“[…] ¡Me rehúso a hablar de cosas desagradables porque me desagradan. ¿Me entiendes, muchacho? Adelante, dile que no saciará su horrendo apetito con mi comida… ni con mi hijo. ¿O debo decírselo yo porque no tienes las agallas? ¿Eh, muchacho? ¿Las tienes?…”
Norma Bates, en conversación

Desde el origen de la humanidad, la madre ha sido la figura central de la familia, la vida social e incluso la religión, precediendo a las sociedades patriarcales, así lo evidencian los mitos primordiales de las civilizaciones antiguas. La mitología creada por las diferentes culturas del mundo ha tratado el aspecto de la maternidad divina desde sus perspectivas particulares, muchas de ellas relacionadas con su entorno geográfico e identificándose para nosotros como proveedoras de todo en la Tierra, fértiles y engendradoras benévolas que siempre se les coloca en los limítrofes de la luz. Pero en el cine estas diosas también pueden poseer un cariz oscuro (como en la realidad misma), lejano a cualquier naturaleza deificadora y muy cercano al desprecio hacia lo que fecundan. La ficción fílmica consagró a la figura materna como un inmaculado refugio emocional y físico de sus retoños, siempre abnegada, subyugada, mártir de la causa helénica e incluso asexuada, hasta que comprendió la necesidad de realizar una representación catártica del desprecio recíproco sostenido por ese fundamental binomio de madre e hijo (a) para una posible lectura más hardboiled de, por ejemplo, “El suplicio de una madre” (Curtiz, E.U., 1945) o cualquier desempeño actoral de Libertad Lamarque, con un diagnóstico de la maternidad todavía más pérfido. Así es la democracia narrativa en el cine y ahora, con su día celebratorio tan próximo, se percibe sensato el asomo a algunas producciones con progenitoras sin afanes santificantes y sí mucha… mala madre:
1.- Stella Inda patentiza la imagen de la mamá canalla, aquella cuyo desprecio por su hijo (producto de una violación) es el catalizador de toda tragedia ocurrida en “Los olvidados” (Buñuel, México, 1954), toda una proto-MILF que insta la persecución erótica del rufián juvenil apodado “El Jaibo” (Roberto Cobo) y se entrega a un suicidio moral condenando a su vástago a una vida de confinamiento institucional. La antítesis absoluta y a la vez visceral alegato de género hacia un país que se regodea en el machismo por correspondencia.
2.- “Señora Robinson, ¿acaso trata de seducirme?”. Así es como un imberbe Dustin Hoffman se consagra en la cultura popular y cae sin remedio a los pies de una madura y sabedora de los hilos a tirar Anne Bancroft, erotizante y regia madre del cine contestatario sesentero que arrebata de los brazos de su hija a su cuasi efebo para que le sea su tórrido consorte. Un organismo femenino de sobrada lascivia y gallandez pura que habla de autonomía y fortaleza en una era donde a las amas de casa todavía se les encadenaba con el candor y la moral, producto de la represión ideológica masculina postguerra.
3.- Piper Laurie muestra la faceta vil del tutelaje materno en “Carrie” (De palma, E.U., 1976), una mamá cuya psicopatía sólo es producto de una formación católica a ultranza reprimiendo bestialmente a la pobre Sissy Spacek en el papel principal. Un clímax aterrador que sintetiza y simboliza el enfrentamiento perenne entre una hija y su madre, llevado a puntos límite gracias a la telequinesia y a la fértil imaginación alegórica de Stephen King. Más de una adolescente aguascalentense se sentirá identificada.
4.- Suecia nos obsequió en 1981 al caos hecho mujer: “Montenegro” (Makavejev, Suecia / G. B.), una protagonista que se emancipa de las labores domésticas y familiares gracias al universo bohemio y sexualmente desenfadado de unos inmigrantes yugoslavos. La alienación existencial es tal, que en uno de los finales más nihilistas jamás filmados, la madre rechaza su papel progenitor y procreador envenenando a todo su clan. Aterrador y poético en una paradoja de innumerables posibilidades interpretativas.
Es así como la diosa madre a través del cine puede descender de los cielos y ser entronizada y coronada mediante espinas, subsistiendo en una expresión artística que refuta los modelos culturales falocráticos para conformar una férrea y cariñosamente dura estrogenotopía, por lo que incluso el macho alfa puede suspirar con alivio aquello de “madre sólo hay una”…y que así permanezca por los siglos de los siglos.

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