Carlos Reyes Sahagún

El pasado jueves 19 de mayo se recordó el decimoquinto aniversario de la fundación del Instituto Municipal de Planeación de Aguascalientes.

Quiero pensar que esta conmemoración está íntimamente relacionada con aquella otra que celebramos el 22 de octubre, pero que tiene un sentido diverso.

El recuerdo de la fundación de la villa es festivo, pletórico de música, color y gozo por el surgimiento de la urbe que nos ha permitido desarrollamos como entidad social y como personas; la ciudad en la que hacemos nuestra vida y que, por esto mismo, nos ha dado tantas cosas. En efecto, desde 1575 Aguascalientes ha sido fuente de experiencia vital para cientos de miles, y quizá millones de personas, aun cuando entre nosotros no falten aquellos que cifran sus anhelos y aspiraciones en otras ciudades y países.

En cambio, esta remembranza de hoy tendría que ser más sosegada y silenciosa; informada y reflexiva, y constituirse en un ejercicio de evaluación a propósito de la vida de la ciudad, su origen y destino, su viabilidad y capacidad para resolver los retos que le plantea una población siempre creciente; siempre exigente, en materia de seguridad, infraestructura urbana, servicios, salud, vivienda, esparcimiento, etc.

Cada uno de nosotros, desde la máxima autoridad hasta el más humilde de los ciudadanos, la gente mayor que poco a poco va soltando las riendas de la vida; los jóvenes y niños que se disponen a tomarlas, tendríamos que realizar este ejercicio, tan solo por el hecho, de vivir aquí.

Disfrutamos la ciudad o la sufrimos; vemos en ella el punto de visión del universo o el lugar del mal tan necesario como inevitable del que quizá fuera mejor no hablar…

Entonces, tendríamos que hacernos una serie de preguntas cuyas respuestas deberían ser una toma de posición en torno a la vida de la ciudad y su problemática, y desde luego un compromiso muy fuerte y sólido de hacer aquello que esté a nuestro alcance para que Aguascalientes nos ofrezca la calidad de vida a que aspiramos.

He aquí algunos de estos cuestionamientos: ¿nos gusta la ciudad que tenemos? ¿Nos movemos en ella con soltura? ¿Nos gusta su paisaje urbano? ¿Nuestra convivencia es agradable? ¿Podrá seguir creciendo de manera indiscriminada, tal y como ha hecho hasta hoy? ¿Cuál es el límite del crecimiento? ¿Somos eficientes en la operación de nuestros servicios? ¿Lo somos en nuestra relación con la ciudad y con los demás habitantes? ¿Es esta la ciudad de nuestros recuerdos? ¿Nos reconocemos en ella, o nos sentimos extraños? ¿Será la ciudad de nuestro futuro? En síntesis: por sus características; por sus activos, ¿la ciudad que tenemos responde a nuestra dignidad de personas?

Precisamente para avanzar de manera seria en estos y otros planteamientos; ir más allá de la opinión de lugar común, limitada por la experiencia personal de cada uno de nosotros, es necesaria la existencia del IMPLAN, que viene a ser una especie de conciencia social en torno al desarrollo de nuestra urbe.

Ojalá y pudiéramos ver la ciudad con los ojos del viajero. Dice el escritor Alejo Carpentier, que el hábito, la costumbre, la obligada convivencia con hombres y piedras, son terribles neutralizadores de emociones... de tal manera que si se exhibiesen centauros en un jardín zoológico, nadie iría a verlos.

En verdad sería deseable que contempláramos nuestra casa común con la mirada flamante y asombrada del viajero; de aquel que ve algo por primera vez, de tal manera que dejáramos de lado esa costumbre; esa inercia perversa que propicia que nos acostumbremos

a cosas y situaciones que resultan atentatorias de cualquier convivencia mínimamente civilizada, que es lo que la vida urbana pretende. Ojalá y pudiéramos experimentar la ciudad con esa mirada curiosa y sensible, y al hacerlo tomáramos conciencia de aquellos activos que tendrían que enorgullecemos, así como de aquellas otras situaciones que tendríamos que cambiar a fin de mejorar nuestra convivencia.

Necesitamos reconocernos en la ciudad, mirarnos en el espejo de sus calles y su historia, y en este acto asumir un compromiso por su bienestar, que en última instancia tendría que ser el nuestro.

Entonces, eventos como éste deben propiciar la difusión del conocimiento que el IMPLAN ha generado y acumulado a lo largo de su historia, a fin de que quienes vivimos aquí tengamos una herramienta que nos permita afrontar nuestra circunstancia de vida con una actitud hacia la ciudad, más amable y consciente; una actitud que implique de parte de todos un compromiso responsable por la urbe, de tal manera que efectivamente estemos en posibilidades de cumplir con la exigencia de vida que significa garantizar la viabilidad de la ciudad y la calidad de vida que esperamos para todos.

Ojalá que actividades como ésta se signifiquen por un incremento de la presencia pública del IMPLAN, en su participación en la planeación de la ciudad, y en la toma de decisiones en aquellos temas trascendentes, que afectan a todos.

Muchas gracias. (Palabras pronunciadas en la ceremonia de honores a la bandera, conmemorativa del decimoquinto aniversario del Instituto Municipal de Planeación de Aguascalientes, en la Plaza de la Patria, 19 de mayo de 2016. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).