Elevemos una plegaria al dios en la máquina.
Cuando David Cronenberg postuló en su visionario y deductivo filme “Videodrome: Cuerpos Invadidos” (1982) que “la pantalla es la nueva retina de la mente”, en realidad conjeturaba sobre la incalculable magnitud en la biomimetización que surgiría de esa bizarra codependencia entre hombre y máquina desde que la industrialización hizo mella en el paraje cotidiano. El enclavamiento de esa retorcida y abstracta sinfonía de circuitos y cables en la conciencia de la colectividad alteró su condición de hombre naturalmente consciente a ente favorecedor de la experiencia sintética y sincrética, participando del relato modernista como una neoilustración que se refocila en el desdén por las primitivas formas de comunicación, percepción y cognición para acoger únicamente la razón, encubando designios que tan solo ven la luz por vías aforistas (twitter) y coagulando el espíritu creativo. Algunos los llaman “redes sociales”, otros lo han apreciado como un sometimiento del artificio sobre la carne, el precio a pagar por esa Caja de Pandora abierta llamada ciencia que nos dio aquella pantalla de relucientes y estroboscópicos conocimientos para su ciega adoración. Tal es el camino del futuro. Tal es el cyberpunk.
Este último término es el nicho donde habitan todas aquellas sociedades afectadas por la inestabilidad inherente que posee la tecnología al generar un simulacro de control y sumisión como extensión de asistencia humana, mas al final sólo semeja un metálico y frío reflejo de nuestras propias incapacidades y limitaciones. Un rostro quimérico que parece guardar diversas respuestas cual esfinge de silicio pero con una sola agenda: desintegrar el orden social y sustentarse de nuestras almas. El cyberpunk explora todos estos elementos a través de visiones distópicas donde la calidad de vida del hombre se ha degradado en base a su dependencia de las máquinas, contrastando la miseria existencial con resplandecientes megalópolis de sobrada esterilidad y gobernadas por adinerados industrialistas. La deshumanización es su leitmotiv y la recuperación de la misma su motor narrativo.
Aún cuando faltarían décadas para que el escritor William Gibson depurara el concepto con su obra seminal “Neuromante”(1984), el alemán Fritz Lang ya lo tenía más que aclarado en su magistral filme “Metrópolis” (1927), magnum opus de la línea expresionista con un sublime manejo del art decó para acentuar la despersonalización de una sociedad obrera manejada por oligarcas, quienes utilizan una entidad robótica femenina para sembrar la desesperanza y confusión entre ellos. A 85 años de su creación, esta cinta prosigue su camino como una de las influencias temáticas y plásticas más contundentes del cyberpunk. Sin embargo, éste adquiriría su relevancia actual gracias a una película tan magistral e inteligente, que por supuesto fue desdeñada en su momento: “Blade Runner”(1982), una adaptación al texto de Philip K. Dick titulado “¿Sueñan los Androides con Ovejas Electrónicas?” que recurre a las obsesiones estéticas y narrativas del film noir (ambientes nocturnos, atmósferas opresivas y cuasi góticas, contexto meramente urbano, antihéroe taciturno y engabanado, femme fatale a la Lana Turner, etc.) en fusión con una puesta en escena futurista y creativa para relatar la misión del detective Deckard (un Harrison Ford en plena forma) de capturar a unos androides humanoides renegados llamados “Replicantes”, liderados por el apropiadamente nombrado Roy Batty (Rutger Hauer). ¿Y qué es lo que ellos quieren? Conocer a su creador. Tal encomienda de tintes metafísicos da como resultado un discurso redondo y lleno de lecturas sobre la condición humana y otros cuestionamientos filosóficos, sintetizando perfectamente las inquietudes téticas del cyberpunk.
