Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Si algo nos ha enseñado la Internet, es que el cotidiano puede mimetizarse sin problema alguno con el flujo de nuevas y diversas vías de información que dictan, la mayoría de las veces, el rumbo perceptual que el individuo pretende o aspira alcanzar día tras rutinario día, sintonizando su capacidad mnemónica a nuevas y, en ocasiones, extrañas experiencias sensoriales que bordean la fantasía multimedia de un Philip K. Dick o William Gibson, pero vaticinadas por un cineasta que abrió la primordial lata con gusanos metafóricos a través de una fértil y pavorosa imaginación: David Cronenberg.
Nacido en Toronto, Canadá, en el año de 1943, David Paul Cronenberg enfocó sus energías creativas desde muy temprana edad a explorar los genuinos temores del ser humano que no residen ni en seres de ultratumba, ni creaciones monstruosas en laboratorios demenciales, sino en la fuente y motor de todo ser humano: La mente. Su interés por los medios audiovisuales, después de truncar una prometedora carrera periodística encauzada por su padre, comenzó cuando egresó de la carrera de Literatura en la Universidad de Toronto para comenzar la filmación de algunos cortometrajes a finales de la década de los 60’s que mostraban atisbos a las inquietudes narrativas del futuro cineasta, con proyectos como “Transfer” (1966), “Stereo” (1969) y “Crimes of the Future” (1969), modestos en ejecución, pero muy ambiciosos en contenido al abordar temas como: La desolación, posturas existencialistas y los procesos de despersonalización ante instituciones futuristas (¿contemporáneas?) incapaces de lidiar con el factor humano.
Sin embargo un encuentro decisivo con Ivan Reitman, entonces otro joven talento canadiense y futuro director de “Cazafantasmas” o una plétora de comedias con Arnold Schwarzenegger, permitió el ingreso de Cronenberg al mundo de los largometrajes, dirigiendo la cinta “Parásitos Asesinos” (“Shivers”) en 1975 bajo el auspicio económico de Reitman. Como su título indica, el filme narra la intrusión de diminutos seres semejantes a miriápodos en un edificio de departamentos, donde logran poseer la voluntad del humano huésped, tornándolos violentos y sedientos de sangre, consolidándose como un éxito modesto en los E.U. tanto por la trama minimalista pero aterradora como por la participación estelar de Barbara Steele, otrora reina del cine de horror italiano y musa de Mario Bava.
Gracias a la recaudación en taquilla de esta cinta, Cronenberg pudo proseguir con su exploración de los horrores corporales en cintas notables como “Rabia” (“Rabid”,1977) sobre una epidemia que trastorna violentamente a una pequeña población; “Engendros Infernales” (“The Brood”, 1979), una parábola inteligente y repulsiva sobre los peligros simbólicos de la procreación y “Telépatas, Mentes Destructoras” (“Scanners”, 1981), donde la mente se pone en conflicto bélico literalmente y por vez primera en la filmografía de Cronenberg con la carne. Estas cintas, sin embargo, fueron tan solo un proceso formativo para el cineasta, quien cimentó su idiolecto con la clásica cinta “Cuerpos Invadidos” (“Videodrome”, 1983), un maravilloso ejercicio narrativo y estilístico no apto para estómagos delicados que bien podría consolidarse como la peor pesadilla de McLuhan y sus postulados mediáticos, donde el personaje principal (un soberbio James Woods) se conecta con una estación pirata satelital que provee a sus espectadores sensaciones que rebasan la perversidad, transformándolo en un recipiente orgánico que fusiona lo biológico y natural con lo tecnológico. Es en este punto cuando Cronenberg alcanza una madurez absoluta en su discurso y plantea llanamente su preocupación / fascinación por la absorción de los medios de comunicación de la conciencia social, mutando la humanidad en… otra cosa, la “nueva carne”.
Dichas inquietudes se verán reflejadas en los proyectos posteriores de Cronenberg como “Zona Muerta” (“The Dead Zone”, 1983), tal vez el único texto de Stephen King que se semeja y aproxima a las inquietudes discursivas del director canadiense catalizándose en el personaje principal (interpretado por el sombrío Christopher Walken) y la aterradora alternativa a la precognición; “La Mosca” (“The Fly”, 1986), remake de la cinta homónima de 1957 donde la pesadilla genética del hombre moderno alcanza niveles escatológicos y pavorosos, además de favorecida por diálogos producto de una cultura en extravío, enunciados por un Jeff Goldblum insuperable (“Tal vez sólo soy un insecto que soñó que era un hombre…”); “Inseparables” (“Dead Ringers”, 1988) que plantea una cuasi fantasía teratológica donde el amor más puro está en posesión de unos gemelos monocigóticos ginecólogos y “El Almuerzo Desnudo” (“Naked Lunch”, 1991), el epítome de la obra de William S. Burroughs inevitablemente filtrado por la densa mirada de su cuasi gemelo idiomático Cronenberg. Filme indescriptible y, por supuesto, fascinante.
El sendero creativo de este director se bifurcó a mediados de la década de los 90 cuando, al parecer habiendo purgado toda inquietud concerniente a lo fantástico, canalizó su poderío visceral a cintas que trastocan el mundo conocido a través de una visión que exacerba y potencializa el déficit moral y convencional de la psique humana en proyectos que se regodean en una bizarra poesía que conjuga lo sublime con lo prosaico: “Crash, Extraños Placeres” (“Crash”, 1996), una torcida oda al orgasmo provocado por la erótica sensación de dos autos / cuerpos en colisión destructiva-seductiva; “Spider” (2002), con un Ralph Fiennes que sirve de ventanal para la oscuridad existencial que mora en todo ser; “Una Historia Violenta” (“A History of Violence”, 2005), adaptación de la novela gráfica que pone de manifiesto la fatal e inherente habilidad de herir en cada humano sin desvaríos moralistas y sí harto antropocéntrico; “ Promesas Peligrosas” (“Eastern Promises”, 2007), saga de mafiosos rusos y probablemente el discurso más cinematográfico de Cronenberg, tanto en texto como en imagen al aumentar los decibeles del drama análogamente a la postura oscura de sus personajes; “Un Método peligroso” (“A Dangerous Method”), una meditación visceral sobre los riesgos de la psiquiatría usando como conducto la pugna de Freud vs. Jung con drama delirante de por medio; “Cosmópolis”, moroso viaje introspectivo de un joven acaudalado quien, en el transcurso de un caótico y surrealista día, lo pierde todo y “Mapa de las Estrellas”, un frenético y pavoroso retrato de un Hollywood de barro con entidades dominadas por egos y esquizofrenias.
Sus trabajos permiten entender la bilocación cultural del Siglo XX al mostrarnos un plano donde el intelecto es la norma y un instrumento necesario para la desintoxicación de la narcotizante presencia de la complacencia multimediática y zanjando el rumbo ideológico de la generación Millenial, conectados a los canales de percepción que este profeta de la nueva carne ya había vaticinado en sus filmes, pero no creímos hasta que la despersonalización llegó a nuestros bolsillos en forma de minúsculos tiranos electrónicos que se alimentan de nuestro dinero y gratifican con sus naderías.
Es por ello que, ahora más que nunca en la era de la banalidad fílmica cobijada por el Facebook, el Wattsapp y multimillonarios monomaníacos que aspiran a posiciones de inaudito poder… ¡Larga vida a la nueva carne!

La filmografía de Cronenberg en su totalidad está disponible en la Videoteca del C.C. Casa Jesús Terán.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com <mailto:corte-yqueda@hotmail.com>