás desamparados, pues viven en la posteridad con la mejor de ellas: sus filmes, aquellas entidades de arena que, al final, se rehusaron a marcharse.

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