“Elige la vida…”
Mark Renton

Dos décadas atrás, todo el cúmulo de apropiación cultural apilado en la conciencia comunal de una generación tan desconocida que requería de un componente algebraico para que los actuales Millenials pudieran realizar actos de sustitución a su antojo como remedo de interpretación (después de todo, dicha generación fue designada como la “X”) aún puede localizarse en una de las cintas más versadas y específicas de dicho sustrato histórico: “Trainspotting”, rebautizada en nuestros lares como “La Vida en el Abismo”. Adaptando un texto homónimo del ácido y punaznte escritor galés Irvine Welsh, el guionista John Hodges y el director Danny Boyle destiñen la urbanidad escocesa mediante trazos plomizos de exploración sociológica a través de un grupo de jóvenes gobernados por el extravío formativo y vivencial pero motivados por la brillante punta de una aguja hipodérmica cargada de morfina, siendo ellos un producto de la desigualdad de clases generada por la devastadora política interna diseñada por Margaret Thatcher que perjudicó irremediablemente a la esfera obrera, negándoles su lugar en una jerarquía clasista que debió superarse mediante una recreación dislocada a través de su subcultura, una que contemplaba la droga como evasión e iluminación a falta de empleo y remuneración económica.
El líder apostólico en este kerigma del desgano cultural es Mark Renton (Ewan McGregor en el papel que lo consagraría), un joven de Edimburgo que transita entre la observación detallada de su propia condición social y la entrega absoluta a la evasión de la misma, gritando desde la cima con pompa y violencia que toda aspiración materialista inoculada en la percepción comunal sirve para nada -baste recordar su narración en off que prologa esta entropía narrativa ensalzando la elección de bienes y servicios solo para preferir la individualidad – . Y como todo caudillo de la inconformidad, éste tiene un séquito: Spud (Ewen Bremner), un alma gentil que se sustenta en la codependencia: Sick Boy (Jonny Lee Miller), estafador y pregonero de las bondades de la apatía mientras finge ser Sean Connery; Tommy (Kevin McKidd), el atleta del grupo quien invariablemente se verá más seducido por los fármacos que por el deporte y Begbie (Robert Carlyle), sociópata energúmeno que vive su honestidad mediante el alcohol y no la droga. Juntos proveerán un compuesto de reflexividad inteligente sobre el mundo que han elegido habitar mientras la morfina les permita articular sus diatribas.
Su adicción a los estupefacientes es tan solo el catalizador mediante el cual la cinta construye una narrativa centrada en las contemplaciones de Renton, cuyas opiniones y objetivos constituyen la de la cinta misma, aún si elementos tangenciales afectan su toxicómana existencia, como su relación con Diane (Kelly McDonald), adolescente febril que le provee de catarsis carnal y un ocasional oído donde depositar sus ácidas diatribas o el fallecimiento de un bebé irónicamente llamado Dawn (Alba) a causa de su descuido por el prolongado pasón de este grupo. Todos los componentes se unirán en el desesperado intento del protagonista por alejarse de la droga mediante una secuencia de proporciones dantescas pero concluyentes. Renton logra alejarse de su vicio tan solo para descubrir que su entorno no mejora por ello.
La cuidadosa y propositiva puesta en escena, el montaje descafeinado y las fantásticas elecciones sobre emplazamiento de cámara traducen al relato como una narrativa que trasciende su propio argumento para que el director Danny Boyle emplee todos los elementos de forma integral, pues la mirada de la lente se mimetiza con la de sus personajes y, por ende, extensiva a la nuestra, convidándonos de ese frenesí mental por el que atraviesan estos rebeldes con causa (la droga) que sintetizan su abúlica existencia viendo a los trenes pasar (“trainspotting” en inglés), el símbolo definitivo de una generación que no puede más que contemplar el paso de la vida frente a sus ojos inyectados de sangre por sueño, aburrimiento o la T. V. . El discurso jamás se entrega a vías de complacencia y el final de la cinta no podía ser más contundente: “Elige la vida…”, dicho con sorna para que el espectador comprenda que su historia jamás ha sido suya, que es tan solo presa de sus necesidades inmediatas, de aquello que, como definiera Ray Liotta en su papel de Henry Hill en la extraordinaria “Buenos Muchachos” de Scorsese, “nos hace un imbécil más”, u otra de “aquellas heces fecales contentas del mundo” según Tyler Durden en “El Club de la Pelea”. Elegir la vida es la negación máxima a la singularidad, y 20 años después, aún nos preguntamos: ¿Por qué querría elegir algo como eso?

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