Por J. Jesús López García

101. Cubiertas en los andenes de la Central Camionera de AguascalientesLos romanos llamaban opus caementicium al proceso constructivo que involucraba el material obtenido de la piedra caliza y presentaba una reacción química con el agua, capaz de petrificarse en pocas horas. El cemento fue empleado en obras monumentales como en el caso del Panteón de Agripa. El material imita, e incluso puede superar a la piedra en cuanto a sus capacidades mecánicas de resistencia; el fraguado es diligente, más si lo comparamos con el endurecimiento de las rocas, ya sean de origen sedimentario, ígneo o metamórfico.

Además tiene la facultad, de evidenciar la factura del hombre en su implementación, pues a diferencia de la piedra -que en su cambio en edificio ya tiene a cuesta millones de años a partir de su naturaleza-, el cemento es moldeado desde su establecimiento primigenio por la intención humana.

Como tantas contribuciones del antiguo Mundo Clásico, el cemento fue parcialmente olvidado por los constructores en los siguientes quince siglos hasta que la Era Industrial, iniciada en el siglo XVIII propició la exploración técnica de más recursos edificatorios para hacer frente a la cada vez más dinámica industria de los transportes y la creación de nuevas infraestructuras encaminadas a dar mayor sustento científico a la explosión urbana que le acompañó desde aquel inicio.

El ingeniero y arquitecto francés François Hennebique fue uno de los primeros constructores en volver a poner en vigencia al material en el siglo XIX, pero ésta vez, para fortalecerlo y para disminuir en algo su sección, lo presentó <<armado>>, es decir con alma de acero. El concreto armado que ahora conocemos es tributario de los trabajos de investigación de Hennebique, además de otras aportaciones en su proceso de fabricación que poco a poco fueron depurándose.

El concreto fue adoptado desde el siglo XIX por los constructores por poseer una adaptabilidad a proyectos de grandes claros -facilitadores por tanto de la reunión de contingentes importantes- sin recurrir a la exactitud y sofisticación más costosas de las estructuras de hierro y acero; el concreto que también puede venir en sistemas prefabricados, tenía el atractivo ya que puede de ser efectuado in situ con la participación en muchas etapas de su implementación –sobre todo el <<colado>>- por personal no especializado, abatiendo costos y proporcionando empleo temporal.

El arquitecto francés Julien Guadet fue iniciador de una corriente dentro de la arquitectura protomoderna proclive a realzar las bondades del concreto, su discípulo Auguste Perret, a su vez maestro de Le Corbusier, fue uno de los arquitectos que más hizo por desligar al material y sus procesos constructivos de la obra meramente fabril o de infraestructura dando al concreto una imagen más amable ante una sociedad que poco a poco dejaba atrás el gusto tradicional por la apariencia <<clásica>> de la arquitectura aceptando paulatinamente las formas naturales de la nueva construcción.

Nuestro país, dando un salto de medio siglo -uno de los grandes productores mundiales de cemento-, experimentó a mediados de la centuria pasada su propia revolución constructivo-tecnológica con el concreto de abanderado. El exilio español de los años treinta trajo a México al arquitecto Félix Candela Outeriño, profesional de gran pericia técnica que ante la mano de obra local poco especializada, pero abundante en cantidad, lo mismo que la capacidad nacional de producir cemento -por la amplitud de los bancos de piedra caliza de nuestro suelo-, Candela implementó la construcción de los <<cascarones>> y otras estructuras con base en paraboloides hiperbólicos donde el diseño estructural y arquitectónico se conjugaba con las características materiales y de mano de obra descritas.

El arquitecto madrileño fue una de las grandes influencias arquitectónicas y constructivas en México, y de la honestidad tectónica de sus proyectos se desprendió toda una manera de llevar a cabo arquitectura práctica y conveniente para el lugar y su tiempo a nivel nacional.

La cauda de Candela se percibe en múltiples ejemplos arquitectónicos en nuestra ciudad acaliteña, baste señalar las cubiertas de los andenes de la Terminal de Autobuses -diseñada por el arquitecto Mario Zermeño Herrera en 1964-. Sin duda alguna la primigenia terminal muestra con el paso de los años que las segundas partes de sus intervenciones continúan sin superar a la original. De trazo geométrico de atractiva plástica, los <<paraguas>> de los andenes demuestran que son una síntesis geométrica que no exigen ni se exceden en algo.

Con el transcurrir del tiempo, el concreto aparente sólo requiere pintura, ello habla de los ideales modernos que no obstante su atención a solucionar los problemas presentes, ha dejado su impronta arquitectónica para varios años por venir, como tal vez lo concibieron aquellos constructores romanos con su opus caementicium. Indudablemente que nuestra metrópoli aguascalentense muestra un sinfín de eminentes obras de arquitectura moderna. Démonos la oportunidad de conocer y de valorar lo que somos y en donde vivimos; reconozcámonos como una sociedad actual de fuertes vínculos con nuestros antecedentes inmediatos: la modernidad arquitectónica.