Luis Muñoz Fernández

El autobús está ahora completamente lleno. El joven sonríe. Al detonar la bomba se suicida, mata al matimonio sentado a su lado y a otros veinte pasajeros. Los clavos, las postas y el veneno para rata ocasionan más daños en la calle y los coches vecinos. Todo ha salido como lo planeó.

Los padres del joven se enteran pronto de su muerte. Y aunque tristes por la pérdida, sienten un gran orgullo por su logro. Saben que se ha ido al cielo para prepararles el camino. Además, ha mandado a sus víctimas al infierno por toda la eternidad. Su victoria ha sido doble. Los vecinos encuentran en los hechos un gran motivo para celebrar y honrar a los padres del joven regalándoles comida y dinero.

                       

Sam Harris. The end of faith. Religion, terror and the future of reason, 2004.

Recuerdo que cuando era niño y cursaba la primaria y la secundaria en el Colegio de los Salesianos de Sabadell (Barcelona), por estas fechas aparecían unas alcancías singulares sobre el escritorio del maestro. Tenían la forma de la cabeza de niños de diferentes razas o pueblos: un negrito, un chinito, un indígena americano, un polinesio, etc. Representaban todas aquellas regiones del planeta donde misioneros católicos llevaban la palabra de Dios y ayudaban a mejorar la vida de aquellos seres humanos que, por no ser cristianos, corrían el riesgo de no alcanzar la salvación eterna.

En esa época era muy claro para todos nosotros que la única religión verdadera era la nuestra, la católica, y que por un extraño y desconocido capricho había millones de seres humanos con la espada de Damocles sobre la cabeza. Sin saberlo ni temerlo, estaban tantito así de irse al infierno por no haber sido bautizados y por no profesar la fe verdadera. O al menos eso era lo que nos enseñaban entonces.

Hoy el concepto mismo de una religión verdadera y la necesidad de que sea la única ya no me parece sostenible. No le resto ningún mérito a los cientos de misioneros y sacerdotes en general que de verdad se entregan a la comunidad en donde sirven y ayudan a muchísima gente para que salga de la miseria, especialmente la material. Ha habido en el pasado, existen hoy y seguramente habrá siempre gente así. Verdaderos santos anónimos que, sin pasar por el proceso de canonización, son la viva expresión del mensaje de Jesús entre nosotros. Incluso he escrito sobre algunos cuya obra he ido conociendo (De Barcelona a la India, El gigante inmisericorde, Dios en el pozo). Pero que sea una obligación convertir a otros seres humanos a la religión de uno no me parece justificado.

Con lo ocurrido la semana pasada en París, que sufrió un ataque múltiple por musulmanes radicales en el que fueron asesinadas más de cien personas inocentes, cobra actualidad el debate sobre el lugar de la religión en nuestras sociedades actuales y la realidad de una amenaza que creíamos alejada del mundo occidental: la guerra con un motivo religioso. En este caso, la yihad, el deber de defender y extender la religión musulmana por todos los medios, incluidos los violentos.

Esta amenaza parece hoy más fuerte que nunca y ello nos hace darnos cuenta de muchas cosas. Una de ellas es que, a pesar de haber entrado ya en el siglo XXI, seguimos presa de atavismos. No hay modernidad ni pensamiento ilustrado que pueda contra el poder del fanatismo religioso. La interpretación literal de las Sagradas Escrituras (la Biblia, El Corán, la Torá) sin adecuarlas a nuestra realidad actual, puede ser muy peligroso. Al ver lo que son capaces de hacer los guerrilleros suicidas del Islam tenemos que vernos en nosotros mismos y recordar las no pocas atrocidades que se han cometido en nombre del Crucificado. Es todavía más asombroso cómo se ha llegado a tergiversar el amoroso mensaje de Jesucristo para convertirlo en un martillo en contra de quienes son señalados como herejes. Antes de condenar a quienes profesan el Islam, con todo y lo que tienen de absolutamente condenable los hechos referidos y muchas otras atrocidades más, recordemos primero nuestra propia historia de fanatismo, intolerancia y persecución en el nombre de Nuestro Señor (¿me estás oyendo, Torquemada?).

Tenemos, pues, un grave problema y es necesario atenderlo pronto. Ni siquiera en México, católico, apostólico, romano y guadalupano, podemos considerarnos completamente a salvo. La marginación de muchos musulmanes en los países occidentales, así como la inestabilidad sociopolítica y las guerras en el Medio Oriente –con “generoso” patrocinio armamentístico de Occidente– son el caldo de cultivo perfecto para una Tercera Guerra Mundial. Eso si es que no consideramos ya actos bélicos los llevados a cabo por los integristas musulmanes en París. Tal vez sin darnos cuenta, estamos ante el inicio de una conflagración planetaria de alcances inimaginables.

Abdennour Bidar es un escritor francés y filósofo de la cultura islámica que trabaja en el Ministerio de Educación Nacional de Francia. Desde 2015 y tras la muerte de Abdelwahab Meddeb, dirige el programa “Culturas del Islam” en la emisora pública de radio “Francia Cultura”. Tras el atentado a la revista Charlie Hebdo, Bidar cobró notoriedad al publicar “Carta abierta al Mundo Musulmán”, en cuya introducción señalaba lo siguiente:

Querido Mundo Musulmán:

Soy uno de tus hijos distantes que te observa desde afuera y desde lejos. Desde este país, Francia, donde tantos hijos tuyos viven hoy. Te miro con los ojos estrictos de un filósofo que ha sido nutrido desde niño con el “taçawwuf” (sufismo) y con el pensamiento occidental. ¡Te estoy observando por tanto –y he aquí una gran imagen del Corán– desde el istmo entre los dos mares del Oriente y el Occidente!

¿Y qué veo? ¿Qué puedo ver mejor que otros, indudablemente porque te estoy observando de tan lejos, con la ventaja de una mirada más objetiva sobre ti desde la distancia? Te veo a ti, mi querido Mundo Musulmán, en un estado miserable de sufrimiento que me causa infinita tristeza, pero que hace que mi juicio como filósofo sea más severo y riguroso. ¿Por qué? ¿Y me preguntas por qué? Porque veo que has creado un monstruo que reclama llamarse el Estado Islámico al que algunos prefieren darle el nombre de un demonio: Daesh. Y lo peor de todo es que te veo perder perder tu tiempo y tu honor– al no admitir que este monstruo es fruto de tus entrañas, de tu propio descarrío, de tus propias contradicciones, de tu propia discrepancia entre el pasado y el presente y de tu propia infinita incapacidad de encontrar tu propio lugar en una civilización humana global.

 

Tenemos un problema que debemos enfrentar sin demora. No es un asunto de otros: nos compete a todos y se trata de fomentar una educación alejada de los extremismos, del pensamiento único, de la desconfianza y del desprecio a quienes no piensan como nosotros. Es una tarea gigantesca cuyo inicio no debemos postergar más. Se llama educación laica y debe ser bien entendida. No significa que esté en contra de la religión, sino que las reglas de convivencia no deben estar condicionadas por credos, sino por razones, por puentes que acerquen y no por murallas que excluyan.

Abdennour Bidar acaba de publicar otro texto muy recomendable en el periódico El País. Se titula El engranaje maldito y merece que lo leamos y analicemos con mayor detalle que el que podría destinarse en las líneas que me restan. Allí plantea una línea de acción ante la emergencia que enfrentamos hoy. Por eso volveremos a él en breve.

 

http://elpatologoinquieto.wordpress.com