“El conocimiento habla, pero la sabiduría escucha.”
Jimmi Hendrix

Desde aquella época en que notables griegos como Platón o Pitágoras diseminaban su labor sofista en aras de la reconstrucción de una doxa (conocimiento empírico) populista hacia una erudición catapultada por el refinamiento de las herramientas intelectuales para el bien de la conciencia de sus atentos, absortos y numerosos pupilos, la figura del mentor en todo trabajo de ficción ha impelido una fantasía pedagógica que involucra no sólo la propagación de sapiencia en frío, sino un sutil vínculo que estrecha los lazos afectivos aunados a los del entendimiento entre educador y educando, inspirando un espejismo de adhesión y camaradería que transfigura la sagrada efigie del preceptor en una sustituta figura paterna y afectuosa. En efecto, me refiero a la socorrida estampa del mentor como padre interino, eficaz seductor de núbiles mentes idealistas gracias a su notable proyección de sabiduría y bálsamo para su normalmente atribulada existencia.
El legendario dramaturgo y literato irlandés Georges Bernard Shaw comprendió perfectamente las posibilidades dramáticas del esquema anteriormente planteado y lo desarrolló en una obra básica sobre el tema: “Pigmalión”, fuente inagotable de recursos dramáticos y narrativos para los futuros cineastas que abordaron su atractiva premisa: un profesor intelectual y muy británico pretende aleccionar y refinar a una ordinaria florista hasta volverla toda una dama, con el fin de cumplir una singular apuesta. Numerosas versiones existen sobre dicho texto, incluyendo la homónima “Pigmalión” de 1938, donde Leslie Howard cumple a cabalidad con su cometido de sacudir la ramplonería de Wendy Hiller, culminando en un irremediable romance. Dicho esbozo fue retomado en otras producciones como: “Nacida ayer” (Cukor, E.U., 1950), fantasía hollywoodense donde William Holden se pone a los pies de su pupila Judy Holliday y que erogó en un remake algo memo protagonizada por los histriónicamente disminuidos Melanie Griffith y Don Johnson; “Nunca en domingo” (Dassin, Grecia, 1960), escrita, dirigida y protagonizada por Jules Dassin, quien se da a la tarea de moldear la roma figura intelectual de una exuberante prostituta interpretada icónicamente por Melina Mercouri, teniendo como marco una Grecia pesquera y bucólica irrepetible; “Mi bella dama” (Cukor, E.U., 1964), untuoso refrito de la obra de Shaw con el añadido de una Audrey Hepburn en el pináculo de sus poderes seductores y un Rex Harrison todavía agradable; “Annie Hall” (Allen, E.U., 1977), tal vez la más lograda de las producciones mencionadas gracias a un discurso que ingeniosa y sesudamente vivisecciona tanto el fenómeno de la mentoría -en este caso, Woody Allen troquelando a la vivaz Diane Keaton- como las relaciones interpersonales, sello característico de su autor; y “Educando a Rita” (Gilbert, E.U., 1983), donde el profesor Michael Caine instruye a Julie Walters para que finiquite su formación escolar, formando una dupla que culminó en sendas nominaciones al Óscar para ambos.
Por supuesto, la labor instructora puede romper barreras anecdóticas en los holgados confines de la cinematografía sin delimitarlo al coto académico, produciendo mentores que, incluso, han logrado colarse al colectivo cultural gracias a una postura cuasi mística y mítica que les confiere su veteranía, destacando cintas como: “Koya no toseinin” (Sato, Japón, 1968), interesante filme ambientado en el siglo XIX donde un exsamurai (Ken Takakura) emigra al Oeste americano sólo para ver morir a su familia a manos de facinerosos, por lo que será adiestrado en el arte del manejo de las armas por un abatido vaquero (Ken Goodlet), quien será su mentor e instrumento de venganza; “Los nuevos centuriones” (Fleischer, E.U., 1972), drama policial basado en un popular best seller donde un jovencito Stacey Keach encuentra una guía formativa y sensitiva en un veterano gendarme encarnado por George C. Scott, quien lo adoctrina en el arte de aplicar justicia y el respeto a la insignia ; “Cuando mueren las leyendas” (Millar, E.U., 1972), desventurado relato ubicado en el universo del rodeo donde un voluntarioso indio Ute (Frederic Forrest) pretende destacar en dicha actividad entrenado por un ebrio montaraz de glorias pasadas (Richard Widmark); y “El color del dinero” (Scorsese, E.U., 1986), con un Paul Newman potente dando cátedra tanto de actuación como de billar. Por otro lado, el cine de artes marciales básicamente ha cimentado su línea argumental y dramática en la figura del mentor, o en este caso, sensei, quien exprime hasta la última gota de voluntad de su aprendiz para lograr un proceso de aprendizaje que trasciende lo intelectivo para dotarlo de cualidades metafísicas y existenciales, tales como el autodescubrimiento, la armonía con el entorno y el respeto irresoluto a su maestro. Ejemplos: “Operación dragón” (Clouse, H.K./E.U., 1973), legendario filme donde el ídem Bruce Lee combate a muerte a un instructor artemarcialista (Kien Shih) tan terrible y pérfido que incluso utiliza una garra de acero para ultimar a sus enemigos; la saga del “Karate Kid” (1984-2010), remake incluido, la cual le legó al mundo tanto un personaje entrañable en la figura de Pat Morita (Miyagi) como inagotables citas para el léxico pop (“Quitar cera, poner cera…”), así como un caudal de inspiración para productos inferiores, pero sustentados en la misma línea argumental como “Karate Kimura”(De Angelis, Italia, 1987) y “Kickboxer” (DiSalle, E.U., 1989), este último visto con nostalgia por ser el acceso a la fama de un entonces agraciado Jean-Claude Van Damme. Otros senseis destacados a un nivel más contemporáneo: Morfeo (Laurence Fishburne), tal vez el único elemento interesante de la sobrevalorada “Matrix” (Wachowski, E.U., 1999), además de las merecidas palizas que le proporciona al entumecido Keanu Reeves; Pai Mei, quien le hace ver su suerte a la novia bañada en Sangre (Uma Thurman) en la entretenida saga revanchista de Quentin Tarantino “Kill Bill” Vol. 1 y 2; y el maestro Shifu (Dustin Hoffman) en la lograda cinta animada “Kung Fu Panda”.
Sirva pues, este humilde homenaje como un reconocimiento a esos instructores lejanos de la academia y cercanos a nuestra experiencia sensible, a nuestros mentores. ¿Que no tiene uno? No se preocupe, si algo nos enseña el cine, es que surgirá cuando más lo necesite…

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