Jorge Ricardo
 Agencia Reforma

CIUDAD DE MÉXICO 5-Sep .- “Pues a mí me gustó más el Juanga que estaba arriba sin estar tan chamuscado”, y la niña Brisa abría grandes los ojotes señalando allá arriba, en el vestíbulo del Palacio de Bellas Artes, la foto de un Juan Gabriel en pleno, mientras su madre sollozaba, pero le daba un jalón en el brazo.
¿Qué falta de respeto era esto, y frente a las cenizas del artista?, podrían haber pensado los cuidadores del buen gusto, pero a esa hora ya no importaba.
El Palacio de Bellas Artes sirvió de adorno. Grandotote, limpio, relumbroso, blanco, demasiado ancho, demasiado frío para la gente que quería llorar. De adorno para un pueblo al que le gusta desgarrarse, aunque el muerto ya sea pura ceniza.
Pero es que ¿qué se le hace?, dice la señora María de Lourdes, que llegó del Desierto de los Leones sólo para ver a su Juanga por última vez. Se comió nada más una torta de atún, y sin agua, no vaya siendo la de malas. Esperó 10 horas, y cuando estuvo enfrente pensó que la urna era demasiado pequeña.
“Es que de verdad estaba bien chiquita. Yo creo que ahí no está Juan Gabriel, o si está, no están todas las cenizas, ya las repartieron”, aventuraba.
Los restos de Juan Gabriel entraron en el Palacio de Bellas Artes las 16:47 horas. “Mira, mira mira”, dijo sin creerlo aún la productora de la serie Hasta que te Conocí, Mary Black, a Eduardo Magallanes, el productor que le dio el primer contrato discográfico a Juan Gabriel. Y Magallanes, que decía que no es de lágrima fácil, miraba con la boca abierta la televisión.
Salieron al vestíbulo el amigo y ex manager de Juan Gabriel, Jesús Salas, con la directora del INBA, Maria Cristina García Zepeda, y el Secretario de Cultura, Rafael Tovar y de Teresa acompañando las cenizas.
Sin discursos oficiales, pero con mariachi y las voces de Fernando de la Mora y Aída Cuevas, el resto fue un desfile de un pueblo que tenía cerrado Avenida Juárez, Avenida Hidalgo y cruzaba la Alameda.
Unas 200 mil personas, según cálculos oficiales, que atravesarían el palacio de mármol frío certificando que si este lugar es serio y ellos estaban aquí, de seguro era porque no tenían tan errado el gusto.
La mayor parte de la gente con recortes de revistas de chismes pegados en cartulinas y mensajes: “Tú estás siempre en mi mente”, “No te vas Juanga, te quedas”, desfilaban frente a la urna en silencio, agitaban sus banderitas y salían por el otro lado, donde primero era un tímido “¡Viva Juan Gabriel!”, luego un “Chiquitibum a la bim bom bá”, y luego ya el griterío general: “¡Vamos al Noa, Noa, Noa!”.
La tarde fría se calentaba afuera. Andaba por ahí la señora Patricia Polonieski con un fotomontaje: ella vestida de bodas junto a Juan Gabriel. “Por siempre tuya”, decía, y la gente se acercaba y le hacía coro: “Tú estás siempre en mi meeente”.
Las cartulinas, los celulares baratos, las revistas de espectáculos, el fervor, la poesía popular entró en Bellas Artes y salió con más fuerza.
Llegó a certificar su buen gusto y que era cierto que Juanga había muerto, y luego cruzó el Eje Central, rumbo a Garibaldi, donde un mariachi gordo se reía de quienes se formaron seis, siete, diez horas para ver la urna: “¿Y de veras creen que fue Juan Gabriel el que se murió?”.