La historia tiene una extraña forma de repetirse. Hace 40 años Silvestre Stallone lograría colarse a la conciencia mediática mediante “Rocky”, su quimera urbana mixtura de conciencia social, guerrero púgil con alma derrotista y embrión cultural de la generación Nixon que esculpiría su mito pop a través de varias cintas donde el drama que sustentaba la narrativa en primera instancia cayó noqueada ante las posturas narcisistas de su musculado intérprete. Ahora su físico estropeado, sus ojos cascados y su voz balbuceante que expectora guturalidades varias con fines preceptores es la guía pero no punto focal para un alma afín, vigorosa y con la juventud de su lado que busca sobresalir en el universo geométrico de los encordados boxísticos, impulsado por el legado de su padre, otro combatiente de talante que puso a Rocky en la lona llamado Apollo Creed. Y el resultado, quién lo diría, termina cohesionando perfectamente las dimensiones dramáticas de una historia centrada en el deporte de los puños con una clara puntualización en la búsqueda de identidades, tanto para su personaje principal como para la cinta misma. El director Ryan Coogler sabiamente permite que su cinta respire a su ritmo y trabaje sus propios puntos narrativos sin la molesta emulación de formatos previos, aún si no puede evitar generar ciertos puntos de coincidencia que terminan percibiéndose más como velados homenajes a la saga que como una calca a la fórmula. Michael B. Jordan (“Los 4 Fantásticos” -2015) interpreta a Adonis Creed, el hijo bastardo de quien fuera Némesis, confidente y gran amigo de Rocky Balboa hasta su trágico fin a enguantadas manos del titán ruso Iván Drago (ocurrido en “Rocky IV”-1985). Adonis es un peleador nato, lleva el pugilismo en la sangre y decide sobresalir en los cuadriláteros mediante la asistencia y entrenamiento del Semental Italiano, ahora retirado refugiado en su restaurante “Adrian´s”. La dinámica entre ambos es muy orgánica, pues los personajes son traslúcidos en motivaciones y conductas. Adonis desea hacerse un nombre por su cuenta a la vez que busca su lugar en el mundo, expandiendo sus experiencias, mostrándose humilde cuando debe (en particular durante su tutoría) pero feroz y determinado al momento de intercambiar golpes, mientras que Rocky recupera el fuego perdido a través de su experiencia con el ambicioso joven a la vez que hace las paces con su pasado, pues la edad comienza a pasarle factura. La simbiosis entre ambos es orgánica y natural, desarrollando una relación mentor -aprendiz muy creíble y en ocasiones genuinamente encantadora, validada por las convincentes actuaciones de Jordan y Stallone, éste último abandonando sus posturas de macho alfa para centrarse en un estado de vulnerabilidad y melancolía trabajadas y bien interpretadas. Por su parte Coogler imprime convicción en la interacción de este dúo generacionalmente desfasado mediante su correcta integración en una Filadelfia de ensueño, recuperando cierto grado de iconicidad en cuanto a imágenes memorables de la saga “Rocky” se refiere pero adecuándolas al nuevo contexto y sumando un romance entre Adonis y una cantante con disminución auditiva llamada Bianca (Tessa Thompson) que cuaja de maravilla. Uno sabe que el guión trabaja cuando la historia de amor con todo y su periferia argumental podría funcionar en una cinta aparte. Por ello y su genuina autonomía en la serie del ya avejentado boxeador de sombrerito hipster, “Creed: Corazón de Campeón” logra coronarse como un filme ídem. O como decía el mismísimo Apollo Creed: “Es un pensador, no un pendenciero”.

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