Y es precisamente el desmenuzamiento del ethos lo que provee de profundidad a esta manifestación tan pura de la ciencia ficción. Desafortunadamente, son muchos los que pretenden abordarla y simplemente no logran comprenderla, pues abandonan tales reflexiones en una vacua búsqueda de espectacularidad visual aprovechando los ucrónicos entornos que provee su especulativo formato, ya que por cada cinta que arma correctamente su discurso bajos los lineamientos que plantea el cyberpunk, surgen 10 que desprecian sus sutilezas simbólicas o las inquietudes que plantea con respecto a la idiosincrasia del circuito. ¿Ejemplo? Algunos filmes producto de una sociedad de urbanización tal que parecieran extraídas de un universo cyberpunk como lo es la japonesa y que relacionan sus propios aspectos identatarios con el género en proyectos como “Akira” (Otomo, 1988), oscura fábula distópica contada con madurez y rigor cinematográfico sobre dos amigos, Kaneda y Tetsuo, que ven quebrantada su relación afectiva y vida callejera en sofisticadas motocicletas cuando el segundo es elegido por la mística entidad del título para recibir el pavoroso regalo de la omnisciencia. El clímax redefine la palabra “apoteosis” y se nos muestra una literal fusión de hombre-máquina de proporciones grotescas. Por su parte “Ghost in the Shell” (Oshii, 1995) aborda una historia sobre la ontología del chip una vez que una poderosa computadora, llamada “Puppetmaster” (guiño simbólico) adquiere noción de sí y se contrapone a sus creadores, por lo que una oficial de policía androide tratará de detenerlo. Los inteligentes diálogos sobre la identidad del ser y la definición de humanidad, aunado a la dinámica y realista animación, hacen de esta cinta una referencia obligada de la ciencia ficción actual. Desafortunadamente, como efecto secundario a su merecido culto, le dieron a Keanu Reeves más trabajo del que realmente merece con algunos protagónicos en conocidas cintas cyberpunk que diluyen los trabajados discursos de sus mentores japoneses, con títulos como “Johnny Mnemonic / Fugitivo del Futuro” (Longo, E.U., 1995), donde Reeves es un mensajero de información virtual que debe vaciar los datos contenidos en su cráneo antes que éstos literalmente lo maten. Como esta memoria USB humana es muy valiosa, varios villanos tratarán de capturarlo. Lo más irónico de esta sosa y flácida producción es que su guión parte de la mente del padre del cyberpunk, William Gibson, quien después se quejaría de que su trabajo fue saboteado en posproducción. Las otras cintas donde el maniquí de Keanu se desempeña como mesías cyberpunk son, por supuesto, la trilogía “Matrix”, una tomadura de pelo de monumentales proporciones donde los chapuceros hermanitos (ahora hermanitas) Wachowsky reciclan lo establecido en “Ghost in the Shell” y confeccionan una aporía fílmica engañabobos gracias a una recitación ad nauseam de reflexiones filosóficas light, el estrujamiento de la ya sobreexplotada figura mesiánica en el cine de ciencia ficción y su famoso tiempo bala, lo que agrega mayor insulto a las injuriantes secuencias que plagian cuadro por cuadro a la mencionada cinta de Mamorou Oshii. Más gratificante hubiera sido una versión occidental de la saga “Tetsuo”, creada por Shinya Tsukamoto y valorada por las audiencias europeas como un alegato de la amalgama conciencia-mecanismo y los fetichismos metálicos filtrados por una sensibilidad demencial y fantásmica a la David Lynch.
Conforme recuerdo y repaso estos títulos (quedando en el tintero filmes valiosos para futura revisión individual como “Dias Extraños” de Kathryn Bigelow o “Robocop”, la violenta y mordaz visión de Verhoeven sobre el género), me percato de un detalle irónico: todo este texto se redacta en una computadora para su posterior envío vía e-mail al diario. A veces me pregunto cuánto de mí mismo puedo seguir obsequiándole a esta máquina y si esa brillante pantalla que observo es en realidad la mirada plásmica de mi mente. Oh, bueno, de todas formas es el camino del futuro. Tal es el cyberpunk.
Nota: Los títulos mencionados se encuentran a la renta en la Videoteca del C.C. Casa Jesús Terán.

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