Luis Muñoz Fernández

… también su obra en sí se erige como un símbolo de las ideas equivocadas que tiene la humanidad sobre otros animales. Retratados como “bestias sin freno” por algunos y “en el nivel de los palos y las rocas” por otros, la humanidad ha hecho todo lo que ha podido para no reconocer, como observa la filósofa inglesa Mary Migdley, que “no nos parecemos a los animales; somos animales”. Qué tan lejos han llegado nuestros predecesores, y tal vez algunos de nuestros contemporáneos, en negar nuestra afinidad con otros animales es algo que queda de manifiesto, más que en ninguna otra ocasión, cuando consideramos el debate sobre la conciencia animal.

Tom Regan. En defensa de los derechos de los animales, 1983.

Si el conocimiento no nos provoca asombro y, al descubrir la infinitud de nuestra ignorancia, no nos hace humildes –humilde, humano y humanitario provienen de la misma raíz gramatical–, entonces algo está fallando. Si, por el contrario, nos vuelve soberbios, nos aleja de quienes nos rodean o, peor aun, lo usamos como un instrumento de poder para subordinar a los demás, entonces estamos perdidos.

Por elegir campos del conocimiento que nos resultan más familiares, podemos decir que de lo mencionado en el párrafo precedente tenemos en la medicina y en la biología muchos ejemplos. A esa soberbia, que ya los antiguos griegos consideraban la peor de las faltas (la desmesura o hibris), contribuyen diversos factores, desde la propia naturaleza humana hasta aspectos tan recientes como los mismos medios de comunicación masiva, que crean una serie de expectativas falsas para influir en las creencias y preferencias del público.

La suposición de que el progreso científico y médico es tal que falta relativamente poco para que nos libre de las enfermedades más temidas como el cáncer es un ejemplo de esas expectativas falsas. Lo fue también la predicción de que con la lectura del genoma conoceríamos los más recónditos secretos del ser humano y que las preguntas que han causado tantos desvelos a los pensadores a lo largo de la historia quedarían por fin contestadas. Lo que tenemos ahora son más preguntas sin respuesta que antes.

Por otro lado, la conciencia de la propia ignorancia puede ser un motivo poderoso para el crecimiento personal y comunitario. Entre los factores que explican la acelerada degradación del medio ambiente de la que todos, en mayor o menor medida, somos responsables, se debe también a nuestra ignorancia sobre la biósfera, esa inmensa y a la vez frágil telaraña vital de la que todos formamos parte en este planeta.

Tenemos la esperanza de que en la medida que nuestro conocimiento sobre la vida y su inmensa diversidad se acreciente y generalice entre un mayor número de seres humanos será más fácil frenar el deterioro que estamos provocando, menoscabo que ya amenaza seriamente nuestra propia supervivencia. Una esperanza que descansa en el viejo adagio “el conocimiento nos hará libres”.

Los avances de la ciencia, amplificados por esa caja de resonancia de los medios de comunicación masiva, nos han hecho creer que poco queda por descubrir del mundo natural. Nada más falso. Es lo que afirma Edward O. Wilson, profesor honorario y conservador del Museo de Zoología Comparada de la Universidad de Harvard, en su obra La diversidad de la vida (The diversity of life. W.W. Norton, 1992):

La exploración del mundo natural continúa y nuevas especies, incluso de los organismos más grandes y sobresalientes, siguen apareciendo […] Un promedio de dos nuevas especies de aves se descubren cada año en alguna parte del mundo, generalmente en valles remotos y en rincones de los últimos bosques tropicales. Incluso se descubren nuevos tipos de mamíferos de vez en cuando […] En 1990 fue descubierto un nuevo tipo de primate hasta entonces desconocido, el tamarino (tití) león de cara negra, encontrado a sólo 65 km de la ciudad de Sao Paulo. Fue, en palabras de Russell Mittermeier, “uno de los descubrimientos de primates más asombrosos del siglo” […] Ni siquiera el orden de los cetáceos, en el que se encuentran los animales más grandes del planeta como las ballenas y las marsopas, se conoce por completo […]

¿Cuántas especies de seres vivos hay en la Tierra? No lo sabemos, ni siquiera en el orden de magnitud más cercano. La cifra puede rondar los 10 millones o llegar a los 100 millones. Un gran número de especies nuevas se descubre cada año. Y de las que se han descubierto, un 99% sólo las conocemos por su nombre científico, algunos especímenes en un museo y algunas descripciones anatómicas publicadas en revistas científicas. Es un mito que los científicos brinden con champán cada vez que se descubre una especie nueva. Nuestros museos están atiborrados de nuevas especies. Apenas tenemos tiempo de describir una pequeña fracción de las que se descubren año con año.

Si la biodiversidad es en buena parte desconocida y asombrosa, lo es todavía más lo mucho que dependemos del resto de los seres vivos, incluso de los más pequeños. Volvamos a Wilson:

Tan importantes son los insectos y otros artrópodos que viven en la tierra que, si todos desaparecieran, muy posiblemente la humanidad no sobreviviría más allá de unos pocos meses. La mayoría de los anfibios, los reptiles, los pájaros y los mamíferos se extinguirían simultáneamente. Luego le llegaría el turno a la mayor parte de las plantas con flores y con ella a la estructura física de la mayoría de los bosques y otros hábitats del mundo. Literalmente, la superficie terrestre se pudriría. Las plantas muertas se apilarían y secarían, bloqueando el flujo de los ciclos de nutrientes. Otras formas complejas de vegetación desaparecerían y con ellas prácticamente todos los restos de vertebrados terrestres. Los hongos de vida libre, tras disfrutar inicialmente de una explosión demográfica de enormes proporciones, disminuirían aceleradamente y la mayoría de las especies perecería. La tierra regresaría aproximadamente a las condiciones de los primeros tiempos del Paleozoico, cubierta por una alfombra de vegetación baja polinizada por el viento, salpicada aquí y allá por grupos de árboles pequeños y matorrales.

Si bien conocimiento y conciencia no siempre van de la mano, conocer más y mejor lo que somos y nuestro lugar en el concierto de la vida ayuda a desarrollar un mayor respeto al medio ambiente en el que vivimos y al que pertenecemos, no en situación de superioridad, sino como custodios, como cuidadores. Una mayor conciencia, que es un don precioso, implica una mayor responsabilidad. El conocimiento de la vida debe infundirnos la conciencia del delicado papel que tenemos como seres humanos. Lejos de reinar, debemos proteger y servir.

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