Luis Muñoz Fernández

Si se visita la ciudad de Boston y se hace un recorrido turístico para conocer sus lugares más representativos es muy probable que al visitante se le enseñe el lugar en donde ocurrió lo que los estadounidenses llaman la “Masacre de Boston”.

El hecho ocurrió la noche del lunes 5 de marzo de 1770, cuando un grupo de bostonianos protestó frente a un pelotón de soldados británicos que, al verse amenazados, dispararon contra la muchedumbre matando a cinco personas. Se dice que este hecho desencadenó la lucha por la independencia de los Estados Unidos de América. El término “Masacre de Boston” fue acuñado por Samuel Adams con fines de propaganda para exigir la retirada de las tropas inglesas de la ciudad de Boston.

Visto desde nuestra realidad mexicana, pudiese parecer que el término “masacre” es excesivo para denominar aquel hecho en el que murieron cinco personas, sin embargo, la palabra está bien empleada, pues nuestro diccionario la define como “Matanza de personas, por lo general indefensas, producida por ataque armado o causa parecida”. Cabe preguntarse cómo denominarían los estadounidenses lo que ocurre con dolorosa frecuencia en varios puntos de nuestra geografía nacional. Hasta la palabra masacre parece ser insuficiente.

Mucho se ha escrito y se sigue escribiendo sobre lo acontecido la noche del 26 al 27 de septiembre de 2014 en Iguala, Guerrero, con aquellos estudiantes de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos, mejor conocida como Normal Rural de Ayotzinapa. Aquella noche fueron asesinados tres normalistas y dos más fueron heridos, a uno de ellos las balas le destrozaron el rostro y el otro, que recibió un balazo en la cabeza, sigue en estado de coma, internado en el Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía de la Ciudad de México. Como es sabido, otros 43 estudiantes desaparecieron. Hasta el momento, sólo se ha logrado identificar el material genético de uno de ellos en pequeños fragmentos de hueso que fueron analizados por científicos de Innsbruck, Austria.

Como tantos hechos terribles de los que tenemos conocimiento casi cotidiano, ya casi nadie toca el tema de Ayotzinapa. Los 43 van pasando al olvido y se suman a los miles de desaparecidos de los que nadie, incluyendo las autoridades, tiene memoria. Pero no todos están conformes con olvidarlos. A finales de 2015, una periodista nacida en Argentina escribió un libro que tiene una enorme virtud: nos comparte los testimonios de los sobrevivientes, de los padres, familiares y amigos de los 43 y, sobre todo, nos entrega una minibiografía de cada uno de ellos, escrita en presente, ilustrada con fotografías, para que no mandemos al pasado a quienes todavía no podemos y no debemos dar por muertos.

Este libro se titula Ayotzinapa. Horas eternas (Ediciones B, diciembre de 2015) y su autora es Paula Mónaco Felipe. Ella conoce el tema de manera dolorosamente personal. Sus padres fueron víctimas de desaparición forzada durante los terribles años de la dictadura militar argentina cuando ella tenía apenas un mes de nacida. Se crió con sus abuelos y se convirtió en periodista. Desde hace varios años se mudó a nuestro país y ha trabajado en diversos medios informativos, incluyendo el periódico La Jornada.

En la parte central del libro están las biografías de cada uno de los 43 desaparecidos, de los tres asesinados y de los dos heridos. Leer esas páginas y ver las fotografías que contienen nos hacen ser conscientes de que se trata de seres humanos como nosotros, no son solamente cifras o entidades abstractas a las que tanto nos tienen acostumbrados los medios de comunicación y los fríos informes oficiales. En el libro se palpa el dolor de los padres, su indignación, el cansancio de tantas y tantas jornadas de preguntas sin respuesta.

También se palpa la tensión frente a las autoridades de los diversos órdenes de gobierno que con su actuación no hacen sino confirmar su indiferencia, cuando no su desprecio, hacia quienes deberían servir y, sobre todo, consolar con especial delicadeza. Autoridades que han sido capaces de respaldar una “verdad histórica” que hoy deviene en falacia tras las investigaciones paralelas llevadas a cabo por expertos mexicanos y extranjeros. Prueba contundente de que los ciudadanos lo somos sólo de nombre y que cuando así conviene, no hay garantías ni protección para nuestras vidas y patrimonio.

Durísimas las palabras de Eduardo Buscaglia, experto en seguridad y delincuencia organizada, que se incluyen en el libro: “Esto no es un narcoestado; esto se ha transformado en una mafiocracia”. Tal vez suenen a exageración, pero también abren la posibilidad de analizar los acontecimientos desde una nueva perspectiva.

Dejemos en el aire, para respirarlas y meditarlas, unas palabras de la autora que aparecen hacia el final del libro:

Pero los desaparecidos no se fueron: se los llevaron. Alguien lo hizo y sabe en dónde están. A los demás nos queda la opción de no ser indolentes ni voltear hacia otra parte, de conservar la humanidad. No podemos resignarnos a la injusticia ni seguir en la inconsciencia de quien aplaude a su verdugo. No podemos acostumbrarnos a ver cifras que crecen, a ya no saber los nombres de quienes faltan.

 

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