Josemaría León Lara

La Guerra Fría en estricto sentido no siempre contuvo su condición de “fría”. El conflicto político y militar que cambiaría el rostro de la humanidad en la segunda mitad del siglo XX, fue más allá de una rivalidad ideológica entre el socialismo y el capitalismo, desde sus orígenes se trataba de la búsqueda de la dominación mundial; tanto la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas como los Estados Unidos de América, se dieron a la tarea de dividir a la humanidad en dos bloques.
El polvorín pudo haber explotado a principios de la década de los sesenta en la crisis de los misiles nucleares de Bahía de Cochinos, Cuba. En esa ocasión eran abiertamente los soviéticos quienes amenazaban directamente a los yanquis desde las costas de la Mayor de las Antillas, donde afortunadamente, la diplomacia y el diálogo previnieron que estallara lo que algunos historiadores han llamado la posible tercera gran guerra.
El incidente cubano no sólo ayudó a prevenir que estallara una guerra, también aumentó la ira mutua entre ambas potencias, donde los años por venir se convertirían en un juego macabro de “estira y afloja”. Le llamamos Guerra Fría porque a pesar de existir una abierta declaración de guerra, técnicamente nunca hubo un conflicto armado per sé, entre las súper potencias involucradas.
Pero en la realidad si existió una guerra, una de carácter clandestino, donde la CIA y la KGB serían los protagonistas; hablamos de una guerra de espionaje, donde la inteligencia y la contrainteligencia fueron el pan de todos los días. Mientras tanto, la Unión Soviética se dedicaría a difundir el socialismo en todo lugar dónde los quisieran “escuchar”, y a su vez los estadounidenses procurando evitarlo, pensemos en los casos de Vietnam y Centroamérica.
La caída de la cortina de hierro era algo inminente, económica y socialmente no era sostenible el sueño de Marx, y solamente restaba que alguien prendiera la mecha. En 1980, Rusia había entrado a territorio Afgano causando una de las crisis humanitarias más terribles del siglo pasado, provocando un éxodo de desplazados que aparentemente quedarían olvidados en campos de refugiados (algo que suena extrañamente familiar en la actualidad).
El Tío Sam estaba consciente de la situación, pero atacar de manera directa a Rusia en Afganistán no era una opción. Es de aquí donde surge la operación secreta más grande de la historia del servicio de inteligencia de los Estados Unidos; era necesario armar a los afganos de manera inmediata, pero obviamente no lo podían hacer con bajo el símbolo de las barras y las estrellas.
Un congresista texano de nombre Charles Wilson, quien formaba parte del subcomité de financiación militar, logró conseguir el capital para que la CIA pudiera armar y entrenar al pueblo afgano a través de sus aliados Israel y Pakistán. Con el armamento recibido, los afganos recuperaron el control de su país, haciendo que la Unión Soviética saliera de manera humillante de Afganistán.
Lo ocurrido en Afganistán fue el catalizador que encendió la mecha para dar puntilla al socialismo soviético. Lo que parecía imposible se convirtió en posible, Estados Unidos aprovechó la situación de apoyar a una nación en plena invasión y vencieron, pero, no bastó con armar a un país en necesidad, olvidaron apoyarlos para reconstruir y educar a un pueblo dónde más del cincuenta por ciento de la población era menor de edad; es por ello que no resulta extraño que años después les saliera el tiro por la culata.

